Con más de 1.000 toneladas al año, Amapurí posiciona a Colombia en un mercado global que superará los US$2.240 millones en 2033.
Con más de 1.000 toneladas de açai producidas al año, Amapurí ha tejido alianzas con Noruega y Naciones Unidas para transformar 7.000 hectáreas de selva en sistemas agroforestales. Desde el Pacífico hasta la Amazonía, este modelo va más allá del fruto: regenera suelos, genera ingresos dignos para 2.000 campesinos y posiciona a Colombia como potencia emergente en el mercado global de açai.
Al frente de esta apuesta está Edgar Montenegro, fundador de Amazon Putumayo River (Amapurí). Montenegro creció en un Puerto Asís sin vías, ni mercados y donde para 1995 la coca ya se había convertido en el cultivo principal, posicionando a la región como epicentro de la producción nacional. Aunque su familia nunca sembró grandes extensiones, vivieron de cerca la paradoja: mientras la coca se movía sin carreteras y tenía compradores garantizados, los productos legales quedaban atrapados por falta de infraestructura.
Temiendo el reclutamiento armado, Montenegro se trasladó a Bogotá, iniciando su formación como técnico en contabilidad y finanzas en el SENA. Pero la ciudad, con todas sus oportunidades, no logró apagar una inquietud que lo acompañaba desde niño: ¿Cómo unir la cadena rota entre el campesino y el consumidor? En 2013 fundó Amapurí, primero con palmito, luego con açai, y desde entonces ha tejido una red que conecta selva, mercado y propósito.

Un fruto con escala global
Con una demanda global que supera el millón de toneladas anuales y un mercado proyectado en más de US$2.24 mil millones para 2033, según Business Research Insights, este pequeño fruto se ha convertido en el protagonista de una bioeconomía naciente. En Brasil, el negocio supera los US$7.000 millones, pero apenas un 10 % de la producción llega a mercados internacionales como Alemania, Francia o Japón, donde la demanda sigue creciendo por sus propiedades antioxidantes y su versatilidad en las industrias alimentaria, cosmética y nutracéutica.
La pulpa del açai se comercializa entre US$3.50 y US$4 por kilo, mientras que el polvo liofilizado alcanza precios de US$30 a US$35 por kilo en mercados especializados. Entonces el açai no es solo un fruto: es una oportunidad económica de escala global. Y lo más importante: nace solo, se dispersa por aves y roedores, y convierte potreros abandonados en rodales productivos sin alterar el bosque.
Aunque Colombia solo aporta el 0,4 % de la oferta global, con 6.100 toneladas anuales, es el segundo mayor productor y cuenta con más de 2,3 millones de hectáreas aptas para su cultivo en el Pacífico, según el estudio técnico de Partnerships for Forests.
Hoy, buena parte de ese fruto se pierde y cae al suelo sin que nadie lo aproveche.
Por otro lado, el país tiene una ventaja competitiva única: el fruto crece de forma silvestre, sin necesidad de riego, en zonas con hasta 4.000 mm de lluvia al año. Mientras Brasil enfrenta desafíos por el cambio climático y la presión hídrica, en regiones como el Chocó y el Putumayo el açai brota espontáneamente, regenerando suelos y ofreciendo alternativas en territorios donde las oportunidades escasean.
Durante la COP16, empresarios brasileños sobrevolaron el Pacífico colombiano y se sorprendieron al identificar variedades de palma de açaí que superaban las de Pará, con hasta mil tipos diferentes por hectárea, frente a los 400 o 500 que se registran en Brasil. Ese hallazgo confirmó lo que los estudios técnicos ya anticipaban: Colombia alberga variedades nativas de alta calidad, únicas en el mundo, con un potencial genético y agroindustrial aún inexplorado. Esta diversidad abre la puerta para que el país se posicione como productor premium (al estilo del café colombiano) frente al modelo brasileño basado en volumen.
Colombia no compite por cantidad, sino por calidad, biodiversidad y sostenibilidad. Y en ese terreno, su ventaja es estructural.
Una apuesta por el bosque sin talarlo
Desde el inicio, Amapurí apostó por los productos no maderables del bosque. Su primera incursión fue con el palmito, abasteciendo pequeños restaurantes, supermercados y llevando la cosecha del Putumayo a Bogotá.
“Yo quería volver otra vez allá, pero con una solución. Pensando en esa experiencia que yo tenía cuando niño, que salíamos y vendíamos el producto pero no había quien lo comprara, yo quería poder integrar esa cadena que faltaba”, explica Montenegro.
Montenegro, junto con algunos clientes ya interesados, decidió montar una planta en Guapi, Cauca. Publicó su oferta en un directorio de exportadores y logró contactar a un comprador francés vinculado a supermercados europeos, quien lo apoyó con un préstamo inicial para adquirir canoas y sortear las mareas del río.
Con esa confianza, gestionó sobregiros bancarios, cartas de crédito y nuevos préstamos que le permitieron ampliar la producción, adquirir una planta en Tumaco y empezar a vender a reconocidos restaurantes como Harry Sazón y Crepes & Waffles. Así, fue como empezó a sostener a los productores, para que no perdieran ni el cultivo ni la esperanza.
En ese recorrido apareció el açai. Aunque el fruto era prácticamente desconocido en Colombia, en Brasil ya se le conocía como el “oro morado” por su potencial nutricional y comercial. Montenegro no dudó en viajar a Brasil, donde recorrió plantas industriales y modelos de producción avanzados que le ofrecieron pistas sobre cómo adaptar el cultivo al contexto colombiano. Su recorrido confirmó lo que ya intuía: el açai se estaba expandiendo de una manera imposible de ignorar.
“Todo era nuevo porque no sabíamos nada, nadie sabía nada. Fuimos los primeros en introducir el enlace en Colombia. Antes nadie hablaba de açai”

