Forbes publica un fragmento del libro 'Milagrosa mente bien' de Julián Giraldo, con autorización de editorial Mediapluma Editorial.

Llevo 18 días con sus noches en estado de coma. Unidad de Cuidados Intensivos U-319. Piso 4. Clínica Fundación Santa Fe. Bogotá. 8 de abril de 2017. 8:05 a. m. Comienzo a despertarme lentamente. No veo a nadie. Escucho un sonido, un bip intermitente. Solo puedo mover mis ojos. Intento sentarme y no puedo. Alcanzo a ver un extenso cableado por mis extremidades y otras partes de mi cuerpo. ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy?

Llevo 18 días con sus noches postrado en una cama. Hoy comienzo a despertarme. Hay un televisor en la habitación y está encendido. Es mediano. En la parte superior derecha de la pantalla alcanzo a ver tres formas: pero no sé qué son. Letras, parecen letras. Pero no sé cuáles. Oigo la música que sale del televisor, pero tampoco sé quién canta o qué canción es. Tiempo después me dirían que sonaba Roar de Katty Perry y que las letras eran una eme, una te y una ve, MTV, MTV; claro. Me gustaba ese canal antes de que todo esto sucediera. Y esa canción en particular, significa mucho para mí porque habla de luchar por uno mismo para vencer.

Ingresa a la habitación un doctor, que luego supe que era de apellido Martínez. Minutos después veo a Lagu y a mi mamá. No puedo hablar. No me puedo mover. Quiero preguntarles qué me pasó, por qué estoy acostado en una cama de lo que claramente es una clínica y por qué estoy conectado a un sinfín de monitores, cables y tubos. Quiero preguntarles por qué no puedo hablar. Nada me duele, pero mi expresión es de desesperanza.

Soy consciente de que estoy vivo. Carlos Laguna, quien hoy es mi esposo, y doña Rubiela, mi mamá, se acercan a mí. Ella comienza a acariciarme la frente y mis ojos se pierden en los suyos. Lagu, como le digo cariñosamente, se acerca a mí, está muy cerca, recuerdo su respiración en esos primeros instantes. Me dice que estamos en la Fundación Santa Fe. Que todo va a estar bien. Que gracias a Dios estoy vivo. Que me voy a recuperar.

En esas 18 jornadas soñé. Soñé mucho. No sé si era un sueño normal, o imágenes generadas en mi mente como consecuencia de los sedantes. O no sé si tal vez me estaba saludando con Dios, porque recuerdo un espejo. Me veía en él, pero ahora me pregunto si era yo, o era Dios. Tal vez me estaba diciendo que los 27 años de vida que Él me había entregado para estar en la Tierra ya eran suficientes, que mi tiempo aquí había terminado y que ahora había llegado el momento de acompañarlo eternamente a Él. O tal vez me había llamado para decirme que yo ya no iba a ser el mismo Julián de antes, que yo había cambiado mucho, que me había alejado de mis seres queridos, que me había insertado

en un círculo social que quizá me generaba muchas emociones, pero que no era el mío. Tal vez Dios me estaba alertando sobre la distancia que yo estaba tomando de mis raíces sin darme cuenta, alejándome de las personas que siempre me han querido y a quienes había pertenecido siempre. Tal vez me estaba diciendo que los premios de publicidad que habíamos ganado con la agencia me estaban convirtiendo en una persona soberbia, que el dinero que estaba llegando de manera abundante me había hecho olvidar de lo más importante que hay en la vida y que los excesos de las fiestas y algunas nuevas compañías me estaban transformando. Así lo entiendo ahora. Yo sí creo que Dios me llamó para decirme que Él había estado pensando en mí durante esos 18 días y que estaba dispuesto a darme una nueva oportunidad. Que podía volver a la Tierra, pero con un nuevo propósito.

Algunos de esos días también aparecieron los ángeles. Fue hermoso. Bailaron y cantaron. Era algo muy loco. Me entregué a esas escenas, que hoy recuerdo muy bien, pues quedaron grabadas al pie de la letra en mi mente. Tal vez es el primer recuerdo fijado en mi nueva memoria, en la segunda parte de mi vida, una nueva que me fue dado tener. Todo lo aprendido durante 27 años desapareció en esos 18 días. Pero cuando los ángeles aparecieron fui absolutamente feliz. Tal vez estaba listo para despedirme de todo lo que conocía, también de todos a quienes conocía y estaba preparado para irme. Para morir. Pero Dios tenía otros planes para mí.

