El banco central cambió por completo sus medidas de seguridad y creó una oficina de comunicaciones, a partir del hecho.

A raíz del estreno de la serie de Netflix ‘El robo del siglo’, basada en el monumental robo de $24.000 millones al Banco de la República en 1994 a su sede en Valledupar, el codirector de la entidad, Gerardo Hernández, analizó recientemente el manejo que el banco central tuvo que dar al precipitado escándalo que derivó.

“El robo fue raro porque no hubo ni un solo disparo, tuvo participación y complicidad de funcionarios del Banco de la República y de la Policía, lo que permitió que entraran con facilidad”, recuerda Hernández, mencionando que en ese momento se habían hecho grandes inversiones en seguridad.

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Los ladrones encontraron unos billetes nuevos, de los cuales unos se habían emitido y otros no. Eran casi 33 millones de dólares de la época que se habían llevado hasta esa bóveda, porque entre el 16 y 17 de octubre, cuando ocurrió el robo, se acercaba la demanda de efectivo para las compras navideñas. “En 1994 no había ninguna de estas facilidades digitales que existen hoy en día, las transacciones se hacían por cheque o por efectivo”, indicó. En la zona de Valledupar, por su importancia en las actividades ganaderas, el uso de efectivo era mucho mayor.

En ese momento surgieron complicaciones con las compañías de seguros e investigaciones con las autoridades de control. Se halló que el coordinador de seguridad, además de abrir la puerta, fue apagando todas las alarmas, porque recién se había activado una facilidad para desactivar alarmas que se disparaban con bastante frecuencia.

“Teníamos un edificio con una gran infraestructura y con la gran dificultad de que un funcionario pudiera ser cómplice de una banda de asaltantes”, dice Hernández, al resaltar que luego se empezaron a hacer bóvedas aéreas y se fortaleció todo el sistema de alarmas, que pasaron a ser administradas por la Policía.

La primera reacción de la administración del banco central fue comunicar que los billetes que habían salido a circulación no estaban emitidos y a mirar con rapidez qué se decía a nivel internacional, pero en el mundo no había un caso parecido de un robo de tal magnitud.

“Empezó a desencadenarse una serie de procesos muy complejos, los bancos empezaron a quejarse de que no podían revisar uno por uno todos los billetes. Un billete emitido y no por emitir, son iguales, la única forma de diferenciarlo es por el número de la serie. Fueron los primeros que saltaron que ellos no podían hacer esa revisión”, cuenta Hernández.

La Fiscalía pidió que se retuvieran los billetes con esos números, así que las personas empezaron a desconfiar de los billetes, rechazando las denominaciones de $2.000, $5.000 y $10.000. “Empezaron a llamarlos billetes vallenatos”.

En una junta de 10 horas, el Banco de la República tomó la decisión de adoptar un concepto jurídico que determinaba que el banco tenía que proteger a los terceros de buena fe y la confianza de las personas en el dinero.

Lo que vino luego fue que, aunque existía una póliza de seguros por 300 millones de dólares, las reaseguradoras en Londres explicaron que como en principio se dijo que los billetes no tenían valor, el siniestro no existía porque lo que se había robado era papel. En ese caso, al determinar que los billetes eran válidos por aquel concepto jurídico, las reaseguradoras sostenían que la Junta Directiva ordenó el siniestro.

“La discusión fue larguísima, hubo viajes a Londres, encuentros con reaseguradoras y abogados. Finalmente, después de muchos viajes, se logró que las compañías de seguros reconocieran la totalidad del siniestro”, dice el codirector del Banco de la República.

Además, se estableció una política de canje para satisfacer la decisión de la Fiscalía de retener los billetes. Las personas se acercaban al banco central y se los cambiaban por nuevos, luego de un estudio de antecedentes penales. Fueron tres años y 18 meses de canje, reconociendo que este era un proceso que se daba de manera gradual.  

Hernández aclara que en ese momento no hubo ningún problema en la economía, ni ningún efecto en la inflación. “Los efectos fueron más sobre los temas de confianza del público en la moneda y la reputación del Banco que se vio afectada”, comenta Hernández. De hecho, a partir de este escándalo, fue creada la Dirección de Comunicaciones del banco central, que hasta la fecha tiene la misión de hacer pedagogía y divulgación de la política monetaria del país.