El caso del MIO revela cómo Cali está modernizando su sistema de transporte con pagos abiertos, tecnología en la nube y un nuevo modelo operativo que apunta a eficiencia, integración y mejor experiencia para los usuarios.

Cali se ha convertido en un laboratorio vivo de innovación en movilidad. El Sistema Masivo Integrado de Occidente, conocido como el MIO, atiende una ciudad con más de 2,3 millones de habitantes y cerca de cuatro millones de viajes diarios en su área metropolitana. En ese ecosistema, la Unión Temporal Recaudo y Tecnología, operadora clave en la columna vertebral del sistema, ha protagonizado una transformación profunda que hoy se proyecta como referente para otras ciudades colombianas.

Pablo Villarreal Ramírez, director financiero de la Unión Temporal, resume este punto de partida con claridad en esta reciente Charla Forbes. “Teníamos que formalizar un sistema que históricamente había sido informal y fragmentado, ganar información real sobre los usuarios y darle a la ciudad un transporte organizado y medible”. Ese fue el propósito que dio origen a la entidad a finales de la década de los 2000, cuando Cali avanzaba hacia la implementación de su sistema de transporte masivo siguiendo un modelo que el país ya había probado con éxito en Bogotá.

Durante los primeros años, la apuesta tecnológica se centró en dos frentes, un sistema de recaudo basado en tarjetas inteligentes y una plataforma de control y gestión de flota que permitía rastrear buses, ajustar frecuencias y planificar la operación con criterios técnicos. Fue precisamente ese avance el que llevó a que, hacia 2010, la UITP, la mayor organización global de transporte público, reconociera al MIO como el mejor sistema de su tipo en América Latina.

En su mejor momento, el sistema alcanzó 500.000 transacciones diarias. Pero la pandemia y el estallido social golpearon con fuerza la infraestructura y redujeron la demanda a cerca de 300.000 viajes. Ese punto de quiebre obligó a rediseñar la estrategia y acelerar su modernización. Villarreal lo describe así: “Debíamos expandir y modernizar toda la plataforma. No podíamos seguir con un sistema cerrado y costoso que frenaba la integración con nuevos modos de transporte”.

Una de las decisiones más importantes fue migrar de licencias tecnológicas perpetuas a un modelo basado en software escalable. La razón era simple, una licencia comprada hace 17 años no era funcional para las necesidades actuales. La transición hacia infraestructura en la nube permitió reducir costos, introducir actualizaciones continuas y dimensionar el sistema según la demanda real.

Ese cambio habilitó la adopción de pagos abiertos. Cali empezó a caminar hacia un ecosistema donde los usuarios pueden utilizar tarjetas débito, crédito, QR, wallet digitales e incluso nuevas plataformas como Billetera Breve. “Nuestro objetivo es eliminar fricción. Si un usuario quiere pagar con el método que prefiera, debe poder hacerlo. Eso no solo mejora la experiencia, nos permite entender mejor los patrones de movilidad y tomar decisiones más eficientes”, afirma Villarreal.

Pero el proceso no ha sido únicamente hacia afuera. Internamente, la organización también transformó su arquitectura tecnológica y su mentalidad. Pasó de operar con servidores físicos a una infraestructura cloud, capaz de integrar proveedores, medios de pago y sistemas multimodales de manera ágil. Ese rediseño incluso anticipa cómo se articularán nuevos modos de transporte como el Tren de Cercanías o los jeeps hacia las comunas. La clave está en reducir costos de integración: validadores que antes costaban entre US$3.000 y US$5.000 ahora pueden adquirirse por una fracción, lo que facilita la expansión del sistema.

El futuro inmediato será visible para el usuario. A partir del primer trimestre del próximo año, quienes usan el MIO podrán consultar el saldo de sus tarjetas desde una aplicación móvil y recibirán nuevas opciones de recarga digital. Esto forma parte de una visión amplia que busca que Cali se acerque a estándares internacionales sin perder la realidad local. “No podíamos copiar modelos de Londres o Tokio sin entender las condiciones colombianas. La tarea era adaptar tecnología de punta a un contexto donde la cultura, los riesgos y los procesos son distintos”, explica Villarreal.

Ese equilibrio entre ambición global y realidad local es quizás uno de los mayores aprendizajes del caso caleño. La movilidad ya no se interpreta como mover personas de un punto a otro, es un sistema donde la experiencia del usuario, la eficiencia operativa y la innovación tecnológica convergen. La transformación del MIO muestra es posible evolucionar hacia modelos de movilidad más integrados, modernos y alineados con las necesidades de los ciudadanos.