El 47 Salón Nacional de Artistas se despliega en 18 municipios del Cauca para cuestionar las jerarquías del sistema artístico tradicional.

Entre el 24 de octubre y el 15 de diciembre, KAUKA, asamblea de mundos posibles, reunirá a más de cien artistas, sabedores y colectivos para cuestionar las jerarquías del sistema artístico y repensar cómo, dónde y por quién se produce el arte en Colombia.

El Salón Nacional de Artistas lleva más de dos décadas alejándose del centro. Desde inicios de siglo ha pasado por Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira y el Magdalena Medio. Cada parada ha sido un gesto de descentralización, un desplazamiento deliberado para romper la hegemonía cultural de la capital.

“Esta es la respuesta más radical a esa descentralización”, explica Alejandra Sarria, Coordinadora del Grupo de Artes Plásticas y Visuales del Ministerio de las Culturas. “Si el Salón Nacional es realmente nacional, entonces debe poder ser en cualquier territorio del país. Y no solo en las ciudades que tienen la infraestructura necesaria”.

Pero la radicalidad de esta edición no consiste únicamente en salir de Bogotá. KAUKA reconoce que ni siquiera una capital departamental puede contener la complejidad de un territorio.

Popayán no es el Cauca, y el Cauca no es Popayán

La decisión de expandir el Salón por todo el departamento surge de una realidad territorial y profundamente humana: las formas de habitar la vida.

“Hay una diferencia muy grande entre las distintas zonas del departamento, en el tipo de poblaciones que están allí, en la forma en la que se habita el arte y se habita el territorio”, explica Sarria.

Por eso, aunque las tres sedes principales serán Popayán, Santander de Quilichao y Puerto Tejada, las acciones se extenderán a todo el territorio. Con un presupuesto superior a $3.000 millones, los recursos no se repartirán por municipio, sino por procesos. Además, el Ministerio mantendrá en paralelo otros programas como la Escuela Itinerante, Juntes y la Red de Residencias.

La descentralización territorial, sin embargo, es apenas la primera capa de una propuesta más profunda. El equipo curatorial, conformado por : Carolina Chacón Bernal, Catalina Vargas Tovar, el Consejo Ancestral Willka Yaku (Eyder Calambás y Phuyu Uma), Eblin Grueso Cuero y Laura Campaz Minota, decidió que el proceso mismo de construir el Salón debía operar desde otra lógica: la de la asamblea.

El nombre KAUKA, que en lengua nam-trik significa “madre de los bosques”, no es solo un título. Es una declaración de método. Cada decisión se toma colectivamente, en diálogo entre saberes y prácticas.

“Entramos entendiendo que ya existen prácticas en el territorio: formas de hacer, de encontrarse, de tomar decisiones por consenso”, explica el artista y curador Eblin Grueso.

El modelo desafía la estructura vertical del arte contemporáneo. Todas las voces cuentan. La metodología incluye lo que Grueso llama “otras energías más allá de lo humano”: el territorio, la espiritualidad, la naturaleza. Un enfoque que se opone a la lógica de imposición y a las exposiciones que obligan a los artistas a adaptarse a un formato predefinido.

Esta mirada tiene consecuencias concretas. En lugar de convocatorias individuales, se privilegió el trabajo en red: comunidades, fundaciones, colectivos de mujeres y procesos sociales que no pueden reducirse a un solo nombre.

Para los invitados internacionales, el criterio fue claro: vínculos reales con el territorio. No se trata de traer figuras externas, sino de construir conversaciones horizontales, donde el aprendizaje sea mutuo.

Además, se buscó una representación diversa de los procesos locales: indígenas, afrodescendientes, campesinos y mestizos, que reflejaran la composición demográfica del Cauca. El resultado: más de cien participantes entre artistas, sabedores y procesos comunitarios, todos con el mismo estatus.

Cuando el arte deja de ser categoría

El 47 Salón propone disolver las fronteras entre arte contemporáneo, arte popular y artesanía. La curaduría parte del reconocimiento de que en los territorios ya existen saberes y prácticas que no necesitan la validación del sistema artístico. En muchos casos, el término “arte” ni siquiera aplica pues son prácticas ancestrales, comunitarias o espirituales que el Salón se limita a acompañar.

Esta filosofía se refleja en una programación sin jerarquías de formato. La apertura móvil, del 24 al 26 de octubre, incluirá actividades simultáneas en Popayán, Santander de Quilichao y Puerto Tejada: una asamblea de mundos posibles en la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, una olla comunitaria, una siembra simbólica en la Pirámide de Tulcán, conciertos de Edson Velandia y Adriana Lizcano, y un recorrido performativo por la plaza de mercado del barrio Bolívar junto a Sofía Olascoaga y las cocineras locales.

Las sedes expositivas abarcan desde el MAMPO y la Casa Museo Guillermo León Valencia hasta Univalle, la Capilla Santa Bárbara de Dominguillo y la Escuela Taller en Puerto Tejada. También habrá performances de Eider Yangana y Shirlene Malambo, el recorrido Tonga por las dos aguas, talleres de esgrima con machete y bordón, e intervenciones sonoras de la curaduría Polifonías indóciles.

Para el equipo curatorial, lo expositivo es secundario. Lo central es la asamblea, el encuentro, la palabra. En el Cauca, el arte no se limita a las salas: el territorio mismo es cuerpo, memoria y lenguaje. Una pintura en una casa comunal, un tejido que guarda nombres de desaparecidos o una caminata que sigue el cauce de un río son también prácticas estéticas y políticas. Aquí el arte no adorna: cura, denuncia y teje comunidad.

Ahora bien, el impacto del Salón no se medirá solo en cifras de asistencia. El reto está en lo cualitativo, en cómo este proceso transforma las relaciones entre comunidades y fortalece el tejido cultural del departamento.

Tras la apertura, el Salón continuará con los Encuentros de mundos posibles (del 25 al 30 de noviembre) y cerrará el 13 de diciembre con La Balsada, una ceremonia en Guapi.

Lo que quede después (las redes consolidadas, las conversaciones que persistan, los vínculos que se fortalezcan) será la verdadera medida del éxito de KAUKA: demostrar que el arte colombiano puede construirse desde los territorios, desde las comunidades y sobre todo desde esa asamblea de mundos posibles que ya no pide permiso para existir.

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