El día que cambió nuestras vidas

El 21 de marzo de 2017 mi vida dio un giro que la modificó para siempre. En menos de 24 horas, aquel Julián de tan solo 27 años comenzaba a desaparecer, a despedirse, a irse. Esa mañana sufrí un accidente cerebrovascular. Perdí el 70 % del lado izquierdo de mi cerebro. De la noche a la mañana, los sueños, las metas, los amigos, los familiares, mi empresa, mi mundo, se alejaban a la misma velocidad con la que el viento arrastra las hojas de los árboles en otoño. La vida se me iba.

Era martes. La noche anterior, lunes festivo, había aterrizado en Bogotá en un vuelo proveniente de Santa Marta, luego de haber estado buceando en sus aguas. Desde que me separé de Lagu, bucear se convirtió en uno de mis máximos placeres. Fue la manera que encontré para intentar aliviar el dolor que me había costado nuestro distanciamiento, luego de tantos años de relación de pareja. El agua y el silencio marítimo me llevaban a un estado de libertad que muchas veces la tierra no me entregaba. A diez metros de profundidad me sentía siempre libre, infinito. Ese lunes, al llegar a mi apartamento, recuerdo que destapé una botella de vino y me tomé dos copas. Conversaba con dos buenos amigos que habían llegado a saludarme, a quienes les conté la experiencia maravillosa que había vivido bajo el agua. Era lo último que recordaba.

A la mañana siguiente, martes, Lagu tuvo una corazonada. Yo había incumplido una cita con un cliente, una situación que jamás sucedía. Algo pasaba, algo presentía. Entonces llamó a Diana, la empleada que me ayudaba dos o tres veces a la semana con los oficios domésticos, para que fuera a indagar si todo estaba bien. Ese martes ella no tenía por qué ir a mi apartamento, pero no dudó en acudir ante la solicitud de Lagu. Diana tardó dos horas en llegar, el tiempo que se demoraba de su casa a la mía. Solamente ella y yo teníamos las llaves para ingresar. Cuando llegó, recorrió el apartamento y encontró que mi cuarto estaba cerrado con llave. Sobre la mesa de centro de la sala aún estaba una botella de vino a la mitad, mi billetera, mi teléfono celular y las llaves del lugar. “Julián seguro se tomó unos tragos anoche y está enguayabado”, pensó Diana. “No voy a molestarlo, no voy a despertarlo”, ignorando por completo que, tan solo a unos metros de ella, yo, Julián, corría el riesgo de no volver a despertarme jamás.

Siempre me han reconocido por mi responsabilidad y cumplimiento con los compromisos de trabajo. Ese día, por primera vez, había dejado esperando a un cliente de CPC, la agencia de publicidad que años atrás habíamos creado con Lagu, el desamor más grande que he tenido y al mismo tiempo el amor de mi vida. Nunca llegué a esa reunión. Algo inusual. Extraño. Activen las alarmas. Algo pasó. Sí, algo estaba pasando. Aquel Julián explorador, dinámico, sonriente, positivo, amoroso, familiar, divertido, solidario, que había logrado muchas cosas, que había salido adelante con determinación, que había dejado su genial Pereira en busca de nuevos rumbos y que en esa exploración se encontró con Bogotá, el Julián disciplinado y constante, se estaba muriendo.

Estaba solo en mi cuarto e inconsciente, sin poder pedir ayuda, sin poder gritarle al mundo que a mí me gustaban mi vida, mis rutinas, las personas con las que me relacionaba, el lugar donde vivía, y que no quería dejarlos atrás. No podía gritarle a nadie que quería seguir viajando, que quería volver a lanzarme de un avión con paracaídas, que mi experiencia en Hawái, Estados Unidos y La Valeta, Malta, aprendiendo inglés, había sido única y que eran todavía muchos los destinos del planeta Tierra que me faltaban por conocer. A nadie podía decirle que no me quería morir. Que aún no me quería ir.

