La compra de vivienda, uno de los símbolos tradicionales del sueño americano, se volvió más difícil para los jóvenes. Ante ese escenario, la generación Z empieza a redefinir qué significa avanzar económicamente.
Durante décadas, el sueño americano estuvo asociado a una secuencia: estudiar, conseguir empleo, ascender, comprar una casa y alcanzar estabilidad financiera. Esa ruta, que durante años funcionó como referencia de progreso, dejó de ser una garantía para buena parte de los jóvenes adultos. Para la generación Z, el problema, además de entrar al mercado laboral o mejorar sus ingresos, esta en comprobar que esos pasos ya no aseguran el acceso a los hitos que antes marcaban el avance económico.
Las cifras generales de la economía pueden mostrar crecimiento, empleo y actividad, pero esos indicadores no siempre se traducen en una sensación de bienestar. Para muchos jóvenes, el éxito no se mide en el comportamiento del PIB o en la tasa de desempleo, sino en la posibilidad de cumplir metas concretas y sentir que la siguiente todavía está al alcance. Esa percepción se ha debilitado, especialmente alrededor de la vivienda.
El mercado inmobiliario resume buena parte de esa ruptura. En ciudades con alto costo de vida, la compra de una casa parece fuera del alcance incluso para hogares con ingresos medios. En Los Ángeles, 99% de las viviendas en venta no son asequibles para una familia que gana el ingreso medio local. En Nueva York, la proporción llega a 92%, mientras que en Boston alcanza 89%. El fenómeno no se limita a las grandes ciudades costeras: en Estados Unidos, solo 39% de las personas de 28 años son propietarias de su vivienda, frente a 43% de la generación X y 44% de los baby boomers cuando tenían esa misma edad.
En Colombia, el fenómeno también tiene una expresión propia. La Encuesta Nacional de Calidad de Vida del DANE mostró que, en 2025, 40,8% de los hogares vivía en arriendo o subarriendo, mientras que 38,1% habitaba en vivienda propia, sumando quienes ya la tenían totalmente pagada y quienes aún la estaban pagando. El arriendo ya supera a la vivienda propia en el total nacional.
El dato es más visible en Bogotá, donde 57,4% de los hogares vive en arriendo o subarriendo. Esa proporción ayuda a entender por qué la discusión sobre vivienda no pasa únicamente por la compra, sino también por el costo mensual de vivir en las ciudades donde se concentran más oportunidades laborales, educativas y de servicios. Para los jóvenes, independizarse puede implicar asumir un canon alto antes incluso de empezar a ahorrar para una cuota inicial.
Asimismo, el país mantiene un déficit habitacional que muestra que el problema no se reduce al precio de compra. En 2025, 25,6% de los hogares colombianos estaba en déficit habitacional, frente a 26,8% en 2024. Aunque hubo una reducción, el indicador sigue reflejando carencias estructurales y no estructurales en la vivienda. El déficit cuantitativo, asociado a falta de vivienda o problemas de espacio y estructura, fue de 6,3%, mientras que el cualitativo, relacionado con condiciones susceptibles de mejoramiento, llegó a 19,3%.
Conseguir empleo, recibir aumentos y ahorrar una parte del salario, actualmente, no se percibe como una vía segura hacia la propiedad. A esa incertidumbre se suma la irrupción de la inteligencia artificial en los cargos de entrada, lo que dificulta incluso el primer paso de la trayectoria laboral. Para una generación que observa cómo se reduce la conexión entre esfuerzo y resultado, el camino tradicional hacia el progreso empieza a perder claridad.
Algunos investigadores han descrito esa sensación como nihilismo económico. El nihilismo, como concepto filosófico, parte de la idea de que la vida carece de sentido. En su versión económica, alude a la percepción de que perseguir el éxito financiero ya no tiene significado. Investigadores de la Universidad de Chicago y Northwestern han encontrado que la falta de vivienda asequible puede llevar a ese tipo de “renuncia”, expresada en mayor consumo, menor esfuerzo y más disposición a asumir riesgos.
Quienes salieron de la universidad durante la Gran Recesión también enfrentaron un inicio laboral complejo. En 2010, la tasa de desempleo para personas de 20 a 24 años llegó a 15,5%, el nivel más alto registrado desde 1948. En 2025, esa tasa fue de 8,3%. Esa generación también cargó con deuda estudiantil y, aunque los precios de la vivienda habían caído, muchos no tenían empleo o estaban demasiado endeudados para aprovechar ese momento.
Durante varios años, los millennials ajustaron sus expectativas, normalizaron el cambio frecuente de empleo, apostaron por emprendimientos con apoyo de deuda barata o regresaron a estudios de posgrado mientras esperaban una mejora del mercado laboral. Hacia 2015, el empleo se había recuperado, los ingresos crecieron y una parte importante pudo reducir deuda y comprar vivienda. Hoy, un millennial de 44 años tiene una probabilidad de ser propietario similar a la que tenía una persona de la generación X a esa misma edad.
