El director ejecutivo, Jaime Alonso Restrepo Carmona, enfatiza que, ante la actual crisis global, la universidad está llamada a posicionarse, no solo como un centro de pensamiento y formación, sino como el principal motor de transformación del Estado y del tejido empresarial.

A lo largo de la historia, la universidad ha demostrado una inmensa resiliencia, anticipándose y adaptándose a través de la evolución de sus tres ejes misionales.

La docencia: En su etapa fundacional (Edad Media y Renacimiento), la universidad funcionó como un gremio dedicado a la conservación y transmisión de saberes. Su objetivo era preservar el conocimiento e instruir a las élites.

La investigación: En el siglo XIX, bajo la influencia de Wilhelm von Humboldt, la universidad integró la investigación. Ya no bastaba con repetir el pasado; el mandato era descubrir nuevas verdades científicas mediante la creación de laboratorios. Por primera vez, el profesor no solo enseña lo que ya se sabe, sino que tiene el deber de descubrir conocimiento nuevo.

La Extensión: Al calor de las revoluciones industriales, el Estado exigió a la universidad que la ciencia resolviera problemas reales. A finales del siglo XIX, en la gestación de la Segunda Revolución Industrial con el advenimiento de la electricidad, el automóvil y el teléfono, la universidad se convierte en un eje de desarrollo de EE. UU., recurriendo a la investigación aplicada para desarrollar nuevos inventos; es así como se vuelve un proyecto de Estado, y de la mano de la I+D+i, se da un salto a la Tercera Revolución Industrial durante la segunda mitad del siglo XX, con el advenimiento de la electrónica, la computación y la internet, entrando aceleradamente en la Cuarta Revolución Industrial, en donde se forja una competencia entre máquinas y humanos debido a la automatización y la inteligencia artificial.

Actualmente en la Quinta Revolución Industrial, la colaboración hombre-máquina ha mejorado la capacidad creativa de resolución de problemas y toma de decisiones y se prioriza el bienestar del trabajador.  Se despeja el camino hacia la Sociedad 5.0, donde los avances tecnológicos se disponen al servicio de las personas para resolver los problemas de la vida cotidiana. 

Hoy, la innovación, la transferencia de conocimiento y el emprendimiento, asumen un papel protagónico. El conocimiento se materializa en patentes, incubadoras, startups y spinoffs. Entramos en la batalla para lograr que el dinero y la riqueza dejen de ser un tabú académico para entenderse como un medio que alcanza fines superiores, el de formar profesionales de alta calidad, generar nuevo conocimiento, propiciar el bienestar social y la felicidad.

Fotografía: Cortesía Rotorr

En este contexto, la historia de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia es, en esencia, la historia de la industrialización de Colombia. Su relación con UC Berkeley es un vínculo de “ADN compartido” que moldeó la ingeniería en el país. Fue fundada inicialmente como Escuela Nacional de Minas en 1887 por Tulio y Pedro Nel Ospina, quienes importaron el modelo pragmático y federal (Land-Grant) de la UC Berkeley: educación práctica financiada por el Estado y vinculada a la industria.

Con su divisa “ciencia y experiencia“, y bajo la visión de pensadores como Alejandro López, se introdujo la “administración científica” (taylorismo) a Colombia. En Medellín el ingeniero no despreciaba al obrero, sino que estudiaba su labor para optimizarla, promoviendo el ascenso social. Este modelo forjó verdaderos “capitanes de industria” y, de sus egresados, se produjo una cantera de empresarios y gerentes, liderando la creación de EPM, Argos, Bavaria, Coltejer, Fedecafé, entre otros.

Asimismo, Pedro Nel Ospina, en su presidencia (1922-1926) conocida como la de la “prosperidad a la brava“, aplicó la ingeniería a la administración del Estado (creó el Banco de la República y la Contraloría, construyó ferrocarriles y puertos). La Facultad de Minas fue el “puente” que permitió que los industriales y el Gobierno hablaran el mismo idioma, el de la ingeniería aplicada. Es fascinante dilucidar la “magia” de la Facultad de Minas: logró unir la disciplina conservadora con el pensamiento modernizador liberal, atravesando fronteras políticas inimaginables.

Hace 10 años, la universidad emprendió un benchmarking, destacándose dos iniciativas. La primera, Silicon Valley, en EE. UU.,resultado de la simbiosis histórica entre la industria y universidades como Stanford, UC Berkeley y San José State. El valle heredó el espíritu de Thomas Edison del trabajo en equipo, “fallar rápido y experimentar mucho”, el sistema de patentes y la comercialización de la ciencia. Como resultado las universidades actuaron como fábricas de talento, promovieron la cultura de spinoff, donde profesores y alumnos fundan empresas a partir de sus investigaciones, convirtiendo a la universidad en el eje del libre mercado tecnológico. La segunda, el Parque Científico Ideon en Suecia, fundado en 1983 por la histórica Universidad de Lund. Ideon vinculó el ámbito científico con el comercial bajo un modelo escandinavo, enfocado en la colaboración, la biotecnología, la sostenibilidad y el estado de bienestar.

Tras estudiar estos ecosistemas, la Unal crea a Rotorr, una spinoff universitaria sin ánimo de lucro anclada al sector de la economía social y solidaria. Su existencia se justifica en la necesidad de impulsar la innovación, la transferencia de conocimiento y el emprendimiento, en línea con las tesis del “Estado Emprendedor” de pensadoras como Mazzucato.

En solo 3 años, Rotorr demostró su capacidad de gestionar ágil y transparentemente más de 500 mil millones de pesos en proyectos. Rotorr lleva en su ADN el espíritu ingenieril y gerencial de la Facultad de Minas para potenciar las mipymes a través de la reindustrialización basada en el conocimiento.

Actualmente, gestionan una alianza con Acopi para desarrollar proyectos de investigación conjuntos, que permita a las empresas acceder a conocimiento y recursos de vanguardia; transferir tecnologías desarrolladas en la universidad a las empresas; apoyar a empresas brindándoles acceso a recursos, mentores y redes de contactos; vincular a estudiantes y recién graduados de la universidad, lo que les facilita reclutar talento fresco y capacitado; y acceder a financiación y recursos para desarrollar sus proyectos y productos.

Esta es la apuesta que ya avanza desde Rotorr, aumentando las capacidades del tejido empresarial colombiano, creando empleos e impulsando el crecimiento económico y el desarrollo social del país. Por ello, en Rotorr la premisa en la que más creen es que la tarea es “desde las mipymes a los escritorios”.