Conocí a Lagu cuando éramos estudiantes en la Universidad Tecnológica de Pereira. Habíamos mantenido una larga y hermosa relación amorosa, pero para esa mañana de marzo nuestra relación sentimental estaba rota y solo nos unían los lazos laborales. Habíamos creado juntos una agencia de publicidad y, aunque no éramos pareja en ese momento, él me conocía a la perfección y sabía que yo jamás incumpliría una reunión. Preocupado, llamó de nuevo a Diana y le pidió que se asomara desde el balcón hacia mi ventana e indagara qué pasaba dentro. Así lo hizo y, cuando logró ver cómo estaba, se preocupó aún más. Yo intentaba moverme, pero la mitad de mi cuerpo no respondía. No podía hablar. No podía gritar. Diana describió por teléfono todo con nervios y sin saber muy bien qué hacer; entonces Lagu comenzó a movilizar ayuda inmediata desde Pereira. La primera decisión fue solicitar un servicio de cerrajería a través de la opción RappiFavor de la aplicación de domicilios Rappi —empresa que hoy tiene en su archivo un video del suceso—. Llegó en cuestión de minutos.

Abrieron la habitación. Ahí estaba yo. Inmóvil. Sobre la cama. Con la boca abierta y los ojos cerrados. No reaccioné a ninguno de los llamados que me hicieron. Ya se encontraba en el lugar Jessica, nuestra amiga y una de las líderes en CPC, a quien Lagu había llamado y le había pedido que corriera hacia mi casa para saber exactamente qué estaba pasando. Habían transcurrido más de cuatro horas desde que Diana llegó al apartamento y el ACV que tuve, como se le conoce médicamente al accidente cerebrovascular, comenzaba a causar estragos. Era como si se tragara mi cerebro, mis recuerdos, mi memoria con cada minuto que pasaba. En esos momentos y ante un evento de esa magnitud, el tiempo es oro. Un segundo más, un segundo menos, hacen la diferencia entre la vida y la muerte, entre recuperarme, vivir o morir. También habían llegado a mi apartamento un par de amigos que trabajaban en CPC, atendiendo el llamado de auxilio de Jessica. Todos llegaban, con excepción de la ambulancia. Luego entendimos la razón de la demora, y es que para atender un evento de ACV se requiere un vehículo de emergencias especializado, con equipos diferentes a los que tiene una ambulancia de atención simple, porque debe iniciar el tratamiento en la ruta, mientras que una ambulancia normal se centra en estabilizar al paciente y trasladarlo.

Los minutos, y luego las horas, seguían transcurriendo, sin noticias del vehículo. La vida se me iba.

Jessica y los muchachos decidieron sentarme en una silla para bajarme al primer piso del edificio e intentar subirme a alguno de los vehículos en los cuales ellos habían llegado. La cercanía de mi apartamento con la clínica Fundación Santa Fe sería un elemento crucial para que yo hubiera sobrevivido para contar mi historia. La ambulancia finalmente arribó y, en cuestión de minutos, estaba siendo trasladado. Sin embargo, había pasado demasiado tiempo. Entre la madrugada, cuando ocurrió el ACV, y mi llegada a la clínica habían pasado más de 12 horas. Diana había llegado al apartamento a las 9:00 a. m. El cerrajero abrió la puerta al mediodía. Jessica llegó a las 12:30 p. m. Los muchachos llegaron a las 2:00 p. m. La ambulancia llegó a las 3:00 p. m. En la Fundación Santa Fe me registraron a las 4:15 p. m. de ese 21 de marzo de 2017. Me trasladaron de inmediato a la sala de tomografía.

“Diagnóstico: reservado”. Es el término que usan los médicos para decir que el paciente está en riesgo de muerte, y eso les dijeron a mis acompañantes que era mi estado de salud en ese momento: reservado.

Mientras tanto, en Pereira todo era llanto, confusión y angustia. Necesitaban a un familiar en Bogotá, con vínculo de sangre, para que pudiera comenzar a tomar las decisiones más trascendentales y difíciles que se le pueden pedir a alguien. Lagu asumió las riendas de todo desde el primer momento. Aunque habíamos dejado de ser pareja, cuando los médicos le preguntaron cuál era el vínculo familiar que nos unía, él no dudó en contestar:

—Soy su esposo.

—El matrimonio entre personas del mismo sexo en Colombia no existe —le respondieron los médicos—. Necesitamos a alguien que pueda tomar decisiones. ¡Llamen a la mamá!

