Romer, galardonado por sus aportes que destacan a las ideas y al conocimiento como motores del crecimiento a largo plazo, dice que Google, Amazon, Meta o Microsoft no solo definen las reglas de la innovación, sino que controlan la información y condicionan el debate político.
Paul Romer, Premio Nobel de Economía de 2018, lanzó una advertencia que resuena cada vez con más fuerza en el debate público global sobre la relación entre tecnología, poder y democracia.
Según Romer, desde los años ochenta Estados Unidos permitió que un reducido grupo de empresarios “oportunistas” se adueñara de las tecnologías digitales emergentes, acumulando tal nivel de riqueza e influencia que hoy la supervivencia de la democracia y la libertad se encuentra en peligro.
La afirmación no es menor. Sugiere que el modelo de desarrollo tecnológico dominante no solo generó concentración económica, sino también un desequilibrio estructural en el poder político. Gigantes como Google, Amazon, Meta o Microsoft no solo definen las reglas de la innovación, sino que intervienen de manera directa en la esfera pública: controlan la información, moldean las interacciones sociales y condicionan el debate político.

Frente a este panorama, Romer, galardonado con el premio por sus aportes que destacan las ideas y el conocimiento como los verdaderos motores del crecimiento económico a largo plazo, subraya que la historia pudo ser distinta. El software de código abierto representa la evidencia de un camino alternativo: un modelo colaborativo, descentralizado y más democrático, en el que la innovación tecnológica no necesariamente se traduce en la concentración del poder. Linux, Wikipedia o incluso la infraestructura abierta de internet muestran que la creatividad colectiva puede generar bienes públicos sin reproducir los efectos nocivos de los monopolios digitales.
Romer es uno de los participantes en la octava versión de la Conferencia de Premios Nobel de Economía que se realiza en Lindau, Alemania, a la que asiste Forbes Colombia.
Su planteamiento abre un interrogante clave: ¿pueden las sociedades recuperar el control democrático sobre la tecnología o el poder de las plataformas ya es irreversible?
La respuesta no es sencilla, pero apunta a la necesidad de repensar los marcos regulatorios, estimular el desarrollo de alternativas abiertas y, sobre todo, reconocer que la tecnología no es neutra. En última instancia, lo que está en juego no es solo el rumbo de la innovación, sino la vitalidad y la supervivencia misma de la democracia.
El debate está abierto. En el mismo evento, Mario Draghi, ex presidente del Banco Central Europeo y autor de un reciente informe que busca rescatar la competitividad del viejo continente, lanzó una advertencia: Europa no puede seguir rezagada mientras Estados Unidos y China avanzan.
“En Europa privilegiamos la protección social, la privacidad y los derechos humanos, casi todo menos la innovación”, dijo sin rodeos. Y remató con un contraste incómodo: “Nosotros regulamos ex ante, es decir, con base en riesgos hipotéticos; Estados Unidos regula ex post, corrigiendo abusos monopolísticos ya cometidos”. Solo a veces, dirían los críticos como Romer, actualmente profesor de Boston College.

El economista italiano fue más allá: insistió en que este esquema es insostenible. Normas que antes fueron orgullo del continente hoy lucen anacrónicas y sofocan la innovación. En un mundo que demanda a Europa como contrapeso frente al poderío estadounidense, las pymes europeas —pequeñas y medianas, sin espacio para crecer— quedan atrapadas en un marco regulatorio que las condena a la irrelevancia, y muchos emprendedores se ven obligados a emigrar.
La receta de Draghi no es copiar a Estados Unidos, sino encontrar una vía propia que preserve los valores europeos sin frenar la competitividad ni la capacidad de aprovechar tecnologías emergentes como la inteligencia artificial.
