Por años, el agotamiento fue la prueba definitiva de la ambición. En la actualidad, la evidencia científica y la experiencia de una nueva generación de líderes revelan que el sobreesfuerzo constante no acelera el éxito, lo debilita desde adentro.
Durante más de una década, el ecosistema empresarial promovió una idea que parecía incuestionable: quien duerme menos, trabaja más horas y vive en modo permanente de urgencia, llega más lejos. La llamada hustle culture —esa glorificación del agotamiento casi como una medalla de honor—, se convirtió en narrativa dominante en conferencias, redes sociales y biografías de fundadores.
Dormir solo un par de horas, responder mensajes a la mitad de la noche y presumir agendas imposibles era presentado como el precio inevitable que debía asumirse para alcanzar el éxito.
Sin embargo, tanto la evidencia científica como la experiencia de una nueva generación de líderes están desmontando ese mito. Hoy, el alto rendimiento sostenible ya no se asocia con la extenuación ni el agotamiento, sino con la capacidad de proteger la energía mental, gestionar el descanso y sostener la claridad cognitiva a largo plazo. Lo que antes se veía como “disciplina extrema” ahora empieza a entenderse como un modelo ineficiente y, en muchos casos, contraproducente.
El agotamiento dejó de ser una medalla de honor para convertirse en un indicador de mala estrategia
Un ejemplo revelador fue documentado en la edición del mes de febrero de esta publicación, a través de la historia de Federico Sandler, ex ejecutivo que participó en procesos estratégicos de compañías como Mercado Libre y Nubank. Tras años de operar al más alto nivel financiero, Sandler describió haber “dominado Excel, PowerPoint y el agotamiento”, solo para darse cuenta —en pleno piso de la Bolsa de Nueva York durante una salida a bolsa— de que había alcanzado el éxito profesional a costa de su bienestar personal. Su testimonio funciona como una especie de advertencia sobre el costo silencioso de normalizar el desgaste como parte del camino empresarial.
Casos como el suyo reflejan un fenómeno más amplio que la ciencia ya respaldA: la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo han advertido que las jornadas laborales prolongadas están asociadas con mayores riesgos cardiovasculares, pero también con el deterioro cognitivo progresivo. No se trata solo del cansancio físico, también implica una reducción en la capacidad de concentración, memoria de trabajo y toma de decisiones estratégicas.
En el mismo sentido, la Universidad de Stanford ha demostrado que la productividad por hora trabajada disminuye de forma marcada cuando se superan las 50 horas semanales y que, después de las 55 vueltas del reloj, el rendimiento adicional es prácticamente nulo. Es decir, el sobreesfuerzo no solamente es agotador: también es ineficiente. Se invierten más horas para obtener resultados marginales, mientras se acumula un desgaste mental que afecta la visión estratégica, la creatividad y la capacidad de anticipar riesgos a largo plazo.
En esta línea, la American Psychological Association ha vinculado el estrés laboral crónico con disminuciones medibles en la función ejecutiva, esa capacidad que nos permite planificar, priorizar y tomar decisiones complejas. El cerebro agotado no es más productivo (más bien todo lo contrario). Se vuelve más impulsivo, menos creativo y más propenso a errores. El relato de Sandler coincide con toda esta evidencia: el desgaste no llega como un colapso repentino, sino como una acumulación de pequeños hábitos normalizados —dormir menos, posponer la vida personal, sentir culpa al descansar—, que terminan por afectar la claridad mental. Esa normalización del agotamiento es precisamente uno de los pilares de la cultura del hustle.
Un cerebro agotado toma decisiones urgentes, un cerebro descansado toma decisiones inteligentes.
La neurociencia también refuerza este punto desde otro ángulo clave para los negocios: la creatividad. Estudios publicados en Nature Reviews Neuroscience muestran que la innovación requiere una alternancia entre concentración y descanso. El cerebro necesita pausas para consolidar información y generar conexiones nuevas. Es un hecho: el descanso es clave para el rendimiento. Investigadores de la Universidad de California en Santa Bárbara encontraron que las personas que tomaban breves breaks mentales mejoraban su desempeño en pruebas de pensamiento creativo frente a quienes trabajaban sin interrupciones. Al eliminar esos espacios de recuperación, se interfiere directamente con el proceso creativo que tanto se presume que valoramos en la cultura actual.
Además, el agotamiento sostenido tiene un efecto acumulativo que rara vez se menciona en el discurso de negocios: la reducción progresiva de la motivación real. Cuando la fatiga mental se convierte en un estado permanente, la capacidad de disfrutar el proceso disminuye, debilitando el sentido de propósito y aumentando la probabilidad de abandono prematuro de proyectos prometedores.
Frente a esta evidencia, una nueva generación de emprendedores, profesionales y empresarios está replanteando la ecuación del éxito. El enfoque ya no se centra en maximizar horas, sino en optimizar energía, atención y claridad mental. Un reporte de McKinsey & Company sobre bienestar organizacional señala que las personas con mayor equilibrio entre vida personal y laboral muestran niveles superiores de productividad sostenida y menor desgaste emocional. Harvard Business Review, por su parte, ha documentado que los equipos con culturas que respetan límites y tiempos de recuperación toman decisiones más acertadas a largo plazo y cometen menos errores estratégicos.
El activo más valioso de una empresa es la claridad mental de quienes la dirigen.
Aceptar este cambio implica redefinir lo que consideramos rendimiento. La productividad consciente se basa en “hacer mejor”, no simplemente en “hacer más”. Implica priorizar tareas de alto impacto, proteger espacios de trabajo profundo sin interrupciones y asumir el descanso como parte del proceso estratégico y no como una recompensa ganada tras jornadas imposibles.
En Latinoamérica, donde históricamente el esfuerzo extremo ha sido visto como virtud empresarial, esta conversación comienza a ganar fuerza. La experiencia de líderes que han vivido el modelo tradicional y han decidido replantearlo —como el caso de Sandler—, muestra a una generación que busca éxito sin tener que sacrificar su estabilidad emocional ni propósito personal.
La cultura del hustle nos prometía velocidad, pero a menudo solo entregó desgaste. El nuevo modelo apuesta por sostenibilidad cognitiva, claridad estratégica y, sobre todo, energía bien administrada. En la economía actual, donde la ventaja competitiva proviene de la creatividad, la innovación y la toma de decisiones complejas, un cerebro descansado es más valioso que una agenda saturada.
Dejar atrás el mito del hustle no es renunciar a la ambición, es aprender a proteger la mente que la hace realidad.
Es por ello que la hustle culture no cayó porque la ambición haya pasado de moda, sino porque la evidencia y la experiencia demostraron que el agotamiento no es una estrategia sostenible de crecimiento.
Las nuevas generaciones están entendiendo algo fundamental: el activo más valioso de cualquier proyecto no es el capital, la tecnología, ni la red de contactos, sino la claridad mental de quienes toman las decisiones.
En un entorno donde la innovación y la creatividad definen la ventaja competitiva, proteger la energía cognitiva se vuelve un acto estratégico, más que un lujo personal.
Es así que el éxito futuro pertenecerá a quien logre sostener su visión, enfoque y bienestar durante el tiempo suficiente para convertir una idea en un legado.

Este artículo fue publicado en nuestra edición de abril de 2026.
(*) La autora es inversionista en más de 12 empresas y co-fundadora de Sesén Company, una fábrica y marca de suplementos especializados, líder en el espacio de wellness. Fiel creyente de un modelo de negocio rentable, humano y con propósito, ha compartido su visión empresarial en distintos foros sobre liderazgo y emprendimiento, así como en diversas publicaciones impresas y online. Contacto.