Ay, mamá, mamita, doña Rubiela, viejita, mi vieja, mi vida. En las que te pusieron. En las que te puse. En las que te metí. Mi mamá, doña Rubiela, para ese entonces tenía 61 años y vivía en Pereira. Los vuelos hacia Bogotá nunca han sido fáciles, así que tuvo que trasladarse por tierra hasta Cali y desde ahí volar a la capital. “Doña Rubiela, a Julián le dio un derrame cerebral y su estado es delicado”, le informaron a mi mamita al llegar a la Fundación Santa Fe. Hoy, escribiendo estas líneas tantos años después, tengo que hacer una pausa, respirar y secarme las lágrimas que bajan por mis mejillas al imaginarla saliendo de su ciudad, a lo que poco estaba acostumbrada, con apenas un par de artículos personales y algo de ropa que alcanzó a meter a empellones en su maleta, y con el corazón y el alma literalmente en la mano, subiéndose a ese avión, pegada a Dios, y sin saber con exactitud qué le esperaba en Bogotá. ¿Con qué se iba a encontrar?, ¿cómo estaba su hijo?, ¿alcanzaría a llegar para despedirse? Mi madre no llegó a pensar que ese vuelo no incluía un tiquete de regreso.

Mi mamá y Lagu llegaron a la clínica ya en la oscuridad de la noche capitalina. “La situación es muy grave. Julián sufrió un accidente cerebrovascular y la tomografía arroja que tiene comprometido el 70 % del lado izquierdo de su cerebro y las funciones que se desprenden de ahí. No lo va a lograr. Julián se va a morir. O, si sobrevive, nadie sabe cómo puede quedar: ciego, cuadripléjico, sin habla, sin control de esfínteres, sin recuerdos. Ustedes tienen que tomar decisiones, pero Julián puede quedar como un vegetal: respirando, pero absolutamente inmóvil para siempre”, les dijeron los médicos.

“Para siempre” es una expresión fuerte, y más para una persona acostumbrada a moverse, vibrar, nadar, salir de fiesta, socializar, verse con amigos, clientes. Un “para siempre” podía convertirse en un viaje eterno por los círculos de la Divina Comedia. ¿Por qué habría yo de emprender ese camino hacia el purgatorio y luego hacia el infierno, si consideraba que había sido siempre un buen hijo, buen hermano, buen jefe, buen compañero, buena pareja? Y, sobre todo, ¿por qué habrían de emprender ese mismo y tortuoso tránsito las personas que yo más amaba sobre la faz de la Tierra?

Yo creo que las dos cosas más dolorosas que hay en la vida son, primero, que una madre deba despedir a un hijo que fallece. Es, como lo expresó de manera perfecta la poeta Piedad Bonnett en su magistral libro Lo que no tiene nombre, texto que escribió luego del suicidio de su hijo. El libro, aunque escrito en prosa y como un relato de los hechos, es un poema, de principio a fin. Siempre he pensado que no lo escribió la mamá que perdió a un hijo y desgarra su dolor a través de las páginas, sino que lo escribió una poeta que acude a su sabiduría, a su lenguaje hermoso y preciso, para describir eso que no tiene nombre: perder un hijo.

Y lo segundo más doloroso que creo que existe en la vida es que le pidan a una madre decidir sobre la vida de su propio hijo, tomar la decisión de si sigue o no con los procedimientos médicos o si es mejor la eutanasia. ¿Lo desconectamos? ¿Aceptamos que apaguen el respirador artificial? ¿Dejamos que su corazón deje de latir? ¿Nos rendimos? Que los médicos le pidan eso a una madre es matarla en vida, es atravesarle una daga en el corazón y desangrarla poco a poco.

Mi mamá, mi vieja, mi amaíta, tenía que tomar esa decisión. Las siguientes 24 horas eran decisivas. Hoy entiendo por qué los médicos deben acostumbrarse a la vida tanto como a la muerte: para poder hacer bien su trabajo, para tomar decisiones basadas en evidencias, en situaciones reales, para poder salvar vidas. A partir de ese momento, doña Rubiela y Lagu tenían que trabajar en equipo porque eran mi familia y se encargarían de tomar todas las decisiones trascendentales sobre mi existencia, amparados y acompañados por el cuerpo médico de la clínica Fundación Santa Fe.

