Los agentes de IA y las stablecoins podrían transformar la gestión financiera de las empresas en los próximos años, automatizando desde tareas contables hasta pagos y movimientos de dinero bajo reglas definidas por humanos.

Alexander Melikian, CFO de Jeeves, cree que los agentes de inteligencia artificial terminarán ejecutando pagos y administrando parte de la tesorería de las empresas. ¿Están las firmas preparadas para unas finanzas más autónomas?

Para 2030, Alexander Melikian imagina un departamento financiero en el que las personas ya no ejecutan buena parte de los movimientos de dinero: agentes de inteligencia artificial tendrán billeteras de stablecoins y realizarán pagos siguiendo reglas definidas previamente.

“No habrá humanos moviendo dinero”, pronostica el CFO de Jeeves, una plataforma financiera para empresas con operaciones internacionales.

—¿Estamos hablando de cuatro años? —le preguntó Forbes Colombia.

“Sí. Creo que ocurrirá incluso más rápido”.

La predicción es ambiciosa. Algunos de los elementos que describe Melikian ya empiezan a aparecer en las finanzas corporativas. La inteligencia artificial está asumiendo tareas que hasta ahora dependían de personas y las stablecoins permiten transferir valor sobre una infraestructura disponible las 24 horas. La posibilidad de conectar ambas tecnologías lleva la automatización financiera a otro terreno: una máquina que analiza información y, bajo ciertas condiciones, puede llegar a ejecutar una operación.

Mover dinero, por supuesto, deja poco margen para equivocarse.

Los agentes entran al departamento financiero

“Los agentes son los nuevos empleados”, dice Melikian.

En Jeeves, explica, cuando un gerente solicita una nueva contratación debe responder primero si un agente de inteligencia artificial podría hacer ese trabajo. Por ahora, la automatización se concentra en tareas mucho más rutinarias que administrar una cuenta bancaria.

Una de ellas es la conciliación, el proceso de comprobar que las transacciones de una empresa coincidan con sus registros contables. Jeeves asegura haber desarrollado un agente para automatizar parte de ese trabajo y comercializa herramientas de inteligencia artificial para distintas tareas financieras.

Permitir que una máquina ejecute una conciliación está lejos de darle autoridad para mover el dinero de una compañía. Melikian lo sabe.

“En finanzas no puedes tener alucinaciones”, dice.

Los modelos de inteligencia artificial todavía pueden generar información incorrecta. En el área financiera, una imprecisión puede terminar afectando un pago, un registro contable o un reporte. Por lo tanto, una de las decisiones que tendrán que tomar los responsables financieros a medida que las herramientas maduren será cuánta autonomía entregar a estos sistemas.

Una infraestructura que no duerme

Los agentes tienen una característica que resulta difícil trasladar a toda la infraestructura financiera: pueden operar a cualquier hora.

Es ahí donde las stablecoins encajan en la visión de Melikian. Estos activos digitales buscan mantener un valor estable respecto de otro activo —en su gran mayoría, el dólar— y pueden transferirse mediante redes blockchain.

“Lo mejor de las stablecoins y de las criptomonedas, en términos más generales, es que son una moneda y un conjunto de rieles de pago que nunca duermen”, sostiene.

La disponibilidad permanente puede ser relevante para compañías que tienen proveedores, empleados o contratistas repartidos entre varios países. Algunas redes blockchain, además, procesan transferencias de activos digitales en segundos.

Sin embargo, el tiempo de una transacción en blockchain no equivale necesariamente al tiempo que tarda un pago internacional completo. Si el destinatario necesita recibir moneda local en una cuenta bancaria, entran en juego la conversión, los controles regulatorios y la infraestructura utilizada para sacar los fondos del ecosistema digital.

Las cifras de crecimiento ayudan a dimensionar el fenómeno.

En febrero de 2026, el volumen mensual de transacciones de stablecoins alcanzó US$7,2 billones (millones de millones), frente a US$6,8 billones procesados por la red estadounidense ACH, según datos de Artemis.

Hay que leer la comparación con cuidado. Una parte considerable de la actividad con stablecoins proviene de operaciones automatizadas, arbitraje y transacciones dentro de los mercados de activos digitales. ACH, por su parte, es una infraestructura utilizada ampliamente para pagos empresariales y de consumidores.

El dato muestra la escala que han alcanzado las stablecoins. No permite concluir, por sí solo, que estén desplazando a ACH en los pagos cotidianos.

Los bancos también aceleran

La velocidad es otro de los argumentos de Melikian a favor de las stablecoins. Durante la entrevista habló de transferencias internacionales tradicionales que pueden tardar varios días.

