Todos los políticos dicen ser los 'salvadores' y responsables de buenos resultados en materia económica, pero cuando se trata de fracaso ninguno asume responsabilidades. ¿Qué pasa en el caso colombiano? Lo cierto es que los políticos no tienen nada que ver en el crecimiento de las últimas décadas.

Tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos, John F. Kennedy famosamente dijo “la victoria tiene 100 padres y la derrota es huérfana”. Este aforismo, que puede rastrearse hasta los escritos del historiador romano Tacitus, es quizá el más apropiado para interpretar la actitud de los políticos hacia el crecimiento económico.

Todo gobernante dice ser el responsable del desempeño de la economía de su país durante tiempos de auge, pero en periodos de crisis o estancamiento, incluso cuando estos son prolongados, aquel siempre responsabilizará a sus antecesores, al contexto internacional, a la naturaleza o a la oposición.  

Los políticos colombianos no son la excepción. Colombia ha sido, de lejos, la economía grande con mayor crecimiento de Latinoamérica de los últimos 5 años y una de las dos más dinámicas del último par de décadas. Todos los presidentes durante este periodo, incluyendo el actual—que lleva tan solo unos meses en el cargo—se han sentido responsables de dicho éxito. Sin embargo, los tres grandes motores detrás de dicho auge poco han tenido que ver con la política económica de los gobiernos de turno.

El primer motor ha sido el dividendo demográfico. De esto se habla poco, pero la creciente fracción de la población que se encuentra en edad de trabajar ha hecho que el aparato productivo colombiano viva una época dorada. Mientras solo el 50% de la población colombiana estaba en edad de trabajar en 1965, hoy esa cifra es cercana al 70% (véase gráfico 1). En otras palabras, desde comienzos de los 70s, en Colombia cada vez hay más personas productivas, por cada persona dependiente. Esto ha aumentado la oferta laboral, ha incrementado los niveles de ahorro, ha fomentado la acumulación de capital humano, y ha expandido la demanda interna. Si Colombia tuviera hoy una población con la composición etária de comienzos de los 60s, su crecimiento económico sería mucho menor.

Gráfico 1. Proporción de la población por grupos de edad. Colombia. 1960-2020. Fuente: countryeconomy.com

El segundo motor del auge de esta generación es el dividendo de la paz. Y no hablo solo del crecimiento económico facilitado por los acuerdos con las FARC. Hablo del potencial liberado por la reducción en la violencia desde comienzos de los 2000. Colombia tenía tasas de homicidios casi 10 veces mayores de las del promedio mundial (véase gráfico 2). Hoy, la tasa de homicidios es cercana a 25 por cada 100,000 habitantes, cerca de una cuarta parte de lo que era hace 20 años. Esto ha permitido la expansión de sectores que estuvieron estancados por décadas. Piensen, por ejemplo, en el turismo. Hoy, Colombia es uno de los destinos más atractivos para viajeros internacionales. Cuesta pensar que solo hace unos años, en 2001, cuando se realizó la Copa América en Colombia, la selección argentina decidió no asistir por preocupaciones de seguridad.

Gráfico 2. Tasa de homicidios. Colombia y el Mundo. 1990-2019. Fuente: Our World in Data

Antes de mencionar el tercer motor, quisiera detenerme para señalar cuán difícil es sobreestimar la importancia de los dos motores previos. Estos representan coyunturas muy específicas, que ocurren pocas veces en la historia de una sociedad, y cuya coincidencia es tremendamente extraña. Y aunque ninguna de ellas es garantía de altas tasas de crecimiento económico, quizá sí sean un requisito. No se me viene a la cabeza ningún milagro económico en la historia moderna (que no fuera jalonado por un boom de materias primas) que no se diera en el contexto de un dividendo demográfico o un periodo de posguerra. Y la fortuna de Colombia no se ha detenido allí.

El crecimiento económico de Colombia ha tenido como tercer motor, justamente, una serie de auges en los mercados internacionales de materias primas. Contrario a lo que esperaban los economistas cepalinos a mediados del siglo XX, los últimos 20 años han visto la explosión de los precios de las materias primas (véase gráfico 3). Para fortuna del país, su matriz exportadora se ha concentrado, precisamente, en algunos de los bienes que más se han beneficiado de esa explosión. Y aunque estos auges no han llegado sin costos, la volatilidad siendo quizá el más importante, han sido herramientas esenciales en la salud de las cuentas externas, el fortalecimiento de la demanda agregada, y la financiación de una oferta de bienes públicos cada vez más amplia. Es difícil pensar el dinamismo reciente de la economía colombiana sin esos elementos.

Gráfico 3. Precios de materias primas. S&P GSCI. 1970-2023. Fuente: tradingeconomics.com

Nada de lo anterior implica que la existencia del Estado ha sido irrelevante. Todo lo contrario. Aunque estos eventos han sido más que nada exógenos para los gobiernos de turno, su aprovechamiento y existencia misma ha sido posibilitado por la implementación de buenas políticas sostenidas en el tiempo.  Por ejemplo, la rápida caída en la fertilidad de las mujeres colombianas, que abrió las puertas a la transición demográfica, estuvo profundamente influenciada por la política contraceptiva de gobiernos en los 60s y 70s. La reducción en la violencia, que vino con el fortalecimiento de las fuerzas armadas, fue ampliamente facilitada por los esfuerzos de los gobiernos en los 90s para aislar diplomáticamente a las guerrillas y estrechar la cooperación militar con EE. UU.

Incluso el boom de materias primas del año pasado pudo ser rentabilizado exitosamente gracias a políticas de comienzos de los 2000, entre las que valdría la pena resaltar las reformas en la gobernanza corporativa de empresas estatales como Ecopetrol y el impulso a la inversión extranjera en el sector minero energético. Y esto por no hablar de la larga tradición de prudente manejo macroeconómico de la que el país ha gozado y que, con el tiempo, ha logrado consolidar una reputación de seriedad en los mercados de capitales internacionales.

Es con estos lentes que uno debe esperar ver las consecuencias de las políticas del actual gobierno. Las tasas de crecimiento de este cuatrienio reflejarán, más que nada, el dinamismo de aquellos tres motores. Sin embargo, estos motores se irán desgastando y las políticas de este gobierno serán las que construirán los motores que jalonarán o detendrán el crecimiento económico del país en las décadas venideras.

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LinkedIn: Javier Mejía Cubillos*
*El autor es Asociado Postdoctoral en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford. Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes. Ha sido investigador y profesor de la Universidad de Nueva York–Abu Dhabi e investigador visitante de la Universidad de Burdeos.

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