Lea aquí un fragmento del libro 'Consumidores de atención', de Roberto Palacio.
Este es un libro sobre una desconexión: nuestra desconexión contemporánea con la realidad.
Dicho así, suena trivial y, al mismo tiempo, dramático: un reclamo que solemos hacer los padres y los maestros a los alumnos desatentos. Pero lo que nos caracteriza hoy es una escisión profunda y radical entre nosotros y el entorno —en el cual debemos incluir a los demás—, llevada al punto de que nos cuesta trabajo creer que pisamos el mismo orbe.
Esa desconexión, a la que a veces me referiré como alienación o mundo en retroceso, se manifiesta de varias maneras: nuestra radicalización política, que al parecer no admite conciliación; la separación entre los mecanismos que nos evalúan y lo que somos o esperamos de las evaluaciones —algo especialmente notorio en la educación—; y la distancia extrema entre la capacidad contributiva de los individuos al núcleo social —lo que Alexander Bard llamó el sociont— y el reconocimiento que obtienen de este, con lo cual los menos capaces de contribuir suelen ser los más recompensados.
La falta de atención, o su deficiencia, es apenas un resultado esperado de tan radical desconexión con la realidad, que lleva décadas en cocción.
¿Dónde estamos, entonces, si no con los pies en la tierra? ¿A dónde nos hemos ido? ¿Cómo es posible navegar la existencia sin una conexión profunda con la realidad y con los demás? ¿Qué mecanismos o dispositivos —como los llamaría Foucault— se han instaurado para que esa desagregación fuera siquiera posible?
Hay un dispositivo que considero primordial en la conformación de este mundo en el que hemos perdido el mundo.
Hace más de medio siglo, Sartre lanzó una de las sentencias que más han marcado nuestro tiempo: la libertad es lo que nosotros hacemos con lo que hicieron con nosotros.
Si mi padre, un narcisista irredento, me humilló de todas las formas posibles, mi libertad no podrá consistir en nada más que en la elección de destruirme a mí mismo o en procurar ser, por mis propios medios, algo distinto de aquello que me impusieron. La libertad es un principio activo: es rebeldía contra ese pasado que nos marcó o, en su defecto, derrota y aceptación pasiva. Cualquiera que sea el caso, dependerá de lo que yo haga conmigo mismo.
En el pensamiento sartriano, la libertad está cimentada en un sistema angustioso y amplio de elecciones, entre las cuales realmente no hay una correcta o incorrecta, un bien o un mal absolutos.
Hoy, todas nuestras limitaciones se deben a algo que hicieron con nosotros; nunca fueron culpa nuestra, nunca fue por causa propia que forjamos nuestro fracaso o nuestra infelicidad.
Pareciera que no nos llegó la parte del “meme” sartriano que recordaba que yo debía hacer algo conmigo mismo.
A nuestros tiempos los caracteriza el no poder soportar lo que sentimos que otros han hecho con nosotros; lo erróneo en mí debió ser inculcado. Self-hatred was put into our brain from birth, oí recientemente en un pódcast con top models afroamericanas.
La retórica correspondiente que respalda estas ideas tiene más de tres décadas.
En los noventa vimos surgir narrativas que yo llamo historias proféticas limitadoras, que iban más o menos así:
“A Roberto los médicos le dieron apenas seis meses, pero mírenlo, lleva ocho años imparable”; “a Fernanda le dijeron que nunca volvería a correr, pero acaba de ganar la maratón para atletas especiales”; “mi padre alguna vez me dijo que mis dibujos podían mejorar, pero ahora soy un gran artista.”
En estas historias no solo nos rebelábamos contra las injusticias cometidas contra nosotros: nos rebelábamos contra los hechos.
No es como si Fernanda pudiera entablar una conversación con los médicos en esta dirección:
“Bien, doctor, le admito que lo que tengo es una parálisis, pero por favor suba el tiempo para quedar totalmente inmovilizada de seis a ocho meses.”
Nuestras salidas giran en torno a encontrar la lateralidad, la forma en que nuestros derechos salen a relucir, porque, como abordo en La era de la ansiedad, nuestros nuevos hechos son los derechos.
Y estamos en una campaña contra los hechos. ¡Qué criminales esos médicos de Fernanda… no darle unos mesecitos más!
Hemos intentado instanciar, limitar y controlar los efectos de estas historias en nuestras vidas y en las de nuestros hijos.
Si bien antes debíamos protegerlos de la adversidad o de la inequidad que creemos que los demás podrían proyectar sobre ellos, ahora debemos protegerlos también de las adversidades del mundo.
Y para ese fin nos encargamos del entorno por ellos, incluso en lo que concierne a estar atentos.
Las viejas ideas de Rousseau están hoy a la orden del día: todos nuestros males debían ser inculcados; venían de afuera.
Llamaré a esto la lucha de los paseantes solitarios versus los chicos de Mercado Libre, que puede resumirse hoy como el debate entre ¿naces o te haces?
Los liberales, creyentes en el libre mercado, sostenían que este se edificaba sobre una naturaleza humana sólida, una serie de ideas más o menos invariables sobre la manera en que estamos hechos los seres humanos.
Los paseantes solitarios roussonianos creían que todo era inculcación social, es decir, que estamos hiperculturizados: no hay una naturaleza humana y dependemos enteramente de la educación.
Rousseau abordó esta bifurcación directa o indirectamente en todos sus escritos, especialmente en sus famosos Discursos y en Las ensoñaciones del paseante solitario.
