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El futuro de Colombia no depende de la pandemia

El país lucha por recuperar el nivel previo a la pandemia, pero Colombia debe saber que hay más retos en el horizonte. Volver al año 2019, como muestran los indicadores, no debería ser el único objetivo del próximo presidente.

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El próximo año es un año importante para la economía de Colombia. 

Gane quien gane las elecciones, en las urnas se decidirá quién será el próximo presidente y el gestor que gobernará Colombia durante los próximos 4 años. Teniendo en cuenta el contexto y la situación que atraviesa la economía, ya no solo en Colombia, sino a nivel mundial, hablamos de unas elecciones casi determinantes para el futuro del país. Es por esta razón que en esta última columna del año me gustaría reflexionar sobre ese futuro que le espera a la economía que hoy se posiciona como la cuarta economía de la región, pero que aspira a convertirse en mucho más que eso.

¡Veamos!

Desde que el COVID apareció en nuestras vidas, todas las miradas se centraron en el virus y la incidencia que mostraban los países a los que este había infectado. Como si de un cisne negro se tratara, una pandemia nos obligó a paralizar en seco la economía, provocando una crisis de dimensiones históricas que nos llevó a registrar hundimientos del PIB bastante pronunciados. Y es que fueron tan graves las consecuencias de esta pandemia en la economía y en el bienestar de los países a nivel mundial, que nadie podía mirar más allá del virus y de la propia incertidumbre.

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Los medios de comunicación, día a día, nos han mantenido informados sobre la situación que mostraban las distintas economías. La vacunación, desde hace meses, ocupa todos los titulares de los principales periódicos en el mundo. En la televisión, en la prensa, allá donde mirábamos, el virus y la pandemia centraban todos los focos y la atención de todos los periodistas. En otras palabras, combatir la pandemia ha sido, desde el inicio, una prioridad para los distintos mandatarios, pero ello no quita que, más allá de la pandemia, la economía colombiana debe atender otros problemas que siguen muy presentes y que, de la misma manera, lastran el crecimiento y el desarrollo.

En los últimos meses, todos los mandatarios han hecho alusión a la necesidad de recuperar el nivel previo a la pandemia. Tras la caída registrada, volver a los niveles que mostraba el 2019 es el gran éxito que las economías podían registrar en un momento de recuperación económica como el que vivimos hoy. Pero hay que decir que en el año 2019, el año previo a la pandemia, Colombia ya era una de las economías con mayor desigualdad económica; con mayor informalidad económica, a la vez que presentaba numerosos desequilibrios que hacían que esta situación no fuera la correcta y, mucho menos, la deseada.

Con una crisis como la actual, de dimensiones históricas, el objetivo debe ser recuperar el nivel previo a la pandemia, y para ello debemos tomar como referencia el ejercicio 2019. Hasta ahí todo va bien. No obstante, en 2019, y en Colombia, de acuerdo con el Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario, la informalidad era del 66,3%, es decir, 14.769.623 de personas en 23 áreas metropolitanas del país derivaban su sustento de actividades informales. De la misma manera y en el mismo año, esta misma economía se posicionaba como la segunda economía de América Latina con mayor desigualdad, con un coeficiente de Gini que se situaba en 0,53.

Así, lo que trato de decir con estas afirmaciones, y con estos datos que las sustentan, es que está claro que combatir el COVID es la prioridad en estos momentos, y que el siguiente paso es recuperar el nivel previo a la pandemia, pero ello no quita que, tras haberla superado, Colombia debe enfrentar numerosos retos que impiden que el país se desarrollo como debe. Pues recuperarnos del COVID no va a sacar a todas esas personas que hoy vemos desempleadas del desempleo; recuperarnos del COVID no va a reducir la desigualdad hasta niveles aceptables; recuperarnos del COVID no va a sacar de la economía informal a toda esa población que en esta se encuentra empleada.

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En definitiva, recuperarnos del COVID nos permitirá recuperar la situación previa, pero no la que precisa Colombia para impulsar, verdaderamente, su desarrollo.

