Conservar el entorno, conectar con la cultura local y vincularse profundamente con las comunidades define la evolución del turismo hacia un modelo más consciente y transformador.
Los imponentes apus, vestidos de nubes al amanecer, las plantaciones de maíz a sus pies y los mantos verdes que los rodean forman uno de los paisajes que recuerdo con frecuencia. Aquella postal, en el preámbulo del verano, acompañada por el aroma del café preparado de forma artesanal en Explora Valle Sagrado, marcó el inicio de una travesía que me conmovió no solo por la magnificencia de los vestigios incas (y de otros tiempos), sino también por la calidez de sus comunidades y el legado vivo de un territorio fértil en todos los sentidos.
También me tocó profundamente la sinergia y la grata sensación de tranquilidad que se respira en este hotel, erigido como campamento base para explorar las maravillas de la región. Su construcción, que tomó más de una década, fue realizada con precisión y profundo respeto por la historia y la naturaleza sagrada del entorno. Todo bajo una visión que celebra el “lujo de lo esencial” y persigue un significado más profundo de sostenibilidad.
Lo que comenzó como un deseo genuino de descubrir el mundo desde sus bordes más salvajes, hoy se ha consolidado como un referente mundial en viajes inmersivos por Sudamérica. Con una propuesta que integra desde alojamientos con escenarios prodigiosos, hasta expediciones guiadas por expertos locales y una gastronomía que celebra el sabor del territorio, Explora invita a ir más allá de lo evidente: hacia la naturaleza y, quizá más importante, hacia el interior de cada viajero.
“En estos lugares lejanos ocurre algo profundo”, explica Gonzalo Undurraga, CEO de la compañía. “La inmersión en la naturaleza genera una transformación personal. Y eso no tiene edad ni fronteras”.
Hace más de tres décadas, en medio de los vientos patagónicos y bajo la inmensidad de Torres del Paine, nacía Explora, que no solo ofrecía hospedaje en uno de los rincones más remotos del planeta, sino que inauguraba una forma distinta de viajar: la de aventurarse para comprender, conectar y transformarse.

Pero el paso del tiempo trajo consigo algo más que viajeros con ganas de aventura. Trajo también una conciencia: la necesidad de cuidar aquello que se ama. “Nos dimos cuenta de que podíamos —y debíamos— hacer más. No solo queremos llevar a las personas a estos lugares increíbles; queremos conservarlos. Nuestro propósito evolucionó: ya no se trata solo de explorar, sino de proteger, de generar un impacto positivo en las comunidades, en el entorno, en la vida…”, cuenta Undurraga.
En 2021, obtuvo la certificación B Corporation, un sello que no se entrega por buenas intenciones, sino por demostrar un compromiso real con el impacto social, ambiental y económico. Es una acreditación exigente, que reconoce a empresas que entienden que el éxito no se mide solo en cifras, sino en el bien que pueden generar.
También es miembro impulsor de la Declaración de Glasgow para la Acción Climática en Turismo, un compromiso global que busca transformar el sector para enfrentar la crisis climática desde dentro. Con este deber, Explora ha establecido dos áreas de conservación (una en Torres del Paine y otra en Puritama, en pleno desierto de Atacama) para proteger ecosistemas frágiles, hábitats diversos y especies únicas. Además, dos nuevos proyectos de conservación ya están en marcha.
Es parte de una estrategia que se vincula con el turismo para el desarrollo regenerativo. Y ese, quizás, es el mayor valor de la compañía, acentúa el entrevistado: “No solo invita a descubrir el mundo, sino a cuidar el camino, el territorio que nos recibe y pensar qué dejamos en él cuando nos vamos”.
A través de comités de gestión social, la compañía trabaja en cada destino en colaboración con organizaciones locales, impulsando la formación de jóvenes, el cuidado del entorno y el fortalecimiento de la identidad cultural y patrimonial.
Catalizar el cambio
Inspirado por pensadores como Daniel Christian Wahl, este enfoque propone algo radicalmente distinto: que el turismo deje de ser una actividad extractiva y se convierta en una herramienta para revitalizar comunidades, recuperar ecosistemas, preservar tradiciones y reconstruir vínculos humanos.
En términos de desarrollo regenerativo, el turismo es solo una parte de un esfuerzo más grande que incluye agricultura ecológica, infraestructura resiliente, educación comunitaria y otras actividades interdisciplinarias que buscan crear un modelo de progreso de largo plazo para toda la comunidad, como lo refiere la consultora Identidad y Desarrollo, la cual colabora estrechamente con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y el Banco Interamericano de Desarrollo.
El turismo regenerativo reconoce el valor de las relaciones humanas; pone en el centro a las comunidades anfitrionas y promueve vínculos más auténticos entre visitantes y locales. Esto representa una oportunidad única de conectar profundamente con el destino desde otro lugar: uno más consciente, sensible y duradero.

Como todo modelo emergente, enfrenta desafíos: requiere una coordinación entre sectores, voluntad política, formación especializada, inversión de tiempo y recursos financieros, paciencia y, sobre todo, un cambio de mentalidad; una ciudadanía dispuesta a transformar su manera de habitar y explorar el mundo. Lo cierto es que el turismo regenerativo no es solo una tendencia: es un nuevo pacto emocional y ético con el planeta.
