Mientras el fraude de origen y las piedras sintéticas amenazan el mercado, Colombia responde con el laboratorio de gemas más avanzado de Latinoamérica.

En alguna feria de joyería en Hong Kong, un comprador paga miles de dólares por una esmeralda “colombiana”, pero la piedra viene de Zambia; y en otra esquina del mundo, un laboratorio estadounidense fabrica en semanas lo que la naturaleza tardó millones de años en crear. Dos escenas de una misma amenaza a la que el país responde con una apuesta contundente: ciencia e innovación.

Fedesmeraldas invirtió US$4 millones en maquinaria de última generación para crear el laboratorio de piedras preciosas más avanzado de Latinoamérica, capaz de certificar con precisión el origen geográfico de cada esmeralda. La meta: blindar la autenticidad de las gemas colombianas y sostener el liderazgo del país en un mercado que concentra el 85% de las esmeraldas de mayor calidad del mundo.

Con esa base tecnológica, Colombia no solo busca proteger su reputación, sino también redefinir las reglas el juego. El fraude de origen y las esmeraldas sintéticas amenazan con diluir el valor del “verde colombiano”, pero el país responde desde la ciencia, la innovación y una estrategia de expansión que en menos de dos décadas ha canalizado más de US$15 millones en inversión propia.

La huella digital geológica

El laboratorio funciona así: cuando una esmeralda llega para certificación, se analiza su “firma” geológica única. “La tecnología es tan precisa que puede identificar si una piedra viene de Chivor o de Muzo analizando su composición química, sus inclusiones y su estructura cristalina”, explica Óscar Baquero, presidente de Fedesmeraldas. “Es como una huella digital geológica.”

Las esmeraldas colombianas se forman a baja temperatura en roca sedimentaria, mientras que las de Brasil o Zambia crecen en roca ígnea. Esa diferencia fundamental, hace que las colombianas tengan un color verde más brillante, más vivo y con mayor fluorescencia.

Pero más allá del color, cada región productora en Colombia tiene características detectables. Las inclusiones (pequeñas impurezas naturales), la composición química y hasta la forma en que la luz interactúa con la piedra varían entre zonas. El laboratorio puede identificar esas diferencias con tal precisión que ya distingue entre regiones. El siguiente paso, más ambicioso, es identificar la mina específica de origen. Si lo logran, sería un estándar único en el mercado global de esmeraldas.

Para entrenar sus algoritmos, el centro no solo analiza piedras colombianas, sino también de Zambia, Brasil y Afganistán. “Necesitamos tener las firmas geológicas de otros orígenes para poder compararlas con las nuestras”, explica una fuente del laboratorio.

El desafío de hacer la certificación obligatoria

Ahora bien, la tecnología existe, si, pero el desafío es comercial. Si los compradores no exigen certificación (y muchos no lo hacen porque confían en sus proveedores o simplemente no quieren complicar transacciones), el fraude sigue siendo rentable.

“Colombia tiene la tecnología, pero necesita la estructura de mercado para hacerla obligatoria”, reconoce Baquero. Fedesmeraldas trabaja con compradores internacionales y casas de joyería para posicionar la certificación como estándar del mercado. La estrategia es convencer a los compradores de que la certificación no es un costo, sino un valor agregado que protege su reputación. Si esa tendencia se consolida, podría cambiar las reglas del juego.

Mientras tanto, otra batalla se libra en un frente distinto: las esmeraldas sintéticas. Laboratorios en Estados Unidos y otros países fabrican gemas en semanas, químicamente idénticas a las naturales, a una fracción del precio y con una diferenciación cada vez más difusa.

“No es una esmeralda. Una esmeralda tardó millones de años en formarse bajo condiciones geológicas únicas. Eso no se puede replicar en un laboratorio y llamarlo igual”, dice Baquero.