Como en todos los debates, las líneas entre una posición y otra suelen cruzarse y entrecruzarse, y los límites son fluidos: los defensores del libre mercado admitían que en el “paquete humano” venían unas formas de ser preprogramadas; los paseantes solitarios querían creer que todo podía erradicarse o inculcarse.
A los paseantes solitarios —jacobinos, como los llamaré— les gusta el drama individualista: la violación de sus derechos es la máxima afrenta, y no ser vistos es un oprobio.
Basta con tocar sus telas, como en el caso de las arañas en la poderosa imagen de Nietzsche, para que acudan furiosos.
Los jacobinos aman la “igualdad”. Son adictos a la indignación.
Para los chicos de Mercado Libre, por el contrario, todo —incluso las normas más básicas de convivencia— parece un drama ético no avalado por las leyes del mercado.
Esta pelea está viva hoy entre la derecha —que, paradójicamente, ha tomado tanto de los viejos liberales— y el wokismo jacobino.
El problema es que, en el proceso de ese debate que tiene al menos dos siglos, empezamos a privarnos de un contacto esencial con la realidad: no queríamos hacer con ellos lo que hicieron con nosotros.
Los dramas jacobinos roussonianos nos hicieron especialmente proclives a la ofensa, con un fuero interno delicadísimo.
Todo tenía sobre nosotros el efecto de una pedrada en la cabeza.
Cualquier cosa, menos “untar” a nuestros hijos con lo que sentimos que nos untaron y que nunca realmente nos permitió despegar.
Emprendimos la absurda tarea de ser libres por ellos, eliminando todo potencial obstáculo a esa libertad.
Y uno de esos obstáculos era el mundo: los demás, que nunca les darían a nuestros hijos todo el espacio que nosotros sí.
En cierta forma, nos —y los— hemos privado de comunidad, del otro y de la necesidad de lidiar con la realidad.
Son el objeto de nuestra hiperatención.
Intentamos vivir la libertad a través de ellos; hacer con ellos lo que no hemos hecho con nosotros mismos.
En el proceso, nos hemos encargado del mundo por ellos, tanto de manera presencial directa como mediante un cosmos virtual casi infinito que puede suplir la función de pensar.
Su respuesta ha sido la dispersión de la atención como un componente de su libertad.
Un Sartre contemporáneo diría que la libertad es la atención que no prestamos a aquello a lo que nos obligaron a prestarle atención, y esta se ha ido a una instancia puramente negativa; para usar la expresión de Isaiah Berlin, es un repliegue, un no hacer voluntarioso y autoprivativo del entorno.
El sistema educativo escala a costos innombrables porque promete deliberadamente no hacer lo que hicieron con nosotros.
Hemos, entonces, de educar sin confrontar, formar sin cuestionar.
Todas estas cosas pueden ser conducentes a un “trauma frustrante”.
Tímidamente intentaremos darle cucharadas de realidad al alumno, como si intentáramos tentar a un anoréxico con el postre.
El lugar que antes ocupaba ese mundo en el cual había alguna solución de continuidad a través de las relaciones inferidas entre referentes reales ahora lo ocupa una representación de segundo orden de la realidad: la virtualidad, con sus fragmentos de soluciones mágicas, tutoriales, visiones modulares y fragmentadas de la vida, y la respectiva idea de una existencia sin fricción que nos merecemos.
Basta imaginar construir una imagen del mundo, un sistema, una pequeña globalidad —llegar a convertirse en un ser en el mundo, para usar la expresión de Heidegger— a partir de TikTok, sin jamás haber leído a Cervantes, sin tener idea de la obra de Van Gogh aparte del video viral donde le arrojan sopa de tomate a sus Girasoles, pensando que bien se puede poner en duda que el hombre aterrizó en la Luna y que, para todo efecto, la Tierra es plana, porque lo dicen mis estrellas virales favoritas.
Imagine de verdad la visión del mundo que surge.
Encontraremos fracciones dispersas sin ningún tipo de coherencia acerca de fragmentos que están en todas partes y en ninguna, como bien lo denota la experiencia de Pinterest o Instagram.
Nos moveremos siempre en representaciones de segundo orden, en donde podemos construir las condiciones como en un videojuego.
No sabremos lo más básico: que la leche viene de las vacas —no es una broma; es famoso el caso del estudiante colombiano que afirmaba en el ICFES que la leche fue inventada por Pasteur—; que un disparo en la cabeza puede matar —hay todo un subgénero de videos en la red de personas que se disparan sin intención de morir, algunas de las cuales fallecen—; y creeremos que las pirámides de Egipto son un grupo de personas famosas del pasado, comparables a Miguel Ángel y Picasso.
Como afirmó alguna vez Kanye West: “El mundo como un todo es putamente feo; menos mal no estoy en el negocio de la construcción.”
Ese es el mundo en el que vivimos: uno no solo fragmentado, sino del cual abiertamente huimos; un mundo que ya no sabemos bien dónde está: si en mi pantalla, en la iglesia, en la calle, en las palabras del maestro, en las reuniones de la oficina o en Instagram.
El mundo —y los demás— se nos han escapado. Procurando su libertad absoluta, les hemos jugado una mala mano a las generaciones que nos correspondió llevar a algo semejante a la condición humana.
Este fragmento que publica Forbes cuenta con la autorización de cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial (Con el sello Debate) en Colombia.
