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¿A qué edad se debe hacer un doctorado?

Los estudios de doctorado no son para todo el mundo. Le explicamos por qué y cuáles son la razones a tener en cuenta a la hora de tomar la decisión.

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Con cierta frecuencia, mis estudiantes me preguntan ¿cuál es la edad apropiada para hacer un doctorado? Responder esto no es sencillo, pero quisiera dar aquí una serie de reflexiones prácticas para quien se encuentre enfrentado esa pregunta. Me concentraré en argumentos profesionales de la persona promedio. Por supuesto que existen circunstancias particulares y motivaciones personales alrededor de esta pregunta y cada quien debería evaluar qué tanto estas reflexiones se ajustan a su situación.

Antes que nada, hay que decidir si se quiere o no hacer un doctorado. Esta es una pregunta difícil, que debe pensarse cuidadosamente. Hacer un doctorado tiene implicaciones profundas para la vida profesional y personal de quien decide hacerlo. Mi opinión al respecto es que hacer un doctorado es una mala idea para la inmensa mayoría de personas. Solo aquellos que tienen un especial deseo por ser investigadores o intelectuales y, particularmente, por desarrollar una carrera dentro de la Academia, deberían considerar hacer un doctorado.

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Luego de tener claro que se quiere hacer un doctorado viene la pregunta de cuál es el momento óptimo para hacerlo. Mi respuesta corta es: tan pronto como sea posible. Hay dos grandes razones para pensarlo así.

Primero, un doctorado es, ante todo, una inversión en un activo cuya funcionalidad principal es dar acceso a cierto tipo de espacios, fundamentalmente acceso a las discusiones de alto nivel en la academia. Así, por ejemplo, si se quiere ser profesor de una universidad prestigiosa es necesario tener un doctorado. Debido a la inercia del mundo académico, un doctorado es un activo que se deprecia bastante poco. Es decir, a diferencia de un computador del 2000, que difícilmente puede realizar las tareas necesarias en una empresa moderna, un cartón de doctor del 2000 sigue permitiéndole a alguien ser profesor en una universidad tal como lo haría un cartón de 2020.

Es más, existen razones para pensar que la rentabilidad de un doctorado aumenta con el tiempo.  Una de estas razones es que el prestigio es fundamental en el éxito académico y éste toma tiempo en consolidarse. Así, por ejemplo, aquella persona con el doctorado del 2000 ha tenido 20 años de ventaja sobre el del doctorado del 2020 para capitalizar su trabajo en forma de reputación dentro del mundo académico, lo cual debería traducirse en mayor influencia y mejores oportunidades laborales.

Segundo, los costos de oportunidad de hacer un doctorado aumentan con la edad. Puesto que la mayoría de buenos doctorados son trabajos de tiempo completo, hacerlos implica renunciar a cualquier otro tipo de desarrollo profesional durante cinco o seis años. Esto, usualmente, conlleva al abandono total de cualquier sendero profesional que se haya construido hasta el momento. Así, entre más adelante se esté en ese sendero, más se perderá con la decisión de iniciar el doctorado.

Entonces, un doctorado es una inversión en un activo que se deprecia poco, con retornos que aumentan con el tiempo y con costos que se hacen mayores con la edad. Entonces, debería ser claro que entre más pronto se tome la decisión de iniciar el doctorado, más valor se puede extraer de él.

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Ahora bien, esto tiene una serie de matices. Creo que existen dos especialmente relevantes. El primero es una situación en la que se duda de si se quiere o no hacer un doctorado. En este caso, por supuesto, es importante tomarse el tiempo necesario para pensarlo y estar convencido de que hacerlo es lo deseado.

El segundo matiz tiene que ver con que, bajo ciertas circunstancias, acumular experiencia y rezagar la realización del doctorado puede aumentar profundamente la rentabilidad de hacerlo. Por un lado, investigar es, en su esencia, pensar el mundo. Y pensar el mundo es una labor que suele nutrirse de la experiencia vital. Yo, por ejemplo, suelo encontrar particularmente interesante la obra de intelectuales con experiencia previa fuera de la academia. En ese sentido, tomarse unos años antes de empezar el doctorado para acumular vivencias valiosas puede llegar a enriquecer mucho la producción postdoctoral y el impacto final del doctorado.

Por otro lado, dado que la academia es un ambiente altamente jerárquico (por no decir elitista), el lugar donde se hace el doctorado importa bastante. Doctorados de universidades de élite ofrecen oportunidades laborales bastante mejores que los de universidades promedio. Puesto que ser admitido a este tipo de doctorados es extraordinariamente difícil, algunos años de experiencia y desarrollo profesional suelen aumentar la probabilidad de ser admitido a estos.

En mi opinión, aunque es importante tener en cuenta estos dos matices, creo que ellos no cambian la recomendación fundamental. La razón es que ambos presentan rendimientos decrecientes. Los primeros 2 o 3 años de experiencia profesional suelen ser bastante instructivos a nivel personal, pueden enriquecer bastante la hoja de vida, y ofrecer una serie de contactos y herramientas que aumentan las probabilidades de ser admitido a programas doctorales más prestigiosos. Sin embargo, con el tiempo la contribución de la experiencia predoctoral a una carrera académica se va reduciendo y empieza a ser rápidamente compensada por los costos de oportunidad a los que me refería antes.

Así las cosas, diría que un joven, luego de un par de años de terminar el pregrado, está en el momento ideal para empezar a aplicar a doctorados. Y esto no quiere decir que en edades posteriores no sea apropiado hacer un doctorado. Es más, yo diría que no existe algo tal como una edad demasiado tardía para hacerlo. Simplemente quiere decir que, en la mayoría de casos, las ventajas de iniciar pronto el doctorado serán mayores que las de retrasarlo.

Contacto
LinkedIn: Javier Mejía Cubillos
*El autor es Asociado postdoctoral en la división de Ciencias Sociales de la Universidad de Nueva York- Abu Dhabi. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Investigador de la Universidad de Burdeos e investigador visitante en la Universidad de Stanford.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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