El problema es que el mercado no siempre piensa así. Los diamantes sintéticos ya capturaron una porción significativa de compradores, especialmente generaciones jóvenes que priorizan precio sobre origen. Así que la pregunta incómoda persiste: si un comprador no puede distinguir a simple vista entre una esmeralda natural de US$10.000 y una sintética de US$500, ¿por qué pagaría 20 veces más?

La respuesta de Colombia es convertir el origen natural en un activo premium y no solo un dato técnico. “Vendemos historia, exclusividad, millones de años de formación geológica, una calidad única en el mundo”, explica Baquero.

En ese contexto, es donde la certificación tecnológica cobra otro sentido: no solo prueba que la piedra es colombiana, sino que cuenta la historia detrás de ella. De qué región viene, qué la hace única, por qué vale más. El laboratorio genera un “pasaporte” para cada esmeralda certificada que incluye su análisis completo.

El giro hacia Asia

Al tiempo que Colombia fortalece su capacidad tecnológica, también replantea su estrategia comercial. Estados Unidos representaba el 70% del mercado de exportación porque funcionaba como centro de distribución hacia el resto del mundo. Pero las tensiones comerciales y el aumento de aranceles reconfiguraron esa dinámica. Ahora la apuesta es directa: Asia.

En septiembre, Colombia participó en dos de las ferias de joyería más importantes del mundo: una en Tailandia y otra en Hong Kong, moviendo entre US$6 y US$7 millones. Aunque la cifra quedó por debajo de lo esperado, las señales fueron positivas.

“Ya este año los inversionistas empezaron a moverse. Los del Fine Gem Pavilion, los que venden las esmeraldas más caras, casi todos tuvieron ventas. Cuando se mueven los de arriba, jalan a toda la cadena”, dice Baquero.

Ese dinamismo confirma que hacia allá debe mirar la industria. Por eso Colombia participa cada año en tres ferias clave de la región donde se reúnen compradores especializados (empresas judías, indias, chinas y algunos diseñadores) y se consolidan mercados.

El siguiente paso es abrir las puertas del mercado chino. Hoy, las esmeraldas colombianas enfrentan un arancel de entrada del 40%. “Si apostamos a China, necesitamos que bajen ese arancel”, dice Baquero. Una reducción significativa podría multiplicar las exportaciones y la posición de Colombia en el corazón del lujo asiático.

Con respecto al mercado interno, Medellín emerge como un polo inesperado de consumo de esmeraldas. “Los chicos que hacen música están invirtiendo en joyas, en esmeraldas. Están jalonando. Medellín ahorita jalona más que Cartagena”. Lo que antes era símbolo de herencia o tradición, hoy se convierte en parte del nuevo lujo urbano. Si la tendencia se consolida, podría resolver uno de los grandes pendientes del sector: construir un mercado nacional sólido.

Los retos que quedan

Con todo y los avances, el panorama tiene desafíos importantes. El sector exporta apenas US$140 millones anuales, una cifra modesta comparada con el café (US$5.400 millones) o las flores (US$2.000 millones). Pero la comparación engaña, pues aunque Colombia produce solo 2 millones de quilates frente a los 30 millones de Zambia, su valor por quilate es mucho mayor.

“No somos el primer productor, somos el productor de mejor calidad”, explica Baquero. “En este negocio no es por volumen. Aquí el origen sí importa.”

El desafío es estructural. Colombia tiene la piedra, pero no la industria. Los diseños nacen en Italia, la fabricación se concentra en China o Tailandia, y el consumo final ocurre en Asia y Medio Oriente. En el país hay talento artesanal, pero se vende materia prima tallada, no joyería terminada. Para dar el salto, se necesita inversión en diseño, manufactura y canales propios de distribución.

De cara a 2026, las proyecciones son prudentes pero firmes. “La economía del país crece al 2,5%. Nosotros le apuntamos al 1%. No puedo esperar más con esta turbulencia del dólar”, reconoce Baquero.

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