Al frente del Consejo Gremial Nacional y Acolgen, Natalia Gutiérrez navega entre la defensa técnica del empresariado, el diálogo con un gobierno distante y los costos personales de una carrera exitosa.
En un país donde el desacuerdo se está imponiendo sobre el diálogo, Natalia Gutiérrez Jaramillo ha hecho de la mediación una forma de liderazgo. No es una pose. Es, como ella misma lo describe, una habilidad cultivada en lo cotidiano: equilibrar el trabajo, la familia y las responsabilidades personales, hasta convertir esa tensión en una herramienta para construir consensos.
“Estamos en una mediación constante en la vida”, dice, y en esa práctica diaria encuentra la base para intentar algo más ambicioso: construir consensos en un entorno cada vez más fragmentado.
Hoy, desde la presidencia del Consejo Gremial Nacional —que reúne 34 asociaciones y representa cerca del 85% del PIB— y de Acolgen, Gutiérrez se mueve en una línea fina. De un lado, la necesidad de defender las preocupaciones del empresariado; del otro, la obligación de mantener abiertos los canales con un gobierno al que percibe como ideologizado. Su apuesta no es romper, sino insistir: hablar con cifras, con técnica, sin renunciar al respeto institucional.

No es una posición cómoda. Implica levantar la voz frente a temas sensibles —el frente fiscal, el aumento del gasto, el uso de figuras como las emergencias— sin cruzar la frontera de la confrontación. “El país es de todos”, repite, como una forma de anclar la discusión en algo más amplio que la coyuntura política.
Su trayectoria explica parte de ese enfoque. Administradora de empresas de la Universidad Eafit, con especialización en finanzas y evaluación de proyectos, pasó más de una década como CFO en el sector petrolero. Luego transitó por el Estado —viceministra de Minas y del Interior, presidenta de la Agencia Nacional de Minería— y por la banca multilateral, como consultora del BID. Ese recorrido, entre lo público y lo privado, le dio una lectura pragmática del poder: las políticas no se construyen en solitario.
Pero hay otra dimensión menos visible. La de los sacrificios. Gutiérrez no los dramatiza, pero los reconoce como parte de su carrera. “El equilibrio no existe”, admite. Madrugar se convirtió en su estrategia para ganar tiempo: para trabajar, para su hijo, para una vida que siempre compite por espacio. Es una ecuación sin fórmula universal, dice, pero sí con una constante: la renuncia.
Esa experiencia personal también atraviesa su visión sobre el liderazgo femenino. No lo plantea como una disputa, sino como un complemento. En el Consejo Gremial, donde históricamente predominaban los hombres, hoy hay más voces femeninas, y eso —según ella— enriquece la conversación. No porque cambie el poder, sino porque amplía la forma de ejercerlo.

El desafío más complejo, sin embargo, no está dentro del Consejo, sino fuera. “Desescalar el discurso” es una de sus consignas. Le preocupa la narrativa que ubica al empresariado en una orilla opuesta al bienestar social. En su lectura, esa tensión no solo es imprecisa, sino peligrosa: rompe la base sobre la que se construyen inversión, empleo y política pública.
Por eso insiste en desideologizar el debate, especialmente en sectores como el eléctrico, donde las decisiones no admiten simplificaciones. Explicar, traducir, aterrizar conceptos técnicos para una audiencia más amplia se ha vuelto parte del oficio gremial. No es solo una tarea de comunicación: es una forma de disputar el sentido de las políticas.
Al final, su liderazgo no se define por imponer acuerdos, sino por hacerlos posibles. Incluso cuando parecen improbables. O, quizás, especialmente en esos casos.