La junta médica compuesta por cinco especialistas emitió su dictamen. La votación inició dos contra dos. Dos médicos votaron por desconectarme. Revisaban una y otra vez la tomografía y para ellos era claro que mis posibilidades de recuperación eran inexistentes. Si yo lograba sobrevivir, si mi cuerpo lograba evadir un paro cardiorrespiratorio o un shock generalizado que me llevara a la muerte, las posibilidades de tener daño cerebral irreversible y quedar como un vegetal eran demasiado altas. Otros dos médicos votaban a favor de darme una oportunidad de seguir siendo parte de los 8.000 millones de seres humanos que habitamos este planeta.

Si fallecía, mis familiares llorarían un tiempo, mi mamá se desgarraría y perdería por mucho tiempo parte del brillo de sus ojos y de su sonrisa; en la agencia tendrían que reasignar roles, clientes y responsabilidades, pero seguramente saldrían adelante. Y Carlos, mi amado Carlos, tal vez me extrañaría para siempre. Pero, pasado un tiempo, por orden natural de las cosas, yo sería un bonito recuerdo en su vida y en su alma. Sin embargo, todo volvería a su curso normal. Con el tiempo, que todo lo cura, todos me extrañarían cada día menos.

Hoy pienso que me habría encantado la posibilidad de que me preguntaran, así estuviera inconsciente. Que alguien se acercara a la camilla, que pasara por encima de los cables a los cuales yo estaba conectado, se acercara a mi oído y me preguntara: “Juli, ¿qué quieres que hagamos?, ¿quieres que te desconectemos o quieres intentarlo?”, “¿qué tal si te damos una oportunidad de vivir, te animarías a tomarla?”. Que alguien me hubiera preguntado: “¿te sientes con las suficientes fuerzas físicas y espirituales para afrontar la recuperación que se avecina, si decidimos no desconectarte?”. “No va a ser fácil. Tal vez lo logres. Tal vez no. Tal vez quedes para siempre en una silla de ruedas. Tal vez quedes con incapacidades físicas de por vida. Tal vez nunca puedas recuperarte del escape de saliva por la comisura de los labios, con el cual, por lo general, quedan los sobrevivientes a accidentes cerebrovasculares. ¿Qué opinas?”.

Si alguien me lo hubiera preguntado —y yo hubiera podido responder— me habría arrancado los cables del cuerpo, me habría sentado sobre la camilla y les habría gritado un sí rotundo, sólido y sin dudas. ¡Sí, quiero vivir! Quiero seguir viviendo. Necesito seguir viviendo. Yo puedo. Estoy dispuesto a trabajar fuerte y duro para recuperar las funciones cerebrales que se hayan perdido por el ACV. Déjenme vivir.

Quiero volver a bucear. Quiero tener un hijo. Quiero volver con Carlos y casarme con él. Aún no he ido a un festival de música electrónica al que soñamos ir con mi amigo Hernán. Y, además, le debo una salida a mi sobrina: no me puedo ir de este mundo sin cumplirle.

El doctor José Nel Carreño, neurocirujano y neurointensivista, que ya falleció, tuvo la última palabra. A él le debo haber tenido una segunda oportunidad. Le debo mi vida y por eso le estaré infinitamente agradecido, también a su familia: a su esposa María Constanza y sus trillizos, Santiago, Juan José y María José. En lo más profundo de su sabiduría, de su experiencia y, tal vez, al verme con tan solo 27 años y evaluar las probabilidades de una recuperación completa, decidió votar a favor de mantenerme con vida. Vamos a intentarlo. Eran 3 contra 2.

Gracias, gracias, gracias, doctor, seguramente estaba gritando mi alma. Estaré dispuesto a enfrentar los retos que se me presenten. Soy joven. Soy valiente. Soy guerrero. Soy disciplinado. Acabo de volver a nacer de las cenizas como el ave fénix. Voy a ser coherente, consecuente, respetuoso y agradecido con esta nueva oportunidad que me da la vida.

Lo único que necesito es un poco de tiempo para tomar impulso, para descansar, para despertarme. Voy a dormir un rato y ya pronto nos vemos. Necesito dormir largo para luego despertar y comenzar la segunda primera parte de mi vida. Denme 18 días.