La reciente disputa por la disponibilidad del Estadio Nemesio Camacho El Campín para la final de la Liga Femenina puso en evidencia la tensión entre las exigencias deportivas, el marco contractual vigente y las dinámicas operativas de la industria del entretenimiento a gran escala. Desde la perspectiva técnica y de gestión, la firma Sencia explicó […]
La reciente disputa por la disponibilidad del Estadio Nemesio Camacho El Campín para la final de la Liga Femenina puso en evidencia la tensión entre las exigencias deportivas, el marco contractual vigente y las dinámicas operativas de la industria del entretenimiento a gran escala.
Desde la perspectiva técnica y de gestión, la firma Sencia explicó que los protocolos y plazos establecidos previamente hacían imposible que se jugara el partido de ida en El Campín.
La razón es simple: entre el 23 de septiembre y el 16 de octubre, el escenario entra en un periodo crítico en el que confluyen el montaje de un megaevento internacionales -la presentación del grupo surcoreano BTS- y las labores obligatorias de mantenimiento profundo de la gramilla.
Según el Manual de Operación y Mantenimiento del escenario (numeral 6.8.6, “Uso Cero del Campo”), el césped requiere una suspensión total de actividades de entre 15 y 30 días por semestre tras periodos de alta intensidad futbolística. Dicha programación había sido notificada con anterioridad a la Comisión Distrital de Seguridad, Comodidad y Convivencia para el Fútbol.
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A estas restricciones se suma el rigor comercial de los grandes conciertos. Espectáculos como el de BTS implican contratos suscritos con meses de antelación, montajes de alta complejidad logística e itinerarios globales rígidos. Estas fechas no pueden modificarse de manera unilateral ni ceder ante los reclamos de la afición deportiva sin incurrir en penalizaciones contractuales y problemas operativos.
Los reclamos de Santa Fe
Por su parte, Independiente Santa Fe manifestó su inconformismo señalando que el marco contractual estipula dar prelación a los torneos oficiales y efectuar la debida articulación ante cruces de calendario con Dimayor y Conmebol. El club cardenal criticó haber sido notificado sobre los trabajos de la cancha a escasos días de la final, cuando el avance en la competición hacía altamente previsible su clasificación.
A pesar de sostener que el fútbol profesional no debería tratarse como una actividad secundaria en el principal recinto de la ciudad, la realidad logística y los compromisos adquiridos hicieron inviable disputar el encuentro en Bogotá.
Ante la imposibilidad técnica de habilitar El Campín, la directiva santafereña debió tomar la decisión práctica de trasladar el partido de ida de la final femenina al estadio La Independencia de Tunja. Para mitigar el impacto en su hinchada, la institución dispuso transporte gratuito en buses y acceso masivo para acompañar al equipo fuera de la capital.
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El desenlace evidenció que, frente a un calendario de mantenimiento estricto y contratos de entretenimiento internacional cerrados, los clubes deportivos deben adaptarse a escenarios alternativos cuando las fechas pactadas no dan margen de maniobra.
Los contratos y la realidad de esta industria están por encima del sentimiento de la hinchada. Dura realidad, pero así es.