Sembrar açai, sembrar futuro
El Instituto Humboldt estima que el açai podría generar hasta 200.000 empleos rurales en zonas históricamente excluidas, y el alto potencial de este fruto ha atraído la atención internacional a Colombia. El gobierno de Noruega aprobó un proyecto para implementar 800 hectáreas en sistemas agroforestales junto a pequeños productores. Con Amapurí liderando la iniciativa, actualmente se suman 1.500 hectáreas adicionales, desarrolladas por la compañía y otras 300 próximas a sembrarse en alianza con Naciones Unidas. En conjunto, el modelo ya supera las 7.000 hectáreas bajo esquemas de conservación activa.
Amapurí parte de una premisa clara: si usted siembra açai, la compañía le garantiza la compra. Con esa promesa, Edgar Montenegro comenzó a cerrar el ciclo que lo inquietaba desde niño: producir, transformar y comercializar desde el territorio, sin intermediarios ni rupturas. Hoy, más de 2.000 campesinos viven del açai, con la convicción de que es una forma de vida y una alternativa real frente a los cultivos ilícitos.
Con dos plantas operativas en Tumaco y Puerto Asís, y más de 100 empleados vinculados, la empresa produce cerca de 1.000 toneladas de açai al año. Su meta para 2030 es alcanzar las 20.000 toneladas, con una red de 20 plantas distribuidas entre el Pacífico y la Amazonía.
Entre sus principales destinos de exportación se encuentran México, Estados Unidos y Holanda. Además, la compañía proyecta abrir una red de distribución en Miami para expandirse en el sur de Florida. En el mercado nacional ya ha ingresado a cadenas como Carulla, Éxito, PriceSmart y Crepes & Waffles, con una oferta que incluye mezclas de açaí con guaraná, banano, mango y maracuyá, así como versiones sin azúcar.
Este crecimiento industrial ha ido de la mano con el fortalecimiento del ecosistema emprendedor. Más de 100 emprendedores han comenzado a comercializar productos derivados del açai en Bogotá, Cali y Barranquilla.

La empresa también lidera un modelo basado en sistemas agroforestales que integran el açai con otros frutos nativos. A través del compostaje de residuos orgánicos, la producción de biochar y el desarrollo de bioinsumos (como fungicidas y herbicidas derivados de la semilla) se han restaurado suelos ácidos y erosionados por el pisoteo ganadero. En zonas antes áridas, hoy hay lombrices, aves y vida.
Sin embargo, el açai impone grandes retos logísticos. Para conservar sus propiedades nutricionales, el fruto debe congelarse a -18 °C en menos de 24 horas. La recolección en zonas selváticas implica transporte en animales por humedales, cadenas de frío costosas y altos consumos energéticos. Eso, sin tener en cuenta que la producción no responde a ciclos industriales: en los rodales silvestres, hay zonas que este año dan fruto y el próximo no.
Después de cada cosecha, la palma tarda hasta dos años en formar nuevos frutos mientras recupera sus nutrientes y activa microorganismos esenciales. Cada kilo recolectado implica recorrer el bosque, enfrentar condiciones adversas y garantizar una cadena de frío eficiente.
Todo esto encarece el producto y explica por qué, en el mercado, una bebida o un bowl de açai puede costar más que otros frutos tropicales. Para reducir esa dependencia, Amapurí desarrolla tecnologías de secado que aprovechan energías limpias y biomasa. Actualmente, el 60 % de su energía utilizada proviene de paneles solares.
En medio de las dificultades logísticas, los retos del mercado y la fragilidad de los ecosistemas, Amapurí ha tejido una apuesta que va más allá del fruto: en las oportunidades empieza la construcción de paz. Cada palma sembrada, cada kilo recolectado, cada joven vinculado al proceso, es un paso hacia la transformación del territorio desde adentro.
Para Edgar Montenegro, el orgullo no está solo en el producto, sino en haber construido un modelo que cuida los bosques, genera empleo en las zonas más olvidadas y demuestra que sí es posible hacer empresa con propósito desde los territorios.
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