Hace unos meses, en una charla en un banco, lancé una pregunta sencilla: Y ustedes, ¿qué están estudiando ahora? No importa la etapa de la vida en la que estemos, nuestra mayor fortaleza no está en lo que estudiamos una vez, sino en la disposición de seguir estudiando y creciendo.
En mi casa se fue construyendo, casi sin proponérnoslo, una tradición silenciosa. En un cuarto que con el tiempo se convirtió en oficina, los títulos se alineaban en marcos de madera, con su vidrio impecable, testigos de años de estudio, noches largas y victorias académicas. Crecí creyendo que el conocimiento era eso: algo que se conquistaba una vez y se exhibía por siempre, como una medalla de oro.
Pero el mundo laboral ya no funciona así, lo que antes duraba la vida entera, hoy tiene fecha de caducidad y puede ser más corta que la de un yogur. Suena gracioso, pero lo dice la OCDE: en 1987, la vida útil de una competencia técnica era de 30 años; hoy es de apenas 2 y, si hablamos de profesiones en áreas de tecnología, puede ser tan breve como tres meses. Lo que ayer te convertía en experto, mañana puede ser un recuerdo en LinkedIn.
La obsolescencia del conocimiento ya no es un concepto académico, es un asunto real que tenemos que enfrentar. El Foro Económico Mundial advierte que, para 2027, se crearán 69 millones de nuevos empleos y desaparecerán otros 83 millones. Además, más del 44 % de las habilidades que usamos hoy necesitarán actualizarse en los próximos cinco años.
Y aquí viene lo importante, no hablamos solo de habilidades técnicas, están también las que realmente nos salvan, las socioemocionales y cognitivas: el pensamiento analítico y creativo, la curiosidad, la resiliencia, la flexibilidad, la inteligencia emocional, el liderazgo y la influencia social, la alfabetización digital, el pensamiento sistémico, la motivación y la capacidad de trabajar en equipo. No están en un software ni se descargan de Internet, pero son las que nos permiten navegar en un mundo en el que lo único constante es el cambio.
Mientras tanto, el menú laboral se reinventa, especialistas en inteligencia artificial, analistas de datos, expertos en sostenibilidad, en salud mental o en ciberseguridad. Junto a estas profesiones aparece un requisito silencioso y constante: saber adaptarnos a múltiples roles a lo largo de nuestra vida porque el trabajo dejó de ser una línea recta para convertirse en un mapa lleno de rutas alternas, curvas inesperadas y desvíos que ni Google Maps anticipa.

El reto es que, aunque durante décadas el sistema educativo estuvo diseñado para un mundo más estable, hoy las universidades estamos moviendo las piezas para adaptarnos. La educación superior ya no es solo un ciclo cerrado de cuatro o cinco años; cada vez más se convierte en un espacio flexible, con rutas personalizadas, formación híbrida y experiencias que conectan lo aprendido con la vida real porque estamos dejando atrás la idea de enseñar para un solo momento de la vida y avanzando hacia acompañar a las personas en su aprendizaje permanente.
Por eso, las microcredenciales, los programas cortos y las experiencias de aprendizaje ágil han pasado de ser una novedad para convertirse en aliadas estratégicas. Nos permiten ajustar el rumbo, incorporar habilidades emergentes y responder con rapidez a los cambios, sin tener que esperar a que termine un ciclo académico largo.
Hace unos meses, en una charla en un banco, lancé una pregunta sencilla: Y ustedes, ¿qué están estudiando ahora?
Algunos respondieron con cursos de finanzas, certificaciones en liderazgo o programas de idiomas; otros, con sonrisa tímida, dijeron que hacía años no estudiaban nada. Entonces les compartí una idea que me acompaña últimamente: no importa la etapa de la vida en la que estemos, siempre hay una oportunidad para aprender algo nuevo.
Puede ser una habilidad técnica, una destreza creativa o un conocimiento que nos acerque a otras personas. Todo esto resulta más importante en un mundo donde el 85 % de los empleos de 2030 aún no existen según el Instituto para El Futuro (IFTF), nuestra mayor fortaleza no está en lo que estudiamos una vez, sino en la disposición de seguir estudiando y creciendo.
Esto no significa renunciar al orgullo de un diploma, sino sumar otro tipo de orgullo: el de seguir creciendo, el de quien toma un curso para aplicar algo nuevo en su trabajo, de quien se entrena en habilidades blandas para liderar con empatía, de quien se atreve a entrar a un espacio desconocido y sale con herramientas que antes no tenía. Las empresas ya lo saben: contratan no solo por lo que sabes, sino por tu potencial de aprendizaje, buscan a quien se actualiza, a quien no teme cuestionar y a quien lidera con visión humana en medio del avance tecnológico.

Hoy, cuando visito a mi papá, sus títulos siguen ahí, firmes en la pared. Me encanta verlos, porque me recuerdan el valor del esfuerzo y la dedicación, pero ahora hay algo más, mi papá volvió a la universidad. No lo hace para colgar otro marco, sino para conversar con otros, aprender de otras personas y sobre todo dejarse sorprender. Hoy estudia no para acumular títulos, sino para sentirse vivo, estimulado, animado por el conocimiento.
Tal vez esa sea la lección más valiosa: que aprender no es una etapa de la vida, sino la vida misma.
Así que, cuando alguien me pregunte “¿Y tú qué estás estudiando?”, mi respuesta será más clara: siempre estoy estudiando algo nuevo, porque el aprendizaje no tiene fecha de vencimiento y la curiosidad no entiende de edades.
Por: Lina María Agudelo Gutiérrez *
*Lina María Agudelo Gutiérrez es decana de la Escuela de Ingeniería y Ciencias Básicas de la Universidad EIA, de Medellín. Su contacto es: [email protected]
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