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El problema de la politización de la educación

La educación colombiana tiene un problema: que el sistema educativo es altamente politizado. Los intereses también rodean la agenda política. ¿Cómo cambiar eso?

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La educación es quizá la empresa humana con mejor reputación en la opinión pública. Para muchos, invertir en educación es la respuesta a todos los retos que el ser humano enfrenta, tanto a nivel individual, como social. Yo me he pasado la vida recibiendo e impartiendo educación y creo que esta visión es, además de exagerada, inapropiada en muchos contextos.

Son varias las razones que me hacen pensar así, pero hoy quisiera concentrarme en una específica, la falta de coherencia en los propósitos del sistema educativo. Por supuesto que la educación, pensada platónicamente como el pulimiento del ser humano, es una fuerza con unas virtudes incomparables. Sin embargo, en la práctica, el ser humano puede ser pulido para lograr muchos tipos de objetivos diferentes, pero no todos al tiempo. Entonces, decidir qué es lo que se quiere lograr con la educación es fundamental.

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En la educación colombiana existe una dimensión en la que este problema es evidente, y es lo profundamente politizado que está el sistema educativo, particularmente el sistema público. Y es que a pesar de que el gobierno suele vender la educación, primordialmente, como una herramienta para que personas salgan de la pobreza y traigan desarrollo económico al país, la dinámica organizacional del sistema está diariamente dirigida a la búsqueda de otros objetivos, principalmente, el avance de la agenda política de ciertos grupos de interés particulares.

 Yo lo experimenté personalmente como estudiante de la Universidad de Antioquia. A pesar de haber estudiado un periodo de poca convulsión política, perdí meses enteros de clases porque el movimiento estudiantil estaba en alguna gran lucha política por cambiar al “sistema.” Pocas de aquellas luchas, por cierto, tenían relación alguna con la educación que se ofrecía en la Universidad o en el país. Y más allá de cuan valioso fueran los objetivos de aquellas luchas políticas, el involucramiento de la Universidad en ellas, definitivamente, iba en contravía de la impartición de conocimientos que le sirvieran a los estudiantes para salir al mercado laboral y generar mayores ingresos en el futuro. Es decir, esto iba en contra del objetivo de hacer del sistema educativo el mecanismo para que las personas salieran de la pobreza y trajeran mayor desarrollo económico.

En mi caso, el impacto fue menor, yo estaba en una posición de cierto privilegio que me permitió sobrellevar esos retrasos y graduarme exitosamente. Lastimosamente, muchos compañeros míos, sobre todo aquellos más pobres, provenientes de regiones alejadas del país, eventualmente, desertaron por este tipo de retrasos. Es muy probable que usted conozca historias similares.

Esto no es realmente atípico, las universidades públicas suelen ser epicentros de discusión y activismo político en buena parte del mundo. No obstante, el caso colombiano es particularmente agudo y de muy vieja data. Piense, por ejemplo, en este comentario de Mariano Ospina Rodríguez en una carta a un buen amigo suyo en 1850:

“Nuestros colegios, todos ellos, tienen el gravísimo defecto de inocular a la juventud el espíritu político, y como la política es devoradora de riquezas, se diría que una juventud que puede contar con algún capital para empezar a trabajar… queda incapacitada por los estudios de nuestros colegios…”

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Ospina en esa carta recomendaba a su amigo enviar a sus hijos a estudiar a Jamaica. Ospina mismo envió a sus hijos a estudiar a la Universidad de California en Berkeley, la cual había acabado de abrir y tenía un énfasis en ingeniería y minería.

Ahora, algunos pensarán que hacer activismo político sí debe ser el objetivo primordial del sistema educativo. Eso creo que es una discusión moral. Bajo ciertas circunstancias, creo que es posible que eso sea lo más importante que nosotros los educadores podemos ofrecer. No obstante, reconocer esto implica aceptar que aquello vendrá a la costa de transmitir conocimiento que promueva el crecimiento económico y la generación de oportunidades para superar la pobreza.

Por esto, simplemente decir que la educación es la respuesta nos puede alejar de generar una sociedad más prospera. Es indispensable tener una conversación honesta como sociedad sobre qué es lo que queremos con la educación y diseñar una política educativa coherente. Esto, por supuesto, será bastante costoso para quienes lideren este tipo de iniciativa. Implicará combatir grupos poderosísimos que se han beneficiado por décadas de controlar un sector que goza de tanta simpatía en la opinión pública. ¿Sin embargo, qué transformación social valiosa es poco costosa?

Contacto
LinkedIn: Javier Mejía Cubillos*
*El autor es Asociado Postdoctoral en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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