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Las transferencias monetarias no son la solución a la pobreza

¿Cuál es el camino de las políticas sociales? Un análisis a las ayudas de los Estados en tiempos de pandemia.

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Previo al surgimiento de los Estados benefactores modernos en el siglo XX, la mayor parte de las medidas para aliviar la pobreza en el mundo estaban basadas en ayudas directas a las personas de menores recursos; esto, normalmente, en forma de alimentos o dinero y bajo el concepto de la caridad religiosa.

El rol de este tipo de ayudas decreció sostenidamente en todo el mundo ante la expansión de sistemas más amplios de protección social que consideraban la provisión colectiva de servicios de salud, educación, y recreación.

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Sin embargo, en años recientes, ha revivido el interés y uso de las ayudas directas a la población vulnerable. En particular, las transferencias monetarias (i.e. envíos de dinero a hogares pobres) se han vuelto un instrumento de política cada vez más común.

La necesidad de compensar la drástica caída en los ingresos de la población, producto de las cuarentenas del Covid-19, trajo la implementación acelerada de gigantescos programas de transferencias monetarias a lo largo y ancho del planeta. Para muchos, esta es una inequívoca señal de que la solución definitiva a la pobreza está en manos de los Estados y es mucho más sencilla de lo que se había pensado por generaciones; basta con enviarle dinero a la gente que lo necesita.

Además de su simpleza, las transferencias monetarias tienen dos tipos de virtudes. Por un lado, son bastante efectivas, al menos a pequeña escala. Años de evidencia de programas en distintas partes del mundo indican que los receptores de transferencias monetarias, en promedio, mejoran sus condiciones de vida (e.g. se alimentan mejor, se enferman menos, invierten más en educación) y no reducen su disposición a trabajar.

Por otro lado, las transferencias monetarias gozan de cierta bondad moral, relacionada a sus cimientos liberales. Aunque algunas son condicionadas, los beneficiarios de las transferencias monetarias suelen tener bastante autonomía a la hora de decidir qué hacer con el dinero que se les entrega. De tal forma, no solo se les dan recursos a personas que realmente los necesitan, sino que también se les da libertad para su uso, lo cual, en sí mismo, puede interpretarse como algo que genera bienestar.

No obstante, a pesar de estas virtudes, yo creo que las transferencias monetarias no son la solución correcta al problema de la pobreza.

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Dejando de lado la cuestión de qué tan viable y efectivo puede ser un programa de transferencias monetarias de la escala necesaria para ser el corazón de la política social, el principal problema de esta estrategia es que, inevitablemente, exige reducir los recursos de los sistemas de bienestar moderno, y no compensa los atributos fundamentales que estos proveen.

Por un lado, muchos de los bienes y servicios que proveen los Estados benefactores modernos son tradicionales bienes públicos, los cuales no son provistos por los mercados en los niveles óptimos. Por tanto, incluso con la capacidad de pago, muchas personas no podrían acceder a estos bienes si el Estado no los produce.

Más interesante, sin embargo, es que incluso si el mercado pudiera proveer naturalmente todos estos bienes y servicios, las transferencias monetarias poco hacen para reducir las grandes disparidades materiales y simbólicas que dominan las sociedades de mercado. Mientras las transferencias monetarias no sean mayores al ingreso promedio, cosa que políticamente parece inevitable, las clases medias y altas siempre podrán acceder a más y mejores bienes.

En particular, podrán tener más y mejor salud, educación, y recreación, las cuales son fundamentales para la generación de ingresos futuros. He ahí la perpetuación de las disparidades materiales. Los más pobres seguirá teniendo menos oportunidades que los más ricos.

Adicionalmente, la salud, la educación, y la recreación son fundamentales en la jerarquización social, puesto que son espacios de interacción y formación de lazos sociales. Una sociedad donde la clase media y alta va a sus mejores colegios, sus mejores hospitales, y sus mejores parques, es una sociedad donde habrá permanentemente pobreza relativa.

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He ahí la perpetuación de las disparidades simbólicas. Los pobres podrán tener dinero adicional, pero seguirán siendo percibidos como una población de segunda categoría.

Nótese que las disparidades simbólicas son, además, fundamentales para la estabilidad de las democracias liberales. Es difícil soportar la narrativa de que todas las personas son iguales, cuando lo que hay son ricos que resuelven los problemas de los pobres enviándoles dinero y no haciéndolos parte integral del sistema que les ha permitido a ellos ser ricos en primer lugar.

Así las cosas, sí hay espacio para las transferencias monetarias en una política social óptima. Existen muchas necesidades puntuales de hogares en situación de vulnerabilidad que no es viable ni eficiente que el Estado pase a solucionar directamente. En esos casos, las transferencias monetarias son intervenciones ideales.

Sin embargo, este es un rol menor. Una verdadera política social incluyente requiere un sistema en el que la sociedad masivamente provea bienes públicos de calidad a los que todos, tanto ricos como pobres, puedan acceder conjuntamente.

Contacto
LinkedIn: Javier Mejía Cubillos
*El autor es Asociado postdoctoral en la división de Ciencias Sociales de la Universidad de Nueva York- Abu Dhabi. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Investigador de la Universidad de Burdeos e investigador visitante en la Universidad de Standford.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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