260 días viajando, 15 años de paciencia y una obsesión absoluta: así Dalmau llevó a Marqués de Murrieta al podio del vino de lujo.
“Tengo un grave problema: soy inhumanamente perfeccionista”, admite Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, Conde de Creixell y presidente de Marqués de Murrieta, la bodega española más laureada del mundo. Durante su visita a Bogotá, el empresario conversó con Forbes con la serenidad de quien ha convertido la obsesión en ventaja competitiva.
Y vaya que le ha funcionado. Marqués de Murrieta fue reconocida como la Mejor Bodega del Mundo en los premios “Best Of 2023” de Great Wine Capitals y, este año, acaba de ser seleccionada como la Mejor Bodega de Europa por The World’s 50 Best Wineries 2025 de Forbes. Eso, sin contar que Castillo Ygay (su vino insignia) acumula más calificaciones de 100 puntos Parker que cualquier otra etiqueta.
Inhumanamente perfeccionista o no, bajo su liderazgo la compañía factura más de US$45 millones anuales, con el 70% de sus ingresos provenientes de exportaciones a 106 países. Nada mal para una casa fundada en 1852.
Cuando Dalmau asumió la dirección de Marqués de Murrieta, el peso del apellido y la tradición podía haberlo frenado. Pero en lugar de “custodiar” una herencia, decidió transformarla. Mientras la mayoría de los herederos diversifican, el hizo lo contrario. A sus 25 años desmontó un grupo empresarial con intereses diversos en construcción, bienes raíces y medios para enfocarse exclusivamente en la bodega. Su apuesta era clara: llevar a Marqués de Murrieta al más alto nivel del vino mundial.
Sin embargo, el verdadero acierto no fue solo apostar por el vino, sino por cómo producirlo. Mientras muchas bodegas compran uvas, mostos o incluso vinos terminados para embotellarlos bajo su marca, Murrieta controla 300 hectáreas en La Rioja y 12 en Rías Baixas. Cada uva que entra a sus barricas viene de viñedos propios.

“¿Sabes qué es más difícil que crear algo de cero?”, pregunta. “Transformar algo que ya existe en la mente de la gente. Cambiar esa visión cuesta muchísimo”.
Cuando Dalmau tomó las riendas, Marqués de Murrieta no era una bodega por rescatar: llevaba décadas siendo sinónimo de clasicismo riojano, con vinos para conocedores y una reputación sólida en el mercado español. Su desafío no era construir prestigio, sino elevarlo. Y eligió hacerlo apostando por el factor menos compatible con la impaciencia de los 25: el tiempo. Estaba convencido de que los proyectos que aspiran a trascender exigen una paciencia que pocos están dispuestos a asumir.
Su estrategia se fundamento en tres pilares:
- Primero, renovar el equipo con profesionales que entendieran las tendencias globales sin olvidar las raíces de la bodega.
- Segundo, viajar incansablemente (260 días al año en aviones, hoteles, cenas, eventos) contando la historia personalmente, construyendo confianza mercado por mercado. De Nueva York a Singapur, de Lima a Tokio, Dalmau se convirtió en el embajador incansable de su propia marca.
- Tercero, perfeccionar sin comprometer. Cada vino fue reelaborado. No se trataba de cambiar el estilo, sino de refinarlo: más fruta sin perder estructura, más equilibrio sin perder complejidad, elegancia sobre potencia bruta.
Los resultados validaron la apuesta. Marqués de Murrieta pasó de ser una bodega respetada a conquistar el escenario de los podios mundiales, “Los franceses e italianos dominaban esos lugares merecidamente”, reconoce. “Hasta que un español irrumpió y dijeron: Ese vino Catillo Ygay… ahora está por encima”.
Hoy por hoy, Castillo Ygay es tan demandado mundialmente que su producción se asigna por cupos. En Colombia, Dislicores es el único distribuidor autorizado y ya tiene prevista una preventa para mediados de noviembre (exclusividad que subraya el nivel de demanda y escasez del producto).
Ahora bien, de todas las lecciones empresariales de Dalmau, hay una que destaca por contraintuitiva y poderosa. “Una de las cosas más difíciles que tuve que asimilar es que, aun siendo propietario de dos bodegas importantes, yo no era el propietario de nada. Solo había un propietario: el vino. Cuando llegué a entender eso, las cosas me fueron bien”.
