La alta informalidad laboral de las plazas de mercado no permite crear una imagen clara de las dinámicas económicas que allí convergen. Aún así, fenómenos como la desigualdad, el uso del efectivo y la financiación informal predominan en estos espacios, creando un primer boceto de la economía colombiana.
Las plazas de mercado son la viva imagen de Colombia. Son los puntos donde convergen las grandes urbes, las ciudades intermedias y los pueblos con lo más profundo del campo, albergan la muestra más completa de la biodiversidad de los frutos colombianos, pero también, de la creatividad, la cultura y los productos nacionales.
En estos epicentros de comercio se gesta lo más puro de la colombianidad, se vive en la cultura de regateo, la ñapa, el rebusque, la vecindad y la ‘berraquera’ que caracteriza a los colombianos, son lugares donde siempre hay espacio para la camaradería y unos tragos de aguardiente.
Los mercados tradicionales son el lugar de encuentro de campesinos, comunidades indígenas, afrocolombianos y ciudadanos de la economía popular, y son visitadas por empresarios pequeños y grandes del sector gastronómico, amas de casa y hasta chefs de talla mundial que buscan los ingredientes de la más alta calidad para sus preparaciones. Es difícil encontrar un colombiano que no haya puesto un pie en una plaza de mercado.
En términos económicos pasa algo muy parecido. En los centros de abastecimiento las dinámicas alrededor del dinero son muy parecidas a la radiografía nacional que está registrada en cifras. Factores como la informalidad, la desigualdad, el uso del efectivo y la financiación informal refuerzan la idea de que las plazas de mercado son una Colombia pequeña.
Patrón y ayudante
Colombia es el tercer país más desigual del mundo, según el coeficiente Gini que mide la concentración del capital en una escala de 1 a 100, donde los números más altos denotan desigualdad. El país, con una calificación de 54,8, solo es superado por Namibia (59,1) y Sudáfrica (63).
Este fenómeno es evidente en las plazas. Si se tiene en cuenta el panorama nacional, hay grandes diferencias entre lugares como Bazurto en Cartagena y La Concordia en el centro de Bogotá, esta última fue remodelada recientemente y se convirtió en un mercado que recibe a nacionales y extranjeros, es pequeña pero acogedora y moderna, mientras que Bazurto es grande, bulliciosa y popular. No es coincidencia que el dato de pobreza monetaria de la ciudad caribeña en 2023 fuera de 41,1% y el de la capital de 23,7%, según el Dane.
Incluso pasa dentro de la misma ciudad, la bonita plaza de La Candelaria guarda enormes diferencias con lugares como la Plaza de Fontibón o la de Las Cruces. Pero la desigualdad se marca mucho más dentro del establecimiento, más aún, en un mismo puesto de trabajo.
Jacqueline Fajardo trabaja en un local de huevos en la Plaza de Paloquemao, una de las más grandes de la capital y el país, es de origen humilde y muy trabajadora. Su horario es de 6 de la mañana a 2:30 de la tarde, de domingo a domingo con un día de descanso no remunerado cada 15 días, su salario es de $50.000 diarios.

Foto: Lina Vargas Vega
La bogotana comparte muchos espacios de su jornada laboral con su jefe, y aunque no tiene idea cuáles pueden ser los ingresos de su empleadora, sí sabe que su local puede vender hasta $700.000 en un día bueno -es de los más pequeños de la Plaza- y que es dueña de unos 10 o 12 locales en total. Los ingresos de ambas están marcados por una brecha enorme pese a compartir los mismos dos metros cuadrados gran parte del día.
Incluso el bolsillo de la jefe de Jacqueline puede quedarse pequeño al lado del de los pesos pesados del centro de abastecimiento. Muchos pasan horas sentados en las cantinas y restaurantes de la misma plaza compartiendo una cerveza o un trago con los suyos, pero sin hablar mucho de dinero, como si tener un gordo fajo de billetes en el bolsillo fuera intimidante para los locales pero algo prohibido de mencionar con los visitantes.
Sigue siendo el rey
Según el más reciente dato del Banco de la República, para 2024 el efectivo representaba el 77,8% de los pagos en el país, aún con el auge de las billeteras digitales, los QR y las transferencias inmediatas. El efectivo sigue siendo el rey en las plazas y en Colombia.