Por esta situación, debemos atender el corto plazo, pero no deberíamos, por ello, desatender el medio y el largo plazo; especialmente en economías que presentan tantas debilidades, que se encuentran muy expuestas en cada crisis que se sucede. Pues olvidarnos de la perspectiva, olvidarnos de los retos que enfrenta el país en el medio y el largo plazo y, más importante aun, olvidarnos de las reformas estructurales que precisa el país para corregirlos es una autocomplacencia que el país colombiano no puede, ni debe permitirse. Pues no podemos hablar de una auténtica recuperación, hasta que el país no comience a apostar por su futuro, con esas reformas y esas medidas que precisa y que dependen del resultado de las elecciones del próximo ejercicio.

Pues no podemos cerrar el ejercicio pensando que en las próximas elecciones conoceremos al presidente que acabará con la pandemia, sino con la intención de conocer al presidente que aplicará las reformas que llevarán al país a registrar esa auténtica recuperación.

Por: Francisco Coll Morales*
*El autor es economista, Redactor jefe y jefe de análisis de Economipedia. Analista económico en más de 40 medios, nacionales e internacionales.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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Cinco cosas sobre restauración de ecosistemas para tener en cuenta (parte 1)

La regulación ya empieza a dar señales que orientan a las empresas hacia la restauración de los ecosistemas. Un abecé de algunas acciones que pueden marcar la diferencia en ese proceso.

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Ecosistemas

Hace diez años me adentré en la ruralidad colombiana, en especial en la región amazónica, con el objetivo de resolver una pregunta que me venía rondando la cabeza de tiempo atrás: ¿cómo restaurar nuestros ecosistemas de una manera responsable y efectiva? Este interrogante era, a su vez, el resultado de la enorme impotencia que sentía frente a la velocidad con la que aumenta la deforestación vs. las capacidades de quienes luchan contra este flagelo. Al final de la ecuación, los esfuerzos de aquellos comprometidos con la causa se diluían frente a la magnitud del problema.

Estos años de trabajo con las comunidades me han permitido analizar la ejecución de proyectos públicos, privados y de cooperación internacional en el país y derivar algunos aprendizajes para dar respuesta a la pregunta en mención y que hoy me propongo compartir de una manera directa y sencilla con ustedes, a través de esta columna.

Lea también: Recomendaciones para evolucionar de empresas sostenibles a empresas regenerativas

Es oportuno hablar sobre este tema porque hoy, por fortuna, la regulación empieza a generar señales de mercado (Ley 2169 de acción climática y la Ley 2173 de restauración ecológica, ambas del año 2021) para orientar a las empresas hacia la restauración de ecosistemas. Pero también, es la oportunidad para hacer las cosas de una manera responsable, si nuestra meta es trabajar de manera genuina por el clima, por nuestra biodiversidad y paisajes. Así pues, en medio de este contexto, empecemos con los primeros cinco aprendizajes:

1. Sin liderazgos comunitarios no hay restauración

Los mejores casos de conservación y restauración de nuestros ecosistemas están liderados por personas/comunidades que llevan la causa en el corazón. Por el contrario, los proyectos que carecen de este liderazgo, aunque gocen de la mejor estructuración técnica, terminan fracasando.

  • Recomendación: antes de tomar la decisión sobre desarrollar o apoyar un proyecto de compensación de su huella de carbono indague sobre el liderazgo comunitario y el compromiso de las personas que, en últimas, asegurarán que los recursos de compensación de la empresa se traduzcan efectivamente en medidas de conservación o restauración (acuérdese que un árbol necesita alguien que lo cuide).

2. Sin plata en el bolsillo no hay restauración

Es una ingenuidad pensar que una comunidad campesina va a conservar o “dejar plantar árboles” en su territorio porque sí, porque los árboles son vida. Las comunidades tienen la legítima expectativa de generar ingresos económicos para cubrir sus necesidades, tanto como usted o como yo. En las mentes de sus líderes opera el concepto del “costo de oportunidad”; es decir, si una vaca me renta X ingresos por hectárea, la restauración debería generarme X ingresos para que sea factible.

