Mientras la inteligencia artificial concentra la conversación empresarial, algunas compañías todavía tienen pendientes asuntos básicos de inventario, integración de sistemas y trazabilidad.

Una empresa puede querer automatizar su operación, incorporar inteligencia artificial o mejorar la trazabilidad de sus productos. El problema aparece cuando, al comenzar el proyecto, descubre que la infraestructura que debería soportarlo todavía no está lista.

Felipe Behar, vicepresidente de Ventas y Gerente General para América Latina Norte y el Caribe de Zebra Technologies, dice haber encontrado ese escenario en compañías colombianas que buscan dar un salto tecnológico sin tener resueltos elementos más básicos de su operación.

Hay empresas medianas, por ejemplo, que todavía no cuentan con sistemas de gestión de bodegas (WMS) o sistemas de planificación de recursos empresariales (ERP). Otras quieren conectar inventarios con facturación mientras siguen administrando parte de la información en hojas de cálculo.

“Si yo tengo una empresa que quiere arrancar y me dice: ‘véndame las máquinas’, yo pregunto: ‘¿pero las va a usar con qué?’”, explicó Behar en entrevista con Forbes Colombia.

La pregunta cobra relevancia en momentos en que la inteligencia artificial ocupa buena parte de la conversación sobre inversión empresarial. Automatizar un proceso, sin embargo, no elimina la necesidad de saber qué información tiene una compañía, dónde está almacenada y si los sistemas que intervienen en la operación pueden comunicarse entre ellos.

Para Behar, la decisión tecnológica debería comenzar antes de escoger la herramienta.

“Yo puedo querer hacer un millón de cosas, pero primero veamos dónde estamos parados hoy en día y cuál es la ganancia inmediata cuando estamos haciendo ese cambio de proceso”, señaló.

Lo sofisticado no siempre va primero

Una inversión relativamente pequeña puede modificar un proceso más que una herramienta mucho más avanzada.

Behar pone como ejemplo el negocio de su hermano, que atravesaba un periodo de crecimiento y tenía múltiples procesos por mejorar. Después de revisar la operación, decidió empezar automatizando una parte limitada del inventario y del etiquetado.

“Eso para mí fue un cambio muy importante en un negocio que estaba escalando”, recuerda que le dijo.

Su argumento es que una empresa debería identificar primero dónde está perdiendo tiempo, generando errores o trabajando con información incompleta antes de decidir qué tecnología comprar.

“Yo creo que es muy importante tener los sistemas de información correctos, el WMS, el ERP, acompañado por supuesto de una tecnología en hardware que sea la correcta”, dijo.

La secuencia también importa porque una mala elección puede convertir una inversión destinada a aumentar productividad en un nuevo problema operativo.

Behar recuerda el caso de una compañía que amplió un centro de distribución y compró lectores portátiles de largo alcance buscando reducir costos. Cuando comenzó la implementación descubrió que, debido a las condiciones de iluminación de la bodega, los equipos no podían leer correctamente las cajas ubicadas en los niveles superiores.

“Hicimos todo el proyecto, escalamos el centro de distribución, la bodega tenía otro piso y al momento de la implementación no nos funcionó porque estaban ahorrando con una máquina que no era la correcta”, relató.

El aprendizaje, según Behar, es hacer una evaluación conjunta de software, equipos, condiciones físicas de la operación y retorno esperado antes de comprometer la inversión.

De horas de inventario a minutos

Hay casos colombianos donde el impacto sí puede cuantificarse.

Crystal, propietaria de marcas como Gef, Punto Blanco, Galax y Babyfresh, incorporó tecnología de identificación por radiofrecuencia (RFID) para gestionar inventarios en parte de su operación.

Según información entregada por Crystal y Zebra, el proyecto permitió alcanzar una precisión cercana al 99% en inventarios.

Antes de la implementación, un conteo podía requerir varias horas de trabajo y obligar incluso al cierre temporal de la tienda. En la experiencia descrita por Behar, el proceso pasó de alrededor de cuatro horas a entre 20 y 30 minutos mediante RFID.

En otra medición del mismo caso, las compañías reportaron que un conteo completo que podía requerir cerca de diez horas y ocho personas llegó a hacerse con dos trabajadores en aproximadamente una hora.

Más allá de la herramienta utilizada, el caso muestra la lógica económica de este tipo de inversiones: disminuir las horas destinadas a una tarea, aumentar la precisión de la información y liberar capacidad para otras funciones.

Crystal también reportó un aumento de 5% en las transacciones asociadas al inventario disponible en tienda después de centralizar esa información. Esa cifra no implica un crecimiento equivalente de las ventas totales de la compañía, pero sí muestra una consecuencia comercial de saber con mayor precisión qué productos están disponibles.

Automatizar también cambia el trabajo

La mejora en productividad abre otra discusión.

Si una tarea que anteriormente necesitaba varias personas durante horas puede realizarse con menos trabajadores y en una fracción del tiempo, parte del retorno de la automatización proviene precisamente de reducir el trabajo necesario para completar ese proceso.

Behar sostiene que eso no implica necesariamente eliminar puestos.

Durante una visita a una operación de manufactura observó a un empleado experimentado utilizando un dispositivo portátil para preparar cajas de prendas. La tarea podía realizarla en alrededor de un minuto, mientras que una persona sin experiencia con la herramienta podía tardar unos cinco.

“Yo creo que la tecnología es un complemento”, dijo Behar, quien considera que aprender a manejar estas herramientas también puede aumentar el valor de un trabajador en el mercado laboral.

Es, naturalmente, la posición de un ejecutivo de una compañía que vende tecnologías para automatizar estos procesos. Los casos citados no permiten establecer por sí solos cuál es el impacto de la automatización sobre el empleo en Colombia ni si las horas liberadas terminan convertidas en nuevas funciones, mayor producción o reducción de personal.

Sí permiten observar algo más concreto: productividad y sofisticación tecnológica no son necesariamente lo mismo.

Antes de hablar de IA

Behar cree que todavía existen compañías en las que procesos digitalizados vuelven temporalmente al papel, al registro manual o incluso al cálculo visual antes de conectarse nuevamente con otro sistema.

Ha encontrado empresas donde el inventario continúa haciéndose manualmente pese a contar con algunos dispositivos digitales, o donde el trabajador debe estimar visualmente las existencias porque el equipo disponible no alcanza a leer productos almacenados a determinada altura.

Ese tipo de brechas puede resultar menos atractivo que hablar de inteligencia artificial, pero tiene consecuencias directas sobre costos, errores, tiempos de operación y capacidad para crecer.

La discusión sobre inversión tecnológica, entonces, no necesariamente debería comenzar preguntando qué nueva herramienta incorporar.

Puede empezar con preguntas menos sofisticadas: qué proceso consume más tiempo, dónde se pierde información, qué sistemas no están conectados y qué cambio produce un retorno medible.

Solo después aparece la tecnología.

“Primero veamos dónde estamos parados hoy en día”, resume Behar.

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