Desde Medellín, Bombillo Amarillo exporta talento a Netflix, YouTube y Europa. Ya supera los $5.600 millones en ingresos y su meta es convertir a Colombia en potencia mundial de la animación.
Bombillo Amarillo nació en 2009 con un computador prestado, tres millones de pesos y el sueño de Daniel Vélez y Juan Ochoa de vivir de lo que más amaban: dibujar. Pasaron 16 años y ahora la empresa es reconocida por Analdex como la mejor exportadora de servicios en Colombia y ya supera los $5.600 millones en ingresos.
Desde Medellín, este estudio de animación no solo vende talento: está rompiendo el molde de lo que el país entiende por economía creativa.
Cuando se habla de exportación en Colombia, el imaginario común suele pensar en café, flores o textiles. Pero Bombillo Amarillo no vende productos físicos: vende creatividad, procesos y minutos animados que hoy se ven en Netflix, YouTube y canales europeos. Lo hace con un equipo de más de 80 personas que transforma ideas en universos visuales y posicionan a Medellín como un nuevo epicentro de industrias culturales.
El camino no comenzó con victorias. Back House, el primer emprendimiento de Vélez, quebró. Pero ese fracaso le dejó una lección: sin dedicación absoluta, ninguna empresa sobrevive. Así que renunció a su trabajo y apostó todo a ese sueño loco de “vivir de muñequitos”. La jugada le salió bien casi de inmediato. La agencia donde trabajaba cerró su departamento de animación justo cuando él se iba. Vélez no lo pensó dos veces y les hizo una propuesta directa: “Yo soy su departamento de animación. Sin gastos fijos. Yo produzco, ustedes pagan por proyecto”.

Desde el inicio, la idea era clara: crear un estudio con un equipo mínimo de artistas que garantizara calidad, continuidad y respuesta frente a las marcas. Una estructura capaz de resolver uno de los grandes vacíos de la industria: la informalidad. En un sector donde el trabajo freelance es la norma y los procesos suelen depender de la inspiración individual, Bombillo Amarillo se propuso ofrecer algo distinto.
Con Juan Manuel, formaron la dupla perfecta: él, en lo creativo, Vélez, en la estrategia comercial. Empezaron a recorrer agencia por agencia con su portafolio en CDs. Golpearon puertas, se presentaron sin cita y llamaban a los departamentos de producción con nombres aprendidos de memoria. Así fue como lograron entrar a McCann Erickson, DDB, Publicis, Lobo, Pérez y Villa, entre otras.
Entre el sueño y la empresa
Pero pronto entendieron que no bastaba con dibujar bien. Una empresa requería estructura, facturación, entregas y escalabilidad. El concurso de planes de negocio de cultura de la Alcaldía de Medellín les abrió puertas en temas financieros y legales. Después, una rueda de ángeles inversionistas les dio $80 millones para empezar a consolidar la compañía con hoja de ruta propia.
Para ese entonces, ya eran conocidos y al mercado local les gustaba su trabajo, asi que el siguiente paso parecía ser salir al mundo. Una misión organizada por Proexport los llevó a Canadá, donde presentaron su portafolio ante estudios internacionales. La respuesta fue contundente, “Eso está muy bueno para ser colombiano”, les dijeron. Para el exigente mercado canadiense, su propuesta, aunque buena no tenían procesos, ni estándares, ni capacidad de crecimiento real en el mercado internacional.
“No sabíamos los software, ni las metodologías, ni los modelos. Solo teníamos ganas”, admite Vélez.
Ese viaje fue el punto de quiebre, lo que vino después fue una especie de maestría en tiempo real. Decidieron rediseñar Bombillo Amarillo no solo para producir mejor, sino para ser exportables. En 2012 conocieron a Javier López, director de Pipeline Studios y Vélez, fiel a su espíritu paisa, le dijo: “No sé cómo, pero necesito que usted me enseñe a trabajar como trabaja usted, así me toque regalarle gente”. Esa conversación abrió un año y medio de aprendizaje en el cual dominaron Toon Boom (el software estándar de la industria), adoptaron metodologías internacionales y aprendieron a entregar arte con cuotas semanales bajo exigencia global.
Sin embargo, quedaba una barrera estructural: la desconfianza hacia Latinoamérica como destino de producción. Para muchos estudios internacionales, maquilar animación solo era posible en India, China, Corea o el sudeste asiático. Colombia ni siquiera entraba en el mapa. Hasta que la pandemia cambió el panorama. Con las filmaciones en pausa, la animación se volvió la única vía para producir contenido, básicamente era hacer animación o no producir nada. Así que cuando la demanda global superó la capacidad de los estudios tradicionales, Bombillo Amarillo se consolidó como alternativa. La red se expandió. Y por supuesto, también los clientes.
Uno de ellos fue GS Animation, en Polonia. Estaban produciendo para Netflix Europa y le dieron a la compañía sus primeros minutos de exportación en una serie internacional. Luego llegaron alianzas con Ánima Estudios, Pipeline Studios en Canadá, The Learning Experience en Estados Unidos, Muse en España, Funny Tales en Grecia y Bluefaces en Eslovaquia. La lista sigue creciendo, y con ella, el alcance de una empresa que ya no solo presta servicios: también produce contenido propio.
Bombillo Amarillo logró lo que pocos: conseguir capital para desarrollar sus propias series y participar en coproducciones internacionales. Entre ellas, una película animada de casi US$4 millones junto a socios de Singapur, España e Italia, bajo la dirección de Raúl García, histórico animador de Disney responsable de personajes como el Genio de Aladdín, Hércules y Pocahontas.
Un estudio pequeño del mundo
2024 lo cerraron con ingresos por $5.800 millones, incluyendo un premio de $200 millones. Este año proyectan superar los $7.400 millones, con un equipo de entre 80 y 90 colaboradores. La meta es clara: convertirse en un “estudio pequeño del mundo”, con 300 personas y capacidad de negociar directamente con Netflix, Amazon y Apple, sin intermediarios.
“Si en Colombia empezamos a producir nuestros Bob Esponja, nuestros Mickey Mouse, nuestras Barbie, ahí es donde realmente vamos a crecer de manera exponencial”, afirma Vélez.
En Colombia, la industria de la animación está conformada por al menos 64 productoras, 14 centros educativos y dos asociaciones gremiales (ASIFA y GEMA), según datos de Areandina. Además, el sector audiovisual representa el 54% del valor agregado de la economía cultural y creativa del país, que supera los $5 billones.
A nivel regional, América Latina alcanzó un tamaño de mercado de US$27.900 millones en 2024 y se proyecta que llegará a US$66.100 millones en 2033, con una tasa de crecimiento anual del 9,3%, de acuerdo con el informe de IMARC Group.
Ahora bien, a la pregunta de fondo sobre si ¿Se puede vivir del arte en Colombia? Bombillo Amarillo lleva 16 años respondiendo que sí. Que requiere tiempo, resiliencia y una convicción que resista incluso cuando todo parece ir en contra. Pues el camino no ha sido fácil. Ha estado marcado por quiebras, embargos, relaciones sacrificadas y aprendizajes que llegaron más por urgencia que por elección. Pero también por la paciencia de esperar una década para exportar, la disciplina de entender que crecer exige método, y por las ganas (esas que no se enseñan) de convertir un sueño en empresa.
“Dennos unos años y verán el nombre de Bombillo Amarillo en el ranking Forbes de las más grandes del país”
Desde Medellín, se enciende la luz de una industria que ya conversa de tú a tú con los grandes del mundo.
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