Cuando la inteligencia artificial fábrica en segundos la evidencia que pedíamos a un candidato y las notas máximas llegaron a doblarse en una década, el valor de un título formativo se decide en una pregunta que casi nadie se hace: quién responde por el título.
La credibilidad del título formativo se juega hoy en el escritorio de quien contrata. Una sola vacante reúne cuarenta currículums impecables, con proyectos que brillan y cartas de presentación que parecen escritas por el mismo autor infalible.
La entrevista tampoco ofrece garantías, porque todos los candidatos llegan bien entrenados. Contratar siempre fue decidir con información incompleta, pero lo nuevo es que las herramientas para aparentar mejoran más rápido que las herramientas para verificar.
Del otro lado del escritorio la escena duele distinto, porque ahí está el profesional que sabe de verdad y ve cómo el renglón del máster, el que pagó con años de trabajo y una suma considerable, pesa cada vez menos en la decisión.
Detrás de él llega alguien más joven, que duda frente a la matrícula de un posgrado sin saber si compra la llave de su futuro o un recuerdo para colgar en la pared.
Las instituciones educativas, incluidas las escuelas de negocio, que emiten títulos son juez y parte en este debate, porque la crisis de confianza les toca la cuenta de resultados y la conciencia a la vez. De ahí que la pregunta que importa sea la constructiva, cómo tendría que ser un título para que vuelvan a fiarse de él quien lo exige en una vacante y quien lo paga con años de su vida.
El título resolvía brillantemente un problema concreto, porque contratar es comprar sin poder probar y el candidato sabe lo que sabe hacer, mientras que quien contrata, no.
Esa asimetría tiene premio Nobel. Michael Spence mostró que el mercado laboral se sostiene sobre señales, y el título es el mejor de la historia, caro de fingir para quien no tiene la capacidad y barato de verificar para quien contrata.
Mientras esa doble condición se cumple, la señal funciona. El prestigio del emisor llega después, como consecuencia de emitir consistentemente títulos que demuestran algo, y ese orden explica qué se avería primero.
Las cuatro averías
El título se está averiando por cuatro lados a la vez, y el más silencioso es la inflación de las notas.
En Inglaterra, el regulador universitario documenta que los sobresalientes pasaron del 15.8% de los graduados en 2010-11 a un pico del 37.7% diez cursos después.
Tras tres años de corrección siguen en el 28.8%, casi el doble del punto de partida, y cerca del 40% de esas notas máximas no se explica por el modelo estadístico del propio regulador. Poco sobresalía el sobresaliente cuando lo alcanzaban casi cuatro de cada diez.
¿Por qué suben solas las notas? Hay una explicación que incomoda al propio sector, y es que quien califica compite por matricular al calificado, de manera que puntuar duro castiga a los graduados propios frente a los de la competencia.
Inflar parece que no cuesta nada hoy, porque la factura la pagan otros años después, el empleador que se creyó la nota y el alumno excelente al que igualaron por arriba. A la larga el daño alcanza también a las instituciones, erosiona su credibilidad y, con ella, el valor de sus títulos.
Una nota que sube sola no mide, masajea el ego, y lo que pasa con las notas pasa con los diplomas.
El segundo lado es la multiplicación. Cuando había pocos emisores y pocos formatos un título se leía sin diccionario, mientras que hoy conviven maestrías de dos años con credenciales de fin de semana y quien contrata ya no sabe qué está comparando.
La señal nació para ahorrarle tiempo a quien la lee, así que, si hay que investigarla, ya perdió su oficio.
El tercer lado es la caducidad: el saber que un título retrata sigue moviéndose después de la foto, de modo que cada diploma certifica un pasado cada vez más corto.
El cuarto lado cambia la escala de todo lo demás, porque la inteligencia artificial ha vuelto gratis parecer competente. El ensayo impecable y el código que funciona, las evidencias con las que la educación probaba la competencia, se producen hoy en segundos y sin poseerla.
José Sepúlveda Sanchis, vicerrector de Tecnología y Transformación Digital de la Universidad Internacional de Valencia, lo dice sin anestesia en La Inteligencia Artificial y el futuro de la Universidad: si una tarea puede completarse sin la capacidad que decía demostrar, la avería está en la arquitectura de la prueba antes que en los tramposos, y la evaluación que no se rediseña funciona apenas como “un ritual de entrega”.
El precio de la sospecha
Un mercado que pierde su señal se degrada para todos, y también eso tiene Nobel, el mismo de 2001, compartido. George Akerlof lo explicó con los coches usados, porque cuando el comprador no puede distinguir la calidad paga precio de sospecha por todo y el buen producto se retira del mercado.
En el talento, la sospecha de la prueba ya cobra sus efectos en cuatro ventanillas. Quien sabe pierde la forma de demostrarlo, porque el título pierde significado más deprisa de lo que pierde poder y todavía cierra puertas a quien no lo tiene, aunque las abre cada vez menos a quien lo tiene.
De esta forma, la empresa se ve obligada a pagar la verificación de su bolsillo, en pruebas propias y en errores de contratación que tardan meses, o incluso más, en evidenciarse, mientras el que estudia compra a ciegas una señal que quizá no funcione cuando la necesite.
La cuarta ventanilla está en las propias instituciones, porque la escuela que emite una señal devaluada se vuelve intercambiable y ello acaba compitiendo a descuento. Nadie gana con un título devaluado, de modo que repararlo conviene también a quienes jamás pisarán un aula.