Los datos de SWIFT ofrecen una imagen más matizada. La organización reporta que el 92% de los pagos transfronterizos realizados mediante gpi llega a la cuenta del beneficiario en menos de 24 horas y que el 40% lo hace en menos de 30 minutos. Los controles de cumplimiento, las conversiones de moneda y los sistemas domésticos pueden extender el proceso en determinados casos.

La infraestructura bancaria, en otras palabras, también está ganando velocidad.

Las stablecoins enfrentan, al mismo tiempo, limitaciones propias. Una de las más evidentes es monetaria.

El 97% de su emisión está vinculada al dólar estadounidense, según una estimación del Fondo Monetario Internacional (FMI) publicada en 2025. Melikian espera que con el tiempo ganen espacio activos vinculados a monedas como el peso colombiano, el real brasileño o el peso mexicano.

La regulación presenta otra dificultad.

Estados Unidos avanzó en julio de 2025 con la aprobación del GENIUS Act, que creó un marco federal para las stablecoins de pago. El panorama cambia al cruzar fronteras.

“Cada mercado va a crear su propio marco regulatorio”, dice Melikian. “Unirlos todos va a generar complejidades adicionales”.

Esa fragmentación pesa especialmente sobre las empresas que operan en varios países. La tecnología cruza fronteras con facilidad; las obligaciones legales, tributarias y financieras siguen siendo locales.

Crecer afuera también es un problema financiero

Ese punto conecta con una dificultad que Melikian conoce por su trabajo con compañías latinoamericanas: la expansión internacional.

“Piensa en toda la complejidad que implica administrar tu negocio solamente en Colombia”, dice. “Ahora piensa en multiplicarla tres o cuatro veces cuando estás entrando a tres o cuatro países diferentes”.

Cada mercado trae nuevas monedas, bancos, impuestos, entidades jurídicas y reglas. Según Melikian, algunas compañías dedican gran parte del trabajo previo a calcular el tamaño del mercado y la oportunidad comercial, pero llegan menos preparadas para la infraestructura financiera que necesitarán.

“Hay que hacer el dimensionamiento del mercado, entender la oportunidad de negocio y hacer todos esos cálculos”, explica. En paralelo, agrega, hay que conocer la inversión inicial y determinar si existen requerimientos legales, de reservas o de capital regulatorio.

Su estimación es que preparar la entrada a un mercado puede tomar entre seis y nueve meses y, en algunos casos, cerca de un año. Es una cifra basada en la experiencia de Jeeves y puede variar ampliamente según el país, el sector y la estructura de cada compañía.

En ese contexto, la automatización tiene un atractivo evidente: permitir que la operación crezca sin replicar en cada mercado todo el trabajo manual que existe en el país de origen.

El trabajo del CFO empieza a moverse

Melikian cree que los CFO deberían empezar por ordenar la casa.

Habla de estructurar los datos, identificar procesos manuales y revisar qué flujos de trabajo pueden diseñarse desde el comienzo para incorporar agentes. En Jeeves utilizan el término agent-first para describir ese enfoque.

Su predicción sobre agentes moviendo dinero está varios pasos más adelante.

Antes de llegar allí, los equipos financieros pueden automatizar conciliaciones, clasificación de operaciones y otras tareas repetitivas. Si esas herramientas ganan autonomía, parte del trabajo de las personas también cambiará: habrá que definir las reglas con las que operan los sistemas, establecer controles y ocuparse de los casos que se salgan de esos parámetros.

En finanzas, además, alguien seguirá teniendo que responder cuando algo salga mal.

Ese punto queda abierto en la visión de Melikian. La tecnología puede ejecutar una operación, pero la responsabilidad por esa operación sigue siendo un asunto central para cualquier CFO.

¿Quién moverá el dinero en 2030?

Melikian cree que el cambio llegará rápido. Antes de que termine la década espera ver agentes con billeteras de stablecoins ejecutando cuentas por pagar y otros movimientos financieros bajo reglas establecidas por humanos.

Cuatro años es poco tiempo para una transformación de esa magnitud.

La inteligencia artificial todavía se equivoca. Las reglas sobre activos digitales cambian entre países. Las stablecoins dependen ampliamente del dólar. Los bancos, mientras tanto, siguen modernizando sus propios sistemas de pagos.

Nada de eso ha impedido que los agentes empiecen a manejar la tesorería.

Quizá en 2030 todavía haya humanos moviendo dinero. Lo que parece más cercano es que cada vez tendrán que decidir menos transacciones una por una y dedicar más tiempo a establecer las reglas bajo las cuales una máquina podrá ejecutarlas.

Para un CFO, esa diferencia puede terminar siendo más importante que la predicción.

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