  • Recomendación: antes de compensar hágase la siguiente pregunta ¿cuál es el incentivo económico que la dueña/dueño de la finca va a recibir en los próximos meses/años para asegurar la persistencia de las medidas de restauración?

3. Con hambre no hay restauración

El Paro Nacional de 2021 lo viví en Florencia, Caquetá. Durante 41 días estuvimos prácticamente aislados del resto de Colombia por el bloqueo de la carretera en Altamira, Huila. Transcurridos 30 días desde el inicio del Paro el precio de los alimentos aumentó en un 400%, por lo que comprar comida era una verdadera hazaña y distribuirla, con escasez de gasolina, era una odisea.

En la vereda La Sardina, donde opera la Escuela Bosque – Amazonía Emprende, tuvimos que organizarnos con los vecinos para intercambiar alimentos. Esta experiencia me llevó a concluir que, de no abordarse con seriedad el tema de la seguridad alimentaria de las comunidades rurales, el resto de los temas de la agenda (restauración de ecosistemas, compensación de huella de carbono etc.) son un mal chiste que no produce risas.

  • Recomendación: dedique un porcentaje de la compensación de su huella de carbono a fortalecer la seguridad alimentaria de las comunidades que cuidarán sus inversiones en las zonas rurales.

4. El suelo lo es todo

Don Lucho, padre de mi mejor amigo, quien tiene gran experiencia en el manejo de árboles, me dijo: “escribe una columna que se titule es el suelo, ¡idiota!, ¡eeerdaaa!; es que nadie entiende que ese es el sustento de todo!” Y sí, don Lucho tiene toda la razón; si bien los árboles son importantes en un proceso de restauración, ellos no podrán dar lo mejor de sí en suelos poco descansados (habiendo retirado ganado, caballos, cultivos, etc.). Es recurrente ver procesos de restauración en suelos “apretados”, saturados de tóxicos o pobres en nutrientes.

  • Recomendación: para los tomadores de política pública, abordar el asunto de los suelos aún pendiente de abordar. Usted que quiere compensar su huella de carbono, indague sobre la calidad de los suelos donde van a crecer sus árboles e invierta también en el proceso de regeneración de los mismos.

5. Tenga paciencia

En los últimos meses he recibido llamadas y solicitudes de restauración, como medida de compensación de huella de carbono, que tienen la expectativa de ver los resultados de su inversión (tocar el árbol, documentar y comunicar el proceso) en lapsos muy cortos de tiempo, por ejemplo, un año. Si algo he aprendido en este último año, en el que el 50% de mis días transcurren en la Amazonía, es que el tiempo de los ecosistemas es muy distinto al ritmo de vida en las ciudades capitales.

El proceso de restauración de un sistema degradado por deforestación puede tomar décadas. De un potrero surge un rastrojo, de un rastrojo un cañero, al cabo de 10-15 años hablamos de bosques secundarios y no nos alcanzará la vida para caminar y disfrutar un bosque primario.

  • Recomendación: hay que tener paciencia cuando se invierte en un proceso de restauración; eso no significa dejar de documentar el proceso o tener expectativas sobre su inversión para compensar la huella de carbono. Pero sea realista sobre los tiempos e infórmese antes de prometer resultados a sus grupos de interés. Y, nuevamente, verifique el liderazgo de las comunidades y su contexto, pues son ellas las que finalmente pueden garantizar que de una pastura surja un bosque frondoso a futuro.

¡Hasta una próxima columna en donde continuaré con los siguientes cinco aprendizajes sobre restauración de ecosistemas!

Contacto:
Por:Julio Andrés Rozo*
*El autor es director de Amazonía Emprende: Escuela Bosque, ubicada en Florencia, Caquetá. Este proyecto académico se enfoca en fortalecer las capacidades de empresas y comunidades en  restauración de ecosistemas y compensación de huella de carbono.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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El crédito, la clave del crecimiento económico del 2021

Aunque el ingreso promedio por persona sigue por debajo de lo que era antes de la pandemia, el PIB está 2% por encima del 2019. Este fenómeno está impulsado por el nivel de endeudamiento de los colombianos. ¿Por qué?

