Cada vez más profesionales confían en algoritmos para redactar correos, tomar decisiones y estructurar ideas. Lo que parece eficiencia podría estar debilitando habilidades clave como la autonomía, la creatividad y el pensamiento crítico.

El uso cotidiano de herramientas como ChatGPT, asistentes virtuales y plataformas de IA aplicada ya no se limita a entornos técnicos o académicos. Desde emprendedores que automatizan sus propuestas comerciales hasta ejecutivos que confían en algoritmos para responder correos estratégicos, la inteligencia artificial se ha convertido en una extensión silenciosa del pensamiento profesional.

Para entender cómo se instala la dependencia a la IA, el estudio “Do you have AI dependency?” propone el modelo I-PACE, que analiza la progresión de conductas adictivas en entornos digitales. Este marco conceptual se compone de cuatro elementos:

  • Humano: rasgos de personalidad, vulnerabilidad cognitiva y autoeficacia.
  • Afectivo: respuestas emocionales, estrés y estrategias de afrontamiento.
  • Cognitivo: sesgos, expectativas de rendimiento y percepción de utilidad.
  • Ejecutivo: conducta observable, autocontrol y decisiones frente al uso de tecnología.

La interacción entre estos factores puede generar hábitos adictivos, especialmente cuando la IA se convierte en una solución automática ante el estrés, la presión laboral o la baja confianza en las propias capacidades.

La investigación se basó en una encuesta aplicada a 300 usuarios frecuentes de ChatGPT en Corea del Sur. Aunque el contexto es académico, los hallazgos son extrapolables a entornos profesionales. Los principales efectos negativos identificados fueron:

  1. Aumento de la pereza
  2. Difusión de desinformación
  3. Disminución de la creatividad
  4. Reducción del pensamiento crítico
  5. Menor capacidad de pensamiento independiente

Estos resultados sugieren que el uso excesivo de IA no solo automatiza tareas, sino que puede debilitar funciones cognitivas esenciales para el trabajo estratégico.

Erik Fabián Rico Castillo, representante del Colegio Colombiano de Psicólogos y Analista de IA en entornos productivos, advierte que “la inteligencia artificial no solo se mide por las horas de conexión, sino por los efectos en procesos mentales como el pensamiento, la percepción, la memoria y el comportamiento profesional”. Señales como la ansiedad al no tener acceso a la herramienta, la inseguridad al emitir juicios sin validación tecnológica o la consulta compulsiva para tareas simples evidencian un uso problemático que ya se manifiesta en entornos laborales.

En el país, el uso de IA en entornos laborales crece aceleradamente. Según el CONPES 4144, Colombia invertirá más de $479.000 millones en inteligencia artificial hasta 2030. Empresas como Vozy, UBITS y Rappi ya integran IA en procesos de comunicación, selección y formación.

En medio de esta aceleración digital emerge un dilema silencioso: ¿Está su eficiencia debilitando su capacidad de pensar, decidir y crear por sí mismo?

La delegación constante a la IA puede generar una forma de “desempoderamiento cognitivo”. Profesionales que antes estructuraban sus ideas desde cero ahora confían en prompts, plantillas y algoritmos. Lo que antes requería criterio, tiempo y reflexión, hoy se resuelve en segundos.

“Ahora, muchas personas no recuerdan tres números telefónicos, ni rutas básicas sin herramientas como Waze. La creatividad se reduce, y el profesional deja de construir desde su estilo propio para adoptar respuestas automáticas”, señala Rico. Este fenómeno, similar al efecto Google, debilita la capacidad de retener información y resolver problemas complejos con autonomía.

En otras palabras, pensar menos puede volverse un hábito. Bastaría con preguntarse ¿Cuántos correos redacta diariamente con ayuda de la IA? ¿Cuántas ideas estructura sin pensar desde cero? Tal vez no lo note, pero la inteligencia artificial ya está moldeando su forma de trabajar, decidir y pensar.

Ahora bien, la respuesta no está en frenar la innovación, sino en recuperar la conciencia sobre lo que delegamos. Porque en el mundo profesional, pensar sigue siendo un acto estratégico.