Pamela Hernández, directora artística del Teatro Nacional de Colombia, ahonda en la construcción de un ecosistema para mantener vivo el legado de las artes escénicas en el país. La ocasión del 45° aniversario de la organización teatral así lo amerita.
Pamela toma un sorbo del café recién servido. Afina la voz. ¿Por dónde empezamos?, me pregunta. Y es que sin duda hay mucho que conversar: el Teatro Nacional de Colombia, del cual es directora artística, celebra 45 años. Ha sido un ejercicio de resistencia pura, manteniéndose fiel a su esencia de construir un ecosistema que se nutra a sí mismo.
Ni cuando la distancia fue impedimento para verse en la presencialidad, el teatro perdió su capacidad de encanto. “El teatro nunca va a desaparecer”, exclama Hernández, con la determinación que le otorga su experiencia. “En la pandemia pensábamos que el teatro iba a sufrir, pero la gente nos llamaba pidiendo grabaciones de las otras. Tuvimos que adaptarnos, grabamos, transmitimos e hicimos conciertos virtuales, como los de Mujeres a la Plancha. El arte salva”.
Al volver, el sentimiento de euforia lo dijo todo. Para quienes han crecido entre las tablas, como Hernández, es toda una experiencia sensorial, de disfrute máximo. “Para mí el teatro es una fiesta, es vida, me transforma, y eso es lo que queremos que el público sienta: ganas de inspirarse y pensar distinto”.
De ahí que una de las misiones del Teatro Nacional sea la formación de públicos a partir de un sistema que apunta a robustecer los distintos eslabones de la cadena, desde la audiencia -mediante una cartelera cuidadosamente curada- hasta las nuevas generaciones directores y creativos -que encuentran un aliado para explotar su talento-.

Hernández conoce de primera mano la importancia de ese engranaje para el ecosistema teatral. Estudió arte dramático en la Academia Charlot y luego en la Casa del Teatro Nacional. Esa pasión por las artes escénicas la llevó a formar un grupo de teatro de solo mujeres; sin embargo, descubrieron lo duro que era conseguir oportunidades para presentarse. Fue ese el impulso que hizo falta para saltar al lado de la producción y gestión de recursos.
“Trabajé en el Festival Iberoamericano en 2010 haciendo producción de campo y en 2012 dirigí el Festival Estudiantil”, recuerda Hernández. Luego entró al Teatro Nacional, donde ha ocupado varios cargos en relaciones públicas, patrocinios, asistente de dirección, directora comercial y de marketing. Hace tres años se desempeña como directora artística del teatro.
Legado, sostenibilidad e innovación
Mantenerse durante 45 años no es tarea fácil. Requiere de una mirada crítica de la industria, de ser capaces de abrazar la innovación como vehículo para crecer y conjugar las visiones artísticas y estratégicas. Esto le permitió al Teatro Nacional tener un balance positivo al cierre de 2025, con más de 500.000 espectadores, 1.322 funciones, 32 producciones en cartelera, más de 830 empleos entre directos e indirectos, y un crecimiento del 16,3% en ingresos. “Confirmando la confianza del público en la oferta cultural de calidad”, agrega la directora.
Para Hernández es complejo elegir las mejores obras del año, por eso referencia un par de ellas que evidencian el esquema de especialización de sus salas, que favorece no solo la rotación del público sino también una oferta amplia y variada de producciones. “El Padre fue una obra entrañable e inolvidable que vuelve este año. Dos Lunadas también fue impresionante. O ver a Mujeres a la Plancha agotando bollería aún después de 10 años. En la franja familiar fue un éxito El Principito y entre los clásicos favoritos tuvimos Las brujas de Salem”.

Por supuesto entre las favoritas están las que son fruto del proyecto Dramaturgia como Semilla, que hace una curaduría de obras de dramaturgos emergentes y el Teatro hace toda la producción, paga los derechos y se encarga de la dirección de la obra seleccionada. Ya van dos ediciones, la primera producción fue Casa Negra de Juan Pablo Castro y la segunda, Cartas a Mamá de Juan Pelz. La ganadora de este año es OK Computer de José Luis Díaz que estará en la programación de la Casa del Teatro.
Entre sus iniciativas de impacto se encuentra el Proyecto Pedagógico, que a lo largo de 27 años ha llevado el teatro a estudiantes de diversas instituciones educativas, alcanzando cada año a más de 60.000 niños y jóvenes. A esta labor se suma Despertar Solidario, una estrategia que convierte las funciones teatrales en recursos reales para organizaciones sociales y proyectos comunitarios.
“Todo tiene que ver y todo es muy importante. El teatro es un arte vivo que conecta y transforma. Partiendo de eso, cada vez que se abre el telón vives una experiencia única. Era muy importante abrir el camino de formación de públicos; invitar a los chicos no solo a que sean actores, sino a que sean creadores desde pequeños, que no pierdan las ganas de imaginar y de expresarse(…) Si abrimos este ecosistema, estamos creando un valor agregado”, dice Hernández, fiel a la filosofía de Fanny Mikey, fundadora del Teatro Nacional.
En el equilibrio necesario para crecer, innovación y legado son igual de importantes. Y este último sí que es valioso para el Teatro, nacido del amor y la pasión de la reina de las tablas Fanny Mikey, actriz, directora y gestora cultural. Migró de su natal Argentina y se enamoró de Colombia, para encontrar su lugar en los escenarios y trascender en la historia de las artes escénicas en el país. “Ese primer empujón que dio Fanny Mikey con su pasión y amor, nos inspiró a muchas generaciones (…) Fanny siempre demostró que el teatro es de todos y para todos, y así mismo lo hizo ver. Hoy que nuestras salas estén llenas a un 85% viene en gran parte de esa construcción de públicos desde hace mucho tiempo”.
En el marco de la celebración de 45 años de historia, que empezaron en una antigua sinagoga en Teusaquillo y es hoy la Casa del Teatro, se anunció la programación de 2026 con 36 producciones, entre ellas obras premiadas en el extranjero, dramaturgia colombiana y una cuota femenina importante.
A los escenarios llegan este año Bahía y el ángel caído, de Ricardo y Nicolás Dávila; Macbeth, de William Shakespeare; Goodbye, de Alejandra Chamorro; El Padre, de Florián Zeller, y los éxitos musicales de taquilla Mujeres a la Plancha y Hombres a la Plancha.

“Me encanta ver el movimiento y las ganas de vivir el arte vivo. En Bogotá hay muchas salas de teatro con una programación maravillosa y entre más movimiento haya, mejor nos va a todos, porque se crea la conciencia de ir al teatro como un plan de salida”, resalta Hernández sobre el crecimiento de la industria de eventos y cultura en Bogotá. Para ella, más que una competencia, es una oportunidad para la ciudad y los actores del ecosistema de artes vivas.
“Estamos viviendo una “primavera” importante a nivel de entretenimiento”.