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Tarjetas

En febrero, el Dane revelará las cifras del PIB colombiano y cuánto fue la producción en el país durante el año pasado. Se espera que el crecimiento económico del año del 2021 haya sido cercano a 10%, dando claras muestras de reactivación. Aunque el ingreso promedio por persona sigue por debajo de lo que era antes de la pandemia, ya el PIB está 2% por encima del 2019, lo que sugiere que el peor momento, afortunadamente, quedó atrás.

Cuando el PIB se desagrega por componentes de gasto, resulta que el comportamiento del consumo es la clave. En el caso colombiano, la historia muestra que el consumo total (que es la suma de los hogares y el Gobierno) explica alrededor del 85% del PIB. Si se mira exclusivamente el consumo de los hogares, éste representa un 70%. Por eso, cómo le vaya al consumo es determinante para la perspectiva de la economía.

Lea también: La recuperación del turismo en Colombia, aún no es suficiente

La buena noticia es que el consumo creció con fuerza en 2021 e impulsó la reactivación económica nacional. La contrapartida fue que el endeudamiento también creció muy significativamente para poder financiar ese gasto creciente de los hogares y del Gobierno. Por ejemplo, las cifras públicas del Ministerio de Hacienda muestran que, para cubrir sus gastos, el Gobierno Nacional tomó desembolsos de deuda por más de $90 billones (8,3% del PIB), lo que es un monto que prácticamente duplica la deuda que se tomaba habitualmente antes de la pandemia, que era de unos $50 billones anuales (4,6% del PIB).

La misma dinámica creciente se observa en la deuda que tomamos las personas, según las cifras recopiladas por la Superintendencia Financiera. Los desembolsos de créditos fueron $442.5 billones durante el 2021 y, pese a que no alcanzaron el nivel del 2019, los préstamos crecieron 22% en comparación con el 2020, cuando fueron $362,6 billones. La información reportada por los establecimientos de crédito muestra que se dispararon 51% los créditos de consumo y 36% los consumos con tarjeta de crédito, y que también crecieron los sobregiros y los créditos preferenciales.

El balance claro es que una parte muy importante del crecimiento económico y del consumo del año pasado fueron posibles solo gracias al crédito. A la vez, las cifras también evidencian que actualmente hay menos cartera vencida que en el 2020 y que la mora ya está en los mismos niveles habituales que antes de la pandemia. En comparación con el año anterior, a pesar de haber un nivel de deuda más alto, hoy la cartera es de mejor calidad en todos los establecimientos de crédito, con la única excepción de las compañías de financiamiento. Esta es una señal de confianza y una muestra favorable de reactivación de la economía.

Otro buen resultado es el enorme incremento en los créditos de vivienda, que aumentaron 54% en comparación con el 2020 y 26% cuando se comparan con el 2019. El sector constructor está recibiendo impulso: 1 de cada 14 pesos prestados durante todo el año pasado fueron destinados a vivienda, lo que seguramente está asociado al programa de subsidios a la tasa de interés de los créditos hipotecarios que está vigente. Es una buena noticia, además, porque este sector genera más de 1.6 millones de empleos y da muestras claras de recuperación.

En este panorama, la subida de tasas de interés mes para controlar las expectativas de inflación que arrancará con fuerza a finales de este mismo encarecerá el crédito, vendrá con menores desembolsos, una menor velocidad del consumo y, posiblemente, con un incremento en la mora. En ese necesario apretón monetario después del comportamiento del 2021 veremos nuevamente que el crédito y el sector financiero son fundamentales para el crecimiento económico.

Por: Germán Darío Machado Rodríguez* 
Twitter: @gmachrod 
*El autor es economista con opción en Gobierno, Magíster en Economía y Magíster en Políticas Públicas de la Universidad de Los Andes. Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes y del Colegio de Estudios Superiores de Administración -CESA. Ha sido miembro de Juntas Directivas de empresas del sector energético y del sector financiero colombiano y se ha desempeñado como Asesor del Ministro de Hacienda y Crédito Público. 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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Entre el romanticismo y la demonización del GEA

Para algunos el GEA es un grupo de héroes y para otros un grupo de villanos. Ambas visiones podrían ser incorrectas. ¿Por qué?

