Expertos de GRI y NUAM explicaron por qué el mercado desconfía de las métricas corporativas y cómo cerrar dicha brecha de credibilidad.
En un contexto donde los mercados han dejado de premiar únicamente los resultados financieros para evaluar el impacto y la coherencia, la sostenibilidad se ha consolidado como el nuevo campo de juego de los negocios. Durante la Semana de la Sostenibilidad de Forbes Colombia el diagnóstico es claro: el greenwashing ya no convence a nadie. Las corporaciones hablan constantemente de impacto, pero el mercado desconfía.
En el panel “Los retos de comunicar la sostenibilidad”, Andrea Pradilla, directora regional para Global Reporting Initiative (GRI) Latinoamérica, y Carlos Barrios, gerente senior de sostenibilidad de NUAM, delinearon la ruta estratégica para cerrar esta brecha de credibilidad corporativa. El principal obstáculo para generar confianza es la negativa del sector empresarial a reportar sus deficiencias. Según Pradilla, las organizaciones arrastran el sesgo de percibir la sostenibilidad como “el departamento de las cosas alegres”, omitiendo su responsabilidad frente al contexto de la crisis climática. “La pregunta es cómo contar cuando algo no sale bien, y cómo doy cuenta de ese impacto negativo para verdaderamente generar confianza”.
Para los tomadores de decisiones, el verdadero indicador de madurez ASG (Ambiental, Social y de Gobernanza) no es la publicación de un reporte impecable, sino la fricción institucional. Pradilla advierte que la medición estandarizada incomoda y obliga a la organización a replantearse desde el core de su negocio. Las áreas tradicionales, como la dirección legal o financiera, suelen resistirse a incorporar políticas de derechos humanos o gestión de impacto ambiental.
Barrios respalda esta postura, reconociendo que implementar el rigor de los indicadores genera tensiones en la operación diaria. “Cuando los ejecutivos comienzan a cuestionar ese número, comienzas a incomodar, y si incomodas entonces algo estás haciendo bien”, asegura el directivo de NUAM.
Esta transformación obedece a una lógica financiera y no filantrópica. “Todos estos riesgos de sostenibilidad, de clima y ahora de naturaleza, se vuelven riesgos financieros, van a terminar impactando los estados financieros de las empresas en el mediano y largo plazo”, sentencia Barrios. Esta materialización del riesgo ha dinamizado la oferta de instrumentos en el mercado de valores; solo en Chile, las emisiones de bonos temáticos superaron los US $1.600 millones en el año, productos de inversión que se convertirán en “la nueva normalidad” junto al desarrollo futuro de índices y fondos (ETF) con foco ASG.
En América Latina, donde el 98% del tejido empresarial está compuesto por pequeñas y medianas empresas, los requerimientos de la gran corporación generan un “efecto cascada”, explica Pradilla. Cuando un estándar global exige a las compañías “referentes” auditar su riesgo climático en la cadena de abastecimiento, la exigencia también llega a recaer directamente sobre la pymes. La medición progresiva de estos impactos dejará de ser una opción comercial para convertirse en una barrera de entrada ineludible en el ecosistema empresarial contemporáneo.
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Escrito por Juan Alejandro Quiroga Hernández.
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