En un mundo que se muestra como igualitario, desde el sector empresarial hasta la familia, ¿realmente existe la igualdad para todos?
Uno de los principales legados de la Ilustración fue la masiva aceptación de la idea de que todas las personas son iguales. Sobre esta idea se ha construido buena parte de la institucionalidad de las sociedades modernas. Las democracias liberales mismas son, de cierta forma, una creación cuyo propósito es ordenar sociedades compuestas por personas iguales.
¿Pero esta idea es cierta en la práctica? Es decir, ¿somos realmente todos tratados como iguales por el sistema?
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Yo diría que no y estoy seguro que usted, estimado lector, también diría lo mismo. Por más que queramos pensarnos como iguales (sea como seres humanos, hijos de Dios, compatriotas, o cualquier otra identidad amplia), la sociedad nos trata a cada uno de forma diferente. En otras palabras, ciertas personas son tratadas mejor que otras de forma sistemática. Esto devela una subyacente jerarquía social en el sistema, donde unos están arriba y otros abajo.
Las fuerzas detrás de aquella jerarquía dependen del contexto. Algunos contextos valoran más lo que las personas son (e.g. su edad, su género) que lo que hacen (e.g. su trabajo, sus hábitos) o lo que tienen (e.g. su dinero, su educación). De cualquier forma, en todos los contextos, estar más arriba en la jerarquía social siempre ofrece beneficios representados en el acceso a mayores recursos y poder.
Lo interesante de esta cuestión está en cómo la discrepancia entre la realidad que percibimos (i.e. un sistema profundamente jerárquico) y la narrativa que construimos (i.e. un sistema profundamente igualitario) ha llevado a una suerte de disonancia cognitiva que parece profundizarse en años recientes.
Mientras la desigualdad económica aumenta en buena parte del mundo desarrollado, el discurso de igualdad se hace más popular y prevalente. Y aunque se habla mucho del aumento de la desigualdad, es bastante poco lo que se dice sobre la expansión de la narrativa igualitaria.
Aquella narrativa está presente, no solo en los discursos del activismo de izquierda que busca mayor redistribución, sino también en el establecimiento que busca sostener el estatus quo. Por ejemplo, en la comunicación corporativa actual es común el enmascaramiento de las relaciones jerárquicas bajo un lenguaje fraternal.
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En vez de describir la existencia de empleados que hace parte toda una línea de mando donde unos son jefes y otros subordinados, las empresas son cada vez más propensas a hablar de “colaboradores”, quienes buscan objetivos comunes en un ambiente de completa armonía. Con esto se ofrece una falsa idea de horizontalidad en lo que es, realmente, un contexto claramente jerárquico, con conflictos de intereses cotidianos. Es más, muchas empresas se refieren a sí mismas como “familias”, queriendo sugerir la existencia de cierta identidad común a la que todos, desde el portero hasta el CEO, pertenecen y que los hace, de cierta manera, iguales.
Esto último es algo paradójico, ya que la familia es quizá la organización jerárquica por excelencia. En las familias, como en toda organización de mamíferos de la misma especie, cada miembro tiene cierto rol más o menos bien definido, siendo aquellos de mayor edad, usualmente, los líderes y coordinadores de las actividades.
No obstante, en la actualidad, la narrativa de horizontalidad ha venido a permear incluso la forma en la que pensamos las relaciones familiares. Por ejemplo, hoy es bastante común la idea de que los papás deben ser amigos de los hijos, siendo la amistad, quizá, el tipo de relación más horizontal que puede existir entre dos personas. Esto, a pesar de que las responsabilidades y dinámicas naturales de la relación entre padres e hijos implican roles diferenciados, donde las jerarquías suelen ser inevitables.
Entonces, aunque esto puede parecer una queja tonta sobre cambio cultural, realmente se trata del señalamiento de un fenómeno fundamental detrás del malestar e inconformidad social de las nuevas generaciones. Las crecientes expresiones de insatisfacción con el sistema son una pieza de esta historia. A las personas cada vez les cuesta más navegar un mundo altamente jerárquico que se vende como igualitario y horizontal.
Sobre esto debe reflexionar la sociedad. Por supuesto que es conveniente generar narrativas que inspiren a las personas y las guíen hacia la consecución de objetivos morales superiores. La igualdad es una de ellas. Sin embargo, las narrativas no pueden responder exclusivamente a las aspiraciones de la sociedad, deben, además, servir para entender quienes somos realmente. Esto implica claridad respecto a cómo describimos el sistema que hemos creado y honestidad acerca del sistema que podemos generar.
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LinkedIn: Javier Mejía Cubillos
*El autor es Asociado Postdoctoral en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.
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