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El Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) se ha vuelto una figura polarizadora en la opinión pública colombiana.  Para unos, el GEA es un colectivo de héroes; unas amigables organizaciones que solo generan empleo y riqueza, siendo el símbolo supremo de la pujanza antioqueña y uno de los principales patrimonios de la región. Para otros, el GEA es un grupo de villanos; una mafia de avaros rentistas paisas, que no buscan más que mantener el poder de mercado de compañías ancestrales y su control sobre ellas a costa del bienestar de todos los colombianos.

Yo he estudiado por años a la élite empresarial antioqueña y pienso que ambas visiones acerca del GEA son erróneas—en cuanto a que malinterpretan el funcionamiento del Grupo—e inapropiadas—puesto que contribuyen a narrativas de intervención poco convenientes para la sociedad en general.

Lea también: Colombia es menos desigual de lo que creemos

Para empezar, los defensores del GEA tienen razón en reconocer en él un legado resaltable de la historia antioqueña. El GEA aglomera los remanentes de muchas de las empresas insignia de la región. Eso es valioso. También están en lo correcto en señalar que son empresas que generan muchos empleos y alimentan el ecosistema empresarial regional. Esto también es bueno. Sin embargo, nada de esto quiere decir que los intereses del GEA siempre estén alineados con los intereses de la mayoría de los antioqueños, y que protegerlos sea una responsabilidad de toda la sociedad.

Para entender esto, lo primero es reconocer que el GEA no es de todos los antioqueños, el GEA es de sus dueños y sus dueños son, primordialmente, la élite empresarial antioqueña. Es cierto que en Antioquia ha existido una cultura emprendedora donde se ha valorado ampliamente las iniciativas del empresariado. Las historias de abuelos comprando acciones de Coltejer y Fabricato para regalar a sus nietos de cumpleaños son ciertas. Pero para todos esos abuelos, y el resto de los accionistas minoritarios de las empresas antioqueñas, siempre fue claro que su participación en ellas eran apuestas puntuales al éxito de la élite empresarial regional más que generosos esfuerzos de las élites por democratizar el manejo de sus compañías.

Así que no, lo que es bueno para el GEA no es necesariamente bueno para todos los antioqueños. Es bueno para sus dueños y aunque muchos antioqueños han sido accionistas de estas empresas, la gran mayoría de las personas en la región no lo son, e incluso aquellas que sí lo son, al ser accionistas minoritarios, tienen poca voz y voto en las decisiones del Grupo.  

La primera generación de directivos del GEA trató de evitar la toma de los Santodomingo, los Michelsen y los Ardila; la segunda generación enfrentó las inflintraciones del narcotráfico; y la actual generación afronta las compras masivas de los Gilinski y el Royal Group.

Justamente en la forma de tomar decisiones dentro del GEA es que se basan muchos de sus críticos para demonizarlo. Y aquí también hay que reconocer algo de validez en aquellas afirmaciones. Es cierto que el accionar del GEA responde a los intereses de sus juntas directivas, cuyos miembros, como tal, no son los accionistas mayoritarios de las compañías. En ese sentido, Revista Semana, en una de sus ya regulares críticas a las directivas del GEA, tiene algo de razón al decir “los accionistas les entregaron las llaves de la finca a los mayordomos y estos se creen dueños”. De hecho, Nicanor Restrepo, quien fuese la figura más visible del GEA en los 90s, solía describir su función como eso, la de un capataz que administraba una finca de la que otros eran dueños.

Sin embargo, lo anterior no tiene nada de inmoral o ilegal. Esa es la naturaleza de las corporaciones. Las corporaciones son grandes aglomeraciones de individuos y su manejo está en las manos de una junta elegida por los accionistas.