Mientras tanto, las grandes empresas ya no esperan. Toyota creó su propia cantera con un modelo dual, hoy una federación de más de 500 fabricantes en la que el 95% de los graduados se queda trabajando en la empresa que los patrocinó, según el propio programa.
Automattic, la empresa detrás de WordPress.com, paga a sus candidatos semanas de trabajo real y decide sobre lo entregado, con el currículum en segundo plano.
Estos son apenas dos ejemplos, pero qué empresas así asumen el coste de coser a mano lo que un renglón del currículum resolvía dice cuánto valía la señal que se está perdiendo.
Lo que el título todavía paga
La defensa del título existe y es seria, porque el título todavía compensa. De acuerdo con la OCDE, una titulación superior deja a lo largo de la vida un retorno financiero neto superior a los 300.000 dólares frente al nivel educativo anterior. En pocos países de la OCDE paga tanto como en Colombia, donde un titulado gana más del doble que un bachiller.
Siguen en pie las redes que se tejen en un aula, la maduración que dan los años de estudio, las profesiones que exigen el título por ley y hasta ese filtro de perseverancia que le reconocen sus propios críticos.
Nada de eso está en discusión, pero todas esas defensas amueblan el edificio y ninguna repara el cimiento, que es la confianza en lo que el título acredita. Un cimiento no se apuntala con muebles.
Ocurre que la defensa más honesta del título la escribió su peor enemigo. Bryan Caplan, economista de George Mason, sostiene desde hace años que al menos la mitad del valor económico del título siempre fue señalización pura, brillo ante el mercado por encima de cualquier aprendizaje del alumno.
El gremio lo leyó como una provocación y pasó página, cuando en rigor se trata de una auditoría. Si Caplan tiene razón y el título es sobre todo señal, una señal rota deja a las escuelas casi sin nada que vender, y el crítico que quería enterrarlo se vuelve la mejor razón para repararlo.
Sepúlveda lo plantea en los mismos términos, ya que la tarea consiste en impedir que el título dependa solo de su prestigio heredado y obligarlo a explicar otra vez qué acredita. El prestigio se hereda, la vigencia se gana.
Reparar la señal
¿Y cómo se repara una señal? Conviene empezar por exigirle al título lo que el papel clásico ya no dice, qué acredita exactamente y hasta cuándo.
Que certifique desempeño y no asistencia acumulada, con fecha de envasado y un plan de mantenimiento. Nadie compra leche sin fecha de envasado, pero se siguen ‘vendiendo’ títulos vitalicios sobre saberes que se evaporan.
Un título tiene que afirmar lo que su portador sabe hacer hoy, y solo eso, nada menos. Los títulos del futuro inmediato evolucionarán con el saber del candidato y certificarán, en cada momento dado, el saber del titular.
Después viene la evidencia, la que resiste a la inteligencia artificial es la que ocurre en vivo y deja el juicio a la vista, que obliga a decidir con información incompleta, cómo se decide fuera del aula, y a defender lo decidido delante de alguien que sabe más.
La certificación debería reservarse, como también propone Sepúlveda, para esa prueba fuertemente humana, la que exige un juicio con nombre y apellidos. Casi todo lo demás sigue sirviendo para enseñar, pero cada vez menos para certificar.
Queda la respuesta que las escuelas preferirían saltarse, que es quién responde. Una señal vale lo que arriesga quien la emite, aquello que Nassim Taleb llama skin in the game.
Hoy la institución cobra por adelantado y el riesgo de que el título no señale lo que debe lo cargan el alumno que lo pagó y el empleador que lo creyó. La dirección es clara, y el título que vuelva a valer será el del emisor que siga expuesto después de emitir, revalidando lo que certificó y respondiendo por su vigencia mientras el portador lo usa.
Es una cuestión de confianza. Se bebe del grifo sin pensarlo porque alguien analiza esa agua y da la cara si deja de ser potable, un análisis que se paga cada día y que a nadie se le ocurre ahorrar.
Responder por un título también tendrá factura, y las escuelas tendrán que decidir si es un coste o si es el producto. La confianza tiene que reconquistar el título, ante el mercado que lo lee y ante el profesional que lo paga para que hable por él.
Un plazo de vencimiento
La carrera es mucho más amplia que las canteras de unas cuantas empresas. Entre 2017 y 2019, casi la mitad de las ocupaciones de cualificación media en Estados Unidos rebajó el requisito de título en sus ofertas, y el discurso de contratar por competencias suena en todas partes.
La práctica va muy por detrás: un estudio de Harvard y el Burning Glass Institute midió que en el 45% de las empresas el cambio quedó solo en el nombre, con un efecto agregado del orden de una contratación distinta por cada 700.
Ese desfase no es un consuelo. Contratar por competencias avanza despacio porque la señal sustituta todavía no existe, y nada resulta hoy tan barato de leer ni tan fácil de comparar como el renglón que se está dejando de creer.
Ese vacío es la gran oportunidad del sector y también su plazo de vencimiento. O las instituciones educativas convierten el título en una señal viva, o los departamentos de talento del mundo la fabricarán sin ellas, prueba a prueba y empresa a empresa, y las escuelas quedarán como proveedores de un simple papel ceremonial.
Cualquiera vota en esa carrera, y lo hizo la última vez que dudó ante un currículum perfecto, como volverá a hacerlo en la próxima matrícula que pague o que apruebe.
La apuesta razonable es que dentro de unos años se vuelva a confiar en algunos títulos, los de los emisores que hayan aprendido a responder por ellos, y los demás seguirán colgados en la pared, con marco y sin señal.
(*) El autor es CEO de EBIS Business Tech School, escuela de negocios especializada en innovación tecnológica.
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