Experiencias como Alemania y Japón muestran que las dinastías empresariales pueden liderar reconstrucciones económicas profundas.
Las empresas familiares podrían convertirse en la columna vertebral de la recuperación económica venezolana a partir de 2026.
Así lo plantea Raúl Serebrenik, director de FECIG y autor del libro Dinastías Empresariales: Riqueza y Legado, quien sostiene que “si resultan respaldadas en su transformación digital, con acceso a financiamiento y profesionalización de la gestión, acelerarán sustancialmente el ritmo de crecimiento de la economía nacional”.
Según datos citados por Serebrenik, las empresas familiares representan entre 60% y 80% del PIB en América Latina y hasta 90% del tejido empresarial. En Venezuela, donde más del 90% de las compañías son micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), el peso es similar. Sin embargo, el 97% opera con bajo o nulo nivel tecnológico y su inserción internacional es marginal.

El contexto macroeconómico abre una ventana. La Comisión Económica para América Latina (Cepal) proyecta un crecimiento de 3% para 2026 y Oxford Economics uno de 4,2%. Pero el verdadero catalizador sería la reactivación petrolera. “La capacidad industrial y petrolera no está destruida, sino mal gestionada o inactiva; su recuperación puede ser más rápida de lo que se piensa”, afirma Serebrenik, quien plantea como meta alcanzar seis millones de barriles diarios en los próximos años.

El impacto no sería solo interno. El profesor Sergio Cabrales, de la Universidad de los Andes, considera que la mayor liquidez petrolera podría dinamizar exportaciones colombianas de alimentos y energía, dada la cercanía geográfica y la reactivación del comercio binacional.
Para que el potencial se materialice, Serebrenik insiste en un cambio estructural: libre mercado, moneda estable y fortalecimiento institucional. Cita los casos de Alemania y Japón, donde empresas familiares —el Mittelstand alemán y los keiretsu japoneses— lideraron procesos de reconstrucción tras crisis profundas.
“El objetivo debe ser construir una economía más diversa, equitativa y resiliente”, concluye Serebrenik. En un país que perdió cerca del 80% de su PIB en la última década, la apuesta por el capital familiar podría convertirse en una estrategia de Estado.
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