Es más, la naturaleza corporativa del GEA es una de las cosas a elogiar de la élite empresarial antioqueña. A diferencia del ecosistema empresarial de otras regiones de Colombia, en Antioquia, la élite fue bastante exitosa desde finales del siglo XIX en generar iniciativas colectivas de gran escala, las cuales desbordaban la empresa familiar y se basaban en la corporación como figura organizacional. Esto permitió el surgimiento de un mercado de capitales particularmente robusto y un espíritu asociativo que fue fundamental en el desarrollo económico de la región.

Y aunque por décadas fue fácil rastrear el origen de los administradores de las grandes empresas antioqueñas a algunas de las familias fundadoras, estas familias se fueron ramificando y aquel linaje de ejecutivos se fue desvaneciendo. El GEA, no obstante, fue cultivando todo un nuevo estrato de ejecutivos dentro de las canteras mismas del Grupo. Gente entrenada en administración y promovida basada en sus méritos y fidelidad a los principios del Grupo. Los actuales gerentes de las compañías son la generación más reciente de dicho estrato y comparten los mismos objetivos de la larga tradición directiva del Grupo: manejar las empresas antioqueñas tradicionales de la mejor forma, manteniéndolas bajo el control antioqueño.

Entonces no, los directivos del GEA no son unos bandidos que le han arrebatado el poder a los pobres accionistas. Tampoco son unos santos que no quieren más que la prosperidad de la región. Son los representantes de la élite empresarial antioqueña tradicional, y quieren proteger estas empresas de negocios que las deterioren y de grupos que quieran arrebatarles su control.

La primera generación de directivos del GEA trató de evitar las tomas de los Santodomingo, los Michelsen, y los Ardila; la segunda generación enfrentó las infiltraciones del narcotráfico; y la actual generación afronta las compras masivas de los Gilinski y el Royal Group. Que estos esfuerzos fueran los más convenientes para el pequeño accionista de las empresas del GEA es difícil saberlo. Quizá bajo el control de estos otros grupos aquellas empresas podrían haber sido más exitosas y los pequeños accionistas haber tenido mejores retornos. Eso nadie lo sabe. Lo que sí se ha sabido desde un comienzo, y todo inversionista minoritario ha tenido esto claro, es que la identidad del Grupo implicaba el control antioqueño y en eso sus directivos han sido coherentes a lo largo de los años.

Así las cosas, siento que esta discusión debería propiciar el surgimiento de una actitud más realista de la opinión pública hacia el empresariado en Colombia. Es importante que dejemos de pensar a los empresarios como héroes o villanos. No son ni lo uno ni lo otro. Son actores primordialmente motivados por el lucro propio, pero son esenciales en la generación de riqueza y la prosperidad social.

Contacto
LinkedIn: Javier Mejía Cubillos*
*El autor es Asociado Postdoctoral en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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Retos del 2022 para el mercado TES

En términos de deuda pública, el mercado local enfrenta una combinación de factores que pueden reducir el apetito de los inversionistas. Así está el panorama para este 2022:

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Banco de la República

Los bonos públicos son un instrumento crucial en el esquema de financiamiento de cualquier gobierno y han cobrado aún más importancia con la pandemia. Dichos títulos en Colombia se denominan TES y en este contexto creo que vale la pena revisar cual fue su comportamiento en 2021 y que esperar en este inicio de 2022.

De acuerdo al Informe de Tenedores de Deuda publicado por el Ministerio de Hacienda para diciembre de 2021, el total de la deuda emitida en bonos por el gobierno es de 397.8 billones de pesos lo que representa un crecimiento de 14,35% frente al año anterior y de 27,37% frente a 2019.

Lea también: Inflación 2021: expectativa y realidad

Estos aumentos tienen sentido entendiendo que debido a que la implementación de medidas por efecto de la pandemia ha aumentado el gasto público y con ingresos que no crecen al mismo ritmo, el resultado es lógicamente el aumento del endeudamiento. Este escenario por supuesto se conecta también con el déficit fiscal donde se suspendió la regla fiscal y cuya meta está en 7,6% para 2021 de acuerdo con el Ministro de Hacienda.