Para él, es el producto quién debe dictar la estrategia, no el ego del CEO. “Los vinos no se llevan bien con banqueros, ni con compañías de seguros. Se llevan bien con familias. Porque las familias dialogan con el vino, lo escuchan, lo dejan evolucionar como él quiere evolucionar”, continúa.
En la práctica, esto significa paciencia radical. Un vino de Castillo Ygay puede pasar 10, 12, 15 años en barrica antes de salir al mercado. “Él me dice cuándo está listo. Yo solo lo guío, lo escucho”. Es la antítesis de la cultura empresarial de trimestres y KPIs inmediatos.

“Quiero que cuando prueben mis vinos, o los odien o se enamoren. No quiero pasar desapercibido. Eso se logra dejando que el vino sea él mismo, no forzándolo a ser lo que yo quiero”, sentencia.
Esa defensa de la autenticidad también marca su visión del consumidor. Mientras perfecciona cada botella obsesivamente, predica la democratización radical del vino.
“Quiero que los jóvenes hagan lo que quieran. Que si mañana quieren tomar un blanco con hielo, que lo tomen. Es una maravilla. Y después de tomarlo con hielo, tomarán el blanco sin hielo. Y luego un blanco criado en madera. Es un proceso de culturizar el paladar, pero sin presión”.
La apuesta de Marqués de Murrieta consiste en posicionar el vino como una experiencia cultural. Al presentarlo no como alcohol sino como cultura, el vino se integra a la gastronomía, deja de competir con el vodka o el ron y pasa a hacerlo con la ópera y el museo.
Ahora bien, con todo y las presiones del mercado, hay una amenaza que mantiene a Dalmau alerta: el cambio climático. En su último proyecto en Rioja, el 80% de la energía consumida proviene de paneles solares. Las botellas pesan menos, las etiquetas son reutilizables y el packaging es sostenible. Cuando se le pregunta si es tendencia de moda, Dalmau es directo: “Si no cuido esto, mi negocio se acabó”.
La dependencia absoluta de la agricultura lo coloca en la primera línea del cambio climático. “Las altas temperaturas queman algo que se llama acidez en la uva. Si no hay acidez, no puedes hacer grandes vinos. El cambio climático está volviendo locas a las plantas. Hace calor cuando debería hacer frío, hace frío cuando debería hacer calor”, explica.
Para un negocio cuyo producto tarda años en producirse el riesgo climático es existencial. La sostenibilidad no es marketing, es gestión de riesgo operacional. Así las cosas, la inversión en energía renovable es solo el primer paso. Dalmau ya explora variedades de uva más resistentes al calor, técnicas de viticultura regenerativa y sistemas de riego más eficientes. “Al final, no dejamos de ser un producto del campo. Si el campo falla, fallamos todos”.
A pesar de las dificultades -o quizás precisamente debido a ellas- Dalmau no se detiene. Su agenda sigue siendo la de alguien que construye para el largo plazo. En 18 meses, Marqués de Murrieta celebrará 175 años con eventos globales, él estará en todos. Cuando se le pregunta por sus planes, la respuesta resulta predecible, “Seguir viajando incansablemente. Soy un trabajador nato, mi vida es el trabajo”. Hace una pausa y añade: “Seguir creando valor añadido, llevar la bandera de España a más países. Y quizás, algún día, descansar un poco”. “Quizás”. La risa que sigue desmiente cualquier intención seria de hacerlo.
Ese mismo día, Dalmau se levanta frente a treinta empresarios reunidos en El Cielo, el restaurante del chef Juan Manuel Barrientos. Han venido a escuchar sobre maridajes, terroir, crianza en barrica, pero lo que obtendrán será distinto: una masterclass de transformación empresarial servida en copas de vino.
Porque al final, eso es lo que Vicente Dalmau realmente domina, el equilibrio imposible entre tradición y disrupción, entre perfeccionismo obsesivo y democratización radical, entre construir un imperio y ceder el control al producto. “¿Quién coño va a creer en ti si tú no lo haces?”, pregunta antes de comenzar. No espera respuesta. Los números ya la dieron: 300 hectáreas de viñedos propios, presencia en 106 países, más puntuaciones perfectas de Parker que cualquier competidor. Y un empresario que descubrió que su peor defecto, podía ser también su mayor activo.
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