El empresario antioqueño que empezó con un pequeño taller en Medellín y levantó un imperio industrial que hoy emplea a más de 3.500 personas, deja un legado de trabajo, ética y servicio que marcó el progreso colombiano durante más de ocho décadas.

José María Acevedo Alzate, el fundador de Industrias Haceb y uno de los empresarios más influyentes en la historia industrial de Colombia, falleció este lunes 27 de octubre de 2025 a los 106 años, confirmó a Forbes la compañía.

Su muerte cierra un capítulo significativo para la industria nacional y para varias generaciones de trabajadores que lo vieron como un símbolo de esfuerzo, sencillez y visión.

Nacido el 2 de agosto de 1919 en una casa humilde del barrio Enciso, en la comuna 8 de Medellín, Acevedo creció en medio de las limitaciones económicas propias de su tiempo. Su educación formal solo llegó hasta sexto grado, pero su curiosidad y disciplina lo impulsaron a aprender de manera empírica. A los 16 años cursó por correspondencia un programa de electricidad, mientras trabajaba como mensajero en un taller eléctrico donde comenzó a observar cómo se reparaban los primeros aparatos domésticos que llegaban a la ciudad.

Foto: Proporcionada.

En 1940, con apenas 21 años y tras la muerte temprana de su padre, decidió abrir su propio taller en un pequeño garaje del centro de Medellín. Lo llamó Taller Eléctrico Medellín. Tenía apenas 25 metros cuadrados, un alicate, dos destornilladores y la determinación de sacar adelante a su familia. Aquella necesidad de sobrevivir se convertiría en el punto de partida de una empresa que hoy produce más de 2,5 millones de electrodomésticos al año y exporta a más de 14 países.

El nombre Haceb nacería más tarde, fruto de una intuición comercial. Primero quiso bautizar la marca como JACEV, por sus iniciales, pero pronto entendió que un nombre más sonoro e internacional abriría puertas fuera de Colombia. Así nació Haceb, sin imaginar que ese acrónimo se transformaría en uno de los símbolos del progreso paisa.

Don José, como lo llamaban empleados y colegas, no solo fue un inventor obstinado, sino un estratega que pensaba cada decisión como una partida de ajedrez, juego que practicaba desde los 10 años. En su taller aprendió a desarmar y volver a armar cada aparato eléctrico hasta entender su funcionamiento. De esas horas de experimentación salieron las primeras cocinetas y parrillas eléctricas hechas en Colombia, productos que en los años 50 marcaron el despegue de la manufactura nacional.

Foto: Proporcionada.

Con el tiempo, Haceb se convirtió en sinónimo de calidad y orgullo industrial. Sus refrigeradores, estufas y lavadoras poblaron los hogares de clase media en un país que empezaba a urbanizarse. Acevedo mantuvo una filosofía poco común en el mundo empresarial: poner el bienestar de sus empleados al centro del negocio. “La necesidad es la madre de toda industria”, solía repetir, pero agregaba que el progreso solo tenía sentido si mejoraba la vida de las personas.

Esa visión lo llevó a crear programas de bienestar y educación para los trabajadores y sus familias, una práctica que antecedió por décadas el lenguaje de la responsabilidad social empresarial. Durante los años de crisis, cuando la economía colombiana atravesó altibajos, Acevedo priorizó mantener los empleos y otorgar bonificaciones a quienes más lo necesitaban.

Su rutina diaria era reflejo de su carácter. Hasta avanzada edad viajaba todos los días desde su casa en Medellín hasta Copacabana en su viejo Renault 4, al que llamaba su “pichirilo”, sin puertas y adaptado a su gusto. Ahí recorría personalmente las plantas de producción, saludaba a los trabajadores y revisaba detalles de los procesos de manufactura.

A lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Orden Nacional al Mérito en el grado de Gran Cruz, por su contribución al desarrollo industrial y social del país. Pero quienes lo conocieron aseguran que su mayor orgullo nunca fue el tamaño de Haceb, sino la lealtad y gratitud de su gente.

Fiel a su estilo, nunca se involucró en política. Prefería hablar de industria, de trabajo y de país. “No hay progreso sin fábrica ni fábrica sin gente comprometida”, decía. Su legado va más allá de los electrodomésticos: es la historia de cómo un joven de origen humilde convirtió una idea en una empresa que hoy simboliza la capacidad de los colombianos para construir bienestar a partir del ingenio y la perseverancia.

La junta directiva, su familia y los más de 3.500 colaboradores de Haceb lo despidieron este lunes con un mensaje que resume su vida entera: “Aunque nunca se está preparado para decir adiós, lo despedimos con el corazón y el firme propósito de preservar su legado. Seguiremos escribiendo esta historia marcada por el liderazgo, la vocación y el servicio”.

Con su partida, Don José deja una empresa sólida, una cultura empresarial basada en la honestidad y un país que lo recordará como uno de sus grandes constructores del siglo XX y XXI. Su historia, hecha a pulso, seguirá encendida en los hogares de millones de colombianos cada vez que se encienda un electrodoméstico con el sello Haceb.