Gráfico: Elaboración propia.
Datos: Bloomberg e Informe Tenedores MHCP.

Ahora bien, entendiendo la importancia estratégica de la deuda en términos de política pública es necesario entender el comportamiento de su mercado, por lo que en la parte izquierda del grafico se ve el aumento de la tasa yield de los bonos con vencimiento a julio de 2024, la referencia más liquida, pasando de 3,29% a 7,15% y los de septiembre de 2030 que han replicado la tendencia también. Para entender mejor el alcance de este movimiento es necesario notar que la tasa yield es inversa al precio lo que significa que estos títulos han perdido valor a lo largo de 2021.

Para entender este comportamiento se puede ver que hay varias fuerzas que actúan sobre este mercado, de las cuales creo que vale la pena resaltar dos, la percepción de riesgo y la inflación. A lo largo de 2021 se notó un aumento de la percepción de riesgo de Colombia como país, medida a través del CDS o Credit Default Swap que para los títulos 10 años pasó de 160 puntos básicos a 277, lo que implica que la cobertura de un bono del gobierno colombiano es ahora más costosa en el mercado internacional.

Adicionalmente en términos del comportamiento de los precios, diciembre de nuevo sorprendió al alza con 5,62% por el grupo de los alimentos, además, el último aumento de tasa del Banco de la República hace pensar, que la inflación es ahora un problema más estructural que pasajero. Esto a su vez reduce el incentivo por tener bonos, en especial de largo plazo, ya que el valor del dinero en el tiempo puede verse reducido de continuar presentándose escenarios de alta inflación.

El resultado de la inflación de diciembre lo analicé en mi columna de la semana anterior.

Analizando de nuevo las tenencias de bonos, de acuerdo al informe, frente a diciembre de 2020 el porcentaje de los fondos internacionales se ha mantenido relativamente estable pasando de 25,08% a 24,76%, es más su posición neta entre 2020 y 2021 aumentó en $11.2 billones de pesos, mientras las carteras colectivas redujeron en $3 billones. Por su parte la posición de los Fondos de Pensiones también presentó una variación importante reduciéndose desde 29,59% en diciembre de 2020 a 27,48% doce meses después. Esto muestra que ha existido un apetito de los internacionales a pesar del aumento en la percepción de riesgo en 2021, mientras las reducciones han sido mayormente locales.

Concluyendo, en términos de deuda pública de cara a 2022, el mercado local enfrenta la combinación de dos factores que pueden reducir el apetito de inversionistas, el aumento de la percepción de riesgo sobre Colombia y los altos niveles inflacionarios.

Sumado a lo anterior está el resultado de la inflación de diciembre en Estados Unidos de 7,0%, el más alto desde 1982, lo que hace que la posibilidad aumentos de tasas de la Reserva Federal en 2022 se haga cada vez más real, inclusive se ha hablado que iniciaría en marzo lo que traería aún mayor presión sobre las tasas de los bonos locales. Así que el 2022 viene con sus retos particulares para los bonos y debido a su importancia estratégica no podemos perder de vista este mercado.

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Las relaciones como factor central de un futuro prometedor

Las relaciones son la base que genera cambios en la sociedad. Pero los líderes tienen una tarea alrededor del fortalecimiento de estas. ¿Cuál es el camino?

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Relaciones públicas

Con los inicios de año es normal hacer un balance, pensar en lo que hemos logrado y hacer una lista lo que queremos conquistar en el futuro. Como todo nuevo comienzo, nos hace reflexionar. Por eso, quiero compartir con ustedes algunos pensamientos, preparándome para un 2022 que llega con la promesa de renovados desafíos en el ámbito de los negocios.

Transformación digital a ritmo acelerado

La transformación digital ya era una realidad, pero vimos que la pandemia aceleraba este movimiento. Algunas necesidades han ganado nuevos terrenos, ya sea en la forma en que trabajamos, aprendemos o nos conectamos. Empezamos a vivir en un escenario híbrido, que conecta el mundo físico y digital, con nuevas demandas de los consumidores y los empleados que han dado como resultado nuevas experiencias con marcas y empresas.

