En un mercado laboral marcado por la inteligencia artificial, los recién graduados necesitan fortalecer capacidades como autoconciencia, comunicación, autocuidado, decisión y curiosidad.

Los estudiantes que terminan la secundaria en 2026 llegan a una etapa marcada por un mercado laboral incierto, una transición educativa menos lineal y una conversación cada vez más amplia sobre el impacto de la inteligencia artificial en las primeras oportunidades profesionales. Para los jóvenes que se preparan para entrar a la universidad, buscar empleo, hacer prácticas o explorar caminos alternativos, el debate ya no se limita a las calificaciones, el promedio académico o el contenido de una hoja de vida. También pasa por las capacidades humanas que les permitirán adaptarse, comunicarse, decidir y sostenerse en medio de un entorno cambiante.

En ese contexto, especialistas en educación, liderazgo y formación laboral coinciden en que las llamadas “habilidades blandas” tienen un peso mayor del que su nombre sugiere. Por eso, algunos prefieren hablar de habilidades humanas: competencias que no dependen de una herramienta tecnológica específica y que siguen siendo relevantes incluso cuando la inteligencia artificial transforma tareas, profesiones y formas de trabajo.

La psicóloga educativa Michele Borba, autora de Thrivers: The Surprising Reasons Why Some Kids Struggle and Others Shine, plantea que los estudiantes que salen de secundaria necesitan una nueva versión de los “ABC” para prepararse para la vida. En lugar de concentrarse únicamente en el GPA, el puesto dentro de la promoción o el currículo, Borba menciona tres pilares: adaptabilidad, confianza en sí mismos y capacidad de afrontamiento. Esta última incluye resolver problemas, manejar el estrés y comunicarse de manera efectiva.

Elyse Klaidman, CEO de Xperential, una compañía de aprendizaje experiencial enfocada en preparar a jóvenes para el mundo real, coincide en esa lectura. Para ella, las habilidades más importantes son aquellas que permiten aprender de forma continua, pensar con claridad y trabajar bien con otros, sin depender de cómo evolucionen la tecnología o el mercado.

Un estudio del MIT de 2025 sobre inteligencia artificial y futuro del trabajo respalda esa idea: las habilidades con menor probabilidad de ser reemplazadas por IA son las que dependen de capacidades humanas. La empatía, el criterio, el pensamiento crítico y la comunicación siguen siendo relevantes tanto para los recién graduados como para quienes ya ocupan posiciones de liderazgo.

Autoconciencia

No suele figurar como una línea visible en una hoja de vida, aunque puede percibirse con rapidez en una entrevista, una conversación académica o un entorno laboral. Implica reconocer emociones, identificar detonantes personales y entender cómo una persona es vista por los demás, más allá de cómo cree estar proyectándose. Daniel Goleman, autor de Emotional Intelligence:Why It Can Matter More Than IQ, ha señalado que la inteligencia o el desempeño académico pierden alcance cuando una persona no logra gestionar emociones difíciles, construir relaciones efectivas o actuar con empatía.

Para un graduado de secundaria, esa capacidad se traduce en saber explicar en qué áreas se desempeña bien, reconocer dónde necesita mejorar y recibir retroalimentación exigente sin tomarla únicamente como una crítica. La autoconciencia también permite entrar a la universidad o al trabajo con una disposición más abierta al aprendizaje y al crecimiento.

Autocuidado como una práctica sostenida

Los nuevos graduados pueden entrar a ambientes que premian la productividad constante, mientras la generación Z reporta niveles más altos de ansiedad y agotamiento que otros grupos generacionales. En ese escenario, el autocuidado no se reduce a actividades de descanso visibles, como un día de spa. También incluye recargar el cuerpo, la mente y la vida emocional.

Esa práctica puede tomar formas distintas. Para algunos jóvenes será meditación o yoga; para otros, correr, escalar o hacer ejercicio. También implica poner límites, reservar espacios de descanso, cuidar la salud mental y aprender a decir que no cuando la carga académica o laboral ya está al límite. Un ejemplo concreto puede ser rechazar la participación en un comité voluntario si la persona ya tiene demasiadas responsabilidades. La recomendación del texto original apunta a encontrar al menos uno o dos días completos a la semana para desconectarse y recuperar energía.

Claridad en la comunicación

Karen Ares, coordinadora de educación técnica y profesional en Shrewsbury, Massachusetts, señala que los recién graduados deben aprender a diferenciar la comunicación entre pares de la comunicación profesional. Según explica, los empleadores suelen advertir que esa habilidad falta en muchos adultos jóvenes.

Comunicar con claridad implica decir desde el inicio qué se necesita o qué se solicita, y luego aportar el contexto necesario. También supone escoger el canal adecuado. No es lo mismo enviar un correo breve para una actualización sencilla que solicitar una conversación presencial para revisar cambios profundos en un informe o en un proyecto. En equipos académicos o laborales, esta habilidad también se expresa en avisar con anticipación cómo avanza una tarea, cuándo estará lista una parte del trabajo o qué obstáculos pueden afectar una entrega.

La habilidad de tomar decisiones

Los jóvenes que se sienten más bloqueados no siempre son quienes toman decisiones equivocadas, ya que experimentar también puede ser una forma de aprendizaje. El mayor problema aparece cuando permanecen indefinidamente en la indecisión o trasladan sus decisiones a padres, amigos o compañeros. Ser decisivo no significa tener todo resuelto a los 18 años, sino evaluar información disponible, escuchar distintos puntos de vista y avanzar con una elección concreta.

Amy Mosher Berry, CEO y fundadora de Visions Internships, recomienda a los estudiantes ser proactivos al explorar caminos profesionales que les interesen. Esa exploración puede incluir clubes escolares, voluntariados, proyectos personales, experiencias de observación laboral o eventos de networking. La idea no es exigir una definición definitiva de carrera al salir de secundaria, sino promover contacto real con actividades, sectores y experiencias que ayuden a construir criterio.

Practicar la alegría

En el texto, esta aparece como una de las competencias menos reconocidas y, al mismo tiempo, una de las más importantes. No se trata de tener certeza absoluta sobre la carrera o el empleo ideal a los 18 años. La propuesta es acercarse a la universidad, al trabajo o a un año sabático con apertura, curiosidad y conexión con temas que despierten interés genuino.

En el caso de quienes eligen una carrera universitaria, eso puede significar tomar materias que realmente les generen curiosidad o escribir trabajos de investigación sobre temas que les importen. El texto también señala que las humanidades y las artes vuelven a ganar atractivo para algunos empleadores, en parte porque la inteligencia artificial puede asumir una porción creciente de tareas técnicas o repetitivas. Para quienes optan por un año sabático, una alternativa puede ser dedicar tiempo a una causa social que les interese de manera profunda.

Las experiencias informales también tienen valor. Ares afirma que empleadores profesionales han señalado en repetidas ocasiones que suelen ver con buenos ojos a candidatos que han trabajado en empleos regulares de medio tiempo, porque allí aprenden y practican habilidades útiles para el mundo laboral.

Al final, el diploma muestra qué estudió una persona. Estas cinco habilidades muestran cómo se presentará cuando entre a un aula universitaria, una entrevista, un equipo de trabajo o una conversación difícil. No funcionan como una lista que se completa una vez y se deja atrás, sino como prácticas que se desarrollan con el tiempo y acompañan cada etapa de la vida profesional.

Con información de Forbes US

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