El diseñador colombiano Diego Guarnizo rememora lo que han sido más de 10 años de trayectoria en la moda. Su última colección, Azulejos, fue un acto de agradecimiento con la vida y un regreso a la esencia creativa propia de su marca. Así alza el vuelo.

Dos azulejos retratados por la cámara de Anita Calero, fotógrafa caleña, forman un corazón. La ternura que expresa la imagen es la misma con la que habla Diego Guarnizo al referirse a su última colección. “Azulejos es como un renacer”, dice, mientras vuelve sobre la fotografía. 

Sentados en la sala de la Casa Guarnizo, un espacio que abrió sus puertas para recibir a los nuevos y fieles clientes con la formalidad de una visita, el diseñador colombiano asegura que esta colección fue un acto de gratitud con su marca y consigo mismo. “Anita me dijo que tomó la foto un 11 de septiembre, los encontró muertos en su finca y los posó sobre un fondo blanco, abrazados. Y me contó que los azulejos son monógamos, que el nido que construyen es para toda la vida y que si uno se muere, el otro muere de pena moral”, relata. 

Cortesía de Diego Guarnizo

Esa fidelidad finita de los azulejos le inspiró. Y el 3 de diciembre presentó una colección de colores vibrantes, entre flecos, flores, y estampados que plasman el hogar de las aves. “Sentí que en colecciones anteriores me estaba traicionando un poco, por darle prioridad a lo comercial. Estaba difusa la esencia creativa que había registrado en el manifiesto”. 

De ahí que el diseño de esta cápsula empezó con una mirada hacia adentro, figurativa y literalmente, volvió sobre los materiales que habían quedado relegados en el taller. “¿Cómo las vuelvo vivas? Creamos telas nuevas, exploré la manualidad, la artesanía, la sostenibilidad. Son las cosas que a mí me llenan de tranquilidad”, explica. 

En Azulejos el material es protagonista. El sol que entra por una de las ventanas de Casa Guarnizo ilumina una pieza de ingeniería precisa; desde lejos aparenta ser una prenda metálica y rígida, pero el tacto es sorprendido por la suavidad de las cintas entretejidas, una por una. Guarnizo sigue deslumbrando con abrigos, suits y camisas amarillas, azules, estampadas y en el infaltable denim. 

La herencia del lujo

Guarnizo inició su carrera en la televisión hace más de 30 años; en el camino, encontró a la moda. Su trayectoria por ambas industrias le ha enseñado que el secreto está en aferrarse a los valores, ser fiel a ellos. El suyo ha sido honrar a su país y su cultura. “Tiene un poder de resurrección. Colombia es un país tan extraordinario que, aun en los golpes más fuertes, termina sonriendo”.

Su ejercicio empresarial es muestra de esa resiliencia. “Vale la pena. Cuando veo las historias de mi empresa, quienes se han pensionado o comprado vivienda propia. Vale la pena”. 

Asegura que el reto de rediseñar el sistema de producción y reinventarse es la única constante, a veces pareciera un ejercicio diario. “Todos los días es un experimento nuevo. El 2025 me probó en lo personal y en lo creativo. El diseñador afirma que la resistencia proviene de un esqueleto fuerte, en el que va impreso el manifiesto, entendido como los valores y principios innegociables de la marca. Para él, es “crear una moda que abrigue a la mujer colombiana, desde lo físico hasta lo mental, que hable por ella. Pero que también honre la artesanía, el origen, la tradición y la educación”. 

Sobre su visión de la industria de la moda, Guarnizo dice que las percibe jóvenes (se refiere también a la audiovisual). No lo dice como sinónimo de inexperiencia, más bien como una oportunidad para ampliar el horizonte. “Han tenido momentos importantísimos como si fuéramos industrias centenarias y resulta que no”, agrega. Explica que han pasado décadas entre los grandes referentes masivos y de globalización de ambos sectores, y en ese camino para reducir la brecha no se puede ignorar el origen. Guarnizo enfatiza que ahí radica el poder de Colombia, que es la artesanía, no empleada como caballito de batalla sino desde la apreciación y la investigación. 

“Si tienes unas piezas de werregue, debes entender que hay una artesana en el Bajo San Juan, en Chocó, que lleva toda una vida tejiendo esta fibra porque le enseñaron sus ancestros, y que, mientra slo hace, lo que está pensando pasa por el corazón, por las manos que sangran y se va enrollando, dejando ahí plasmadas historias, que son las mismas historias del país”. El lujo en Colombia vendrá del entendimiento de la artesanía, insiste, “y apenas lo estamos heredando”. 

Entre sus proyecciones para el nuevo año está la participación en Bogotá Fashion Week. Desde ya piensa en los detalles que darán vida a ‘Guadalupe’, un homenaje al cerro que se impone en la vista montañosa de la ciudad y que muchas veces queda desplazado por Monserrate. “Quiero que los capitalinos sean conscientes de la belleza de ese cerro. Seguramente la colección vendrá cargada de muchas historias”. -Y por qué no- de su propia vivencia: Bogotá lo adoptó a los 17 años y afirma tener la deuda de honrarla. “Es una ciudad con mucha identidad, que proviene de esa riqueza tan múltiple, de todas las regiones”. 

A mediano plazo, dice estar listo para globalizar la marca y, entre tanto, seguirá presentando sus dos colecciones al año. Sueña con un futuro romántico -así, de telenovela- en el que deja un legado de verdad y amor por Colombia desde su empresa. “Quiero que sea una marca colombiana con visión a largo plazo, que la hereden, la reinventen, la rediseñen”.

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