Lea también: Colombia: recuperarnos, para seguir recuperándonos

Con eso, llegaron los ajustes de prioridades y las acciones que cobraron protagonismo en las compañías: desde la revisión de los procesos logísticos y de la cadena de suministro para responder al consumo en línea, pasando por la hiperpersonalización de productos y servicios, hasta la adaptación al trabajo remoto, vimos que el mundo se vuelve más conectado e hipercolaborativo.

Hacer frente al ritmo del cambio es fundamental para seguir buscando la diferenciación, crear valor y cumplir con las expectativas del mercado.

La tecnología como catalizador de los negocios

Como parte de la transformación digital, hemos visto una mayor adopción de nuevas tecnologías. Ya sea por la preocupación por la seguridad y protección frente a los ataques cibernéticos, la resiliencia de las operaciones, el cumplimiento de la normativa, ser más sostenibles o generar innovación, la tecnología ganó terreno como impulsor de negocios. Aplicado entre bambalinas o en primera línea, se ha convertido en un aliado esencial para empresas de todos los tamaños e industrias, que han aprovechado sus beneficios para operar de manera más eficiente e innovadora.

En este escenario, la computación en la nube se convirtió en algo fundamental para garantizar que las empresas y las personas pudieran operar desde cualquier lugar. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial ha ayudado a las empresas a transformar servicios y crear nuevas experiencias para clientes, ciudadanos y empleados. En América Latina, el 43 % de los profesionales de TI de la región informan que su empresa aumentó el uso durante la situación de la pandemia  de Covid-19.

Esto se puede sumar a otros elementos como la automatización, las estadísticas avanzadas, 5G e IoT, que contribuyeron a la infraestructura de TI y los procesos comerciales de las empresas que enfrentan los desafíos de la nueva realidad.

Por mucho que gran parte de estas tecnologías ya estén incorporadas en las actividades cotidianas de profesionales y consumidores, como líderes es necesario supervisar de cerca sus impactos y el valor que pueden aportar su aplicación a los negocios para que las empresas sea más competitivas frente a los cambios que siguen surgiendo.

Conexión con el presente y el futuro

Dentro de todo esto, para mí, hay un elemento que es clave: la conexión. Conexión entre marcas y consumidores, entre empresas, entre personas.  Vimos la expansión de los ecosistemas. Las alianzas y las redes de trabajo nunca fueron tan amplias, y lograron un alcance global, acercando a diversas partes.

Este trabajo conjunto y colaborativo ha fortalecido los negocios, pero también ha requerido una nueva mentalidad por parte de los equipos de liderazgo. El papel y la responsabilidad de las empresas es promover la diversidad y la inclusión para permitir que cada persona desarrolle su potencial. Basta con pensar en los impactos de sus acciones, para que la sostenibilidad sea una parte central de la estrategia; anteponiendo la confianza y la ética para cuidar las relaciones que se establecen; cuidar el bienestar de las personas de manera amplia; y asegurar que la educación continua sea una prioridad para mejorar las habilidades necesarias para el futuro.

Solo una cultura organizacional que vea y dé un espacio a estos elementos, guiada por un equipo de liderazgo de impacto, con una clara visión de los objetivos para definir el enfoque de acción, dispuesta a evaluar y asumir riesgos, podrá emprender reflexiones cuyo resultado sean relaciones saludables y promisorias.

***

Tomo lo aprendido como una experiencia vivida para aportar una nueva mirada a algunas preguntas clave: como líderes, ¿cuál es el objetivo que nos mueve más lejos y qué estamos haciendo para brindar mejores relaciones que generen los cambios positivos que queremos ver en la sociedad?

El futuro lo creará el ser humano, y la tecnología será quien lo haga posible. La conexión entre personas y máquinas, bajo una mirada atenta y cuidadosa a las relaciones que establecemos, permitirá explorar lo mejor de cada una, rumbo a un futuro más exitoso para todos.

Por: Tonny Martins*
*El autor es gerente General de IBM Latinoamérica.

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