Nicolasa Burgos, una restaurantera de la Plaza la Concordia, asegura que prefiere las billeteras digitales. “Hay datáfonos que nos depositan el dinero a los 8 días, es difícil manejar la plata así, mientras que Nequi y Daviplata es al instante y solo nos cobran el 4×1000 cuando alcanzamos el tope. Prefiero tener la platica en digital”.
La emprendedora llegó a la Plaza después de retirar su ahorro pensional para expandir su exitoso restaurante en La Candelaria, lo perdió todo en la pandemia cuando además cerraron su cuadra para ejecutar obras públicas, su esposo retiró el dinero de la jubilación para equipar el restaurante que hoy tienen. Gracias a la fama de su chicharrón y sus fríjoles les va bien, les llegan pagos de todo tipo y están listos para recibirlos.
Albeira Cogollo, una artesana que vende tejidos de diferentes comunidades indígenas en la misma plaza, dice “recibo todo: desde American Express hasta dólares, euros y transferencias”. Los pagos a sus proveedores dentro y fuera de Bogotá también son digitales. Estos son claros ejemplos de la penetración de los servicios financieros formales en la economía popular, pero aún no es una tendencia generalizada.
Por su parte, Alejandro Solano, un carguero de papa en Paloquemao que gana $70.000 diarios, no conoce los datáfonos blancos de Bold, que han ganado popularidad entre los comerciantes pequeños, su vecino del puesto de verduras dice que sí los conoce, pero que menos de un cuarto de los puestos tienen uno, el efectivo es el método favorito de pago de sus clientes y el que prefieren para recibir sus salarios.


En otros mercados del país el efectivo también es el rey. La informalidad y la precariedad de la plaza va directamente relacionada con el uso del efectivo y la baja aceptación de pagos digitales.
El ‘gota’
Desde La 21 en Cali y La América en Medellín hasta lugares más modernos y formalizados como el Gran Bazar en Barranquilla o La Concordia en Bogotá, la financiación informal es tan común como el pedir rebaja o ñapa.
“Ahorita acaba de pasar el muchacho del ‘gota’, pasa todos los días a la misma hora”, dice Nicolasa a la atiborrada hora del almuerzo en la plaza capitalina. “El muchacho me cambia los dólares con el precio del día, no como las casas de cambio, yo si puedo le cambio por sencillo”, aseguró Albeira sobre su relación con el cobrador de los ‘pagadiarios’.
Por su parte, el ayudante del puesto de verduras en Paloquemao -quien prefirió mantener su identidad anónima- asegura haber visto situaciones complejas a raíz de los famosos ‘gota a gota’, “si debes mucho y no pagas, al otro día pasa una moto y ya no estás … hay gente que debe mucho, uno escucha deudas hasta de $20 millones”, asegura. Alejandro, su vecino, dice que si pagas no tienes ningún problema y que la ayuda es grande.
El último informe de inclusión financiera de Banca de las Oportunidades y la Superintendencia Financiera, destacó que solo el 35,5% de los adultos colombianos tienen un producto formal de crédito, otras estimaciones proyectan que con los préstamos de las telco y empresas de otras industrias el dato ronda el 50%. Sin embargo, no hay que ser un experto para saber que la mayoría de los colombianos tienen o necesitan un capital de deuda, y es acá donde el mercado informal tiene su espacio.
Wilfredo Grajales, director del Instituto para la Economía Social (IPES), entidad encargada de las 19 plazas distritales de Bogotá, asegura que la financiación informal es el común denominador en estos espacios. “Las entidades formales no le ofrecen mucho a este sector. (…) Esta es la cultura de las soluciones rápidas y el ‘gota a gota’ les facilita eso”.
Según el experto, hace falta un trabajo articulado en el sector financiero para atender a esta población. “Hay que revisar las políticas de originación de crédito para ellos, especialmente aquellas que son excesivamente restrictivas y que no consideran las condiciones reales de este ecosistema emprendedor informal”. Grajales aconseja tener en cuenta referencias comerciales, participación en programas de formación o flujos de caja no tradicionales como criterios de score inclusivo.
Si bien es difícil medir en cifras las dinámicas económicas de esta población debido a la alta informalidad, es fácil reconocer la cultura que hay alrededor del dinero. Aún se requiere un esfuerzo importante en materia de educación financiera en temas como ahorro e inversión, además, se necesita que la banca vaya un paso más allá en una inclusión crediticia que sea acorde con las necesidades de los trabajadores, grandes y pequeños, de las plazas del mercado del país.
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