Por otro lado, la generación Z enfrenta una paradoja distinta: no entró al mercado laboral en medio de una recesión, el mercado bursátil ha tenido buenos resultados y, aun así, la confianza de los consumidores se mantiene en niveles bajos. Según la Encuesta de Consumidores de la Universidad de Michigan, los adultos menores de 35 años han registrado la mayor caída porcentual en sentimiento económico de cualquier grupo de edad durante la última década. El auge de las acciones, además, beneficia en mayor medida a estadounidenses mayores y con más patrimonio, que ya cuentan con ahorros invertidos.
Asimismo, la distancia entre quienes acumulan riqueza y quienes apenas intentan entrar al sistema también se observa en la compra de vivienda. Una encuesta de Redfin de 2025 encontró que menos de seis de cada diez compradores recientes de la generación Z y los millennials usaron dinero ganado por ellos mismos para financiar el pago inicial. Muchos recurrieron a regalos familiares, herencias o ganancias en criptoactivos. Cuando la propiedad depende de la riqueza heredada o de apuestas exitosas, los símbolos tradicionales del éxito pierden parte de su sentido, porque dejan de estar ligados de manera directa al esfuerzo.
El panorama, sin embargo, no está cerrado para esta generación. La asequibilidad de la vivienda empieza a mostrar señales de mejora: en 2026, el ingreso necesario para pagar la hipoteca de una vivienda de precio medio bajó. Economistas de Redfin proyectan que esa tendencia podría continuar durante la próxima década, a medida que los ingresos crezcan más rápido que los pagos de vivienda y los baby boomers transfieran propiedades. En ese proceso, la generación Z podría recibir, renovar, subdividir y reinterpretar parte del inventario habitacional que dejan las generaciones mayores.
Para Joseph Andrew, integrante de la generación Z y estudiante de contabilidad en la Universidad de Miami, el panorama económico ofrece más oportunidades de las que muchos jóvenes reconocen. “Las oportunidades que abrió la tecnología son mucho más amplias que las que existían en el pasado. Cada vez que abrimos redes sociales vemos un nuevo ejemplo de alguien que se hizo ridículamente rico con un negocio de nicho. La generación Z subestima cuánto mejor está, porque la vivienda es lo único que todavía no puede tener, y se enfoca demasiado en eso”, sostuvo.
El filósofo y youtuber Michael Burns relaciona esa sensación con lo que Kierkegaard llamó la ansiedad de lo infinito: la inquietud que surge no solo cuando hay pocas opciones, sino cuando todo parece potencialmente posible. Para una generación expuesta a múltiples formas de riqueza, trabajo e independencia, el problema no siempre es la falta de alternativas, es la dificultad de saber cuál puede conducir a una estabilidad real.
En política pública, esa tensión empieza a trasladarse al debate sobre alquiler, propiedad y oferta de vivienda. A medida que más jóvenes permanecen como arrendatarios hasta el final de sus 30 años, Burns considera que la generación Z podría dirigir parte de su esfuerzo hacia la defensa de derechos de los inquilinos, la vivienda gestionada por residentes y una mayor oferta de vivienda pública para la clase media. La tendencia ya aparece en ciudades de alto costo y orientación progresista. El alcalde Mamdani hizo de la protección de los inquilinos de Nueva York frente a arrendadores negligentes y abusivos uno de los puntos centrales de su elección.
Seattle también ha empezado a moverse en esa dirección. La ciudad adquirió recientemente un edificio de 150 apartamentos en el centro, con planes para alojar familias que paguen tarifas de mercado y tarifas subsidiadas para hogares de ingresos medios y bajos. Además, proyecta adquirir y desarrollar 1.800 unidades a través de su promotor de vivienda social. Aunque pueda parecer contradictorio, hacer más asequible el arriendo podría elevar la tasa de propietarios de la generación Z en el largo plazo, porque permitiría ahorrar con mayor facilidad para el pago inicial de una vivienda.
En esa línea, la vivienda multifamiliar aparece como una alternativa para quienes asocian la propiedad con redes de apoyo cercanas. Un edificio pequeño, un dúplex o una casa con unidades adicionales puede permitir que amigos o familiares vivan en el mismo espacio, compartan gastos y mantengan cierta independencia. En otros casos, la prioridad puede estar en intervenir una vivienda, renovarla y adaptarla al gusto propio sin pensar solo en su valor de reventa. Para quienes quieren permanecer en zonas urbanas, un apartamento cerca del transporte público puede tener más sentido que una casa unifamiliar en los suburbios.
Igualmente, esas decisiones requieren una oferta de vivienda más amplia y reglas urbanas que permitan distintos formatos. La generación Z tendrá que presionar por normas que habiliten la construcción de dúplex, unidades accesorias, condominios y apartamentos de varios tamaños, tanto para personas solas como para familias. La zonificación exclusiva para viviendas unifamiliares limita esas opciones y mantiene a muchos hogares dentro de un modelo cada vez menos asequible. En ese escenario, el sueño americano quedaría ligado a formas más diversas de estabilidad, propiedad y comunidad.
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