Es solo la obligación social, un peso cultural impuesto en la conciencia, que los lleva a adquirir mercancía y a consumir de manera desaforada una vastedad de objetos inútiles.

Cuando se escucha de nuevo una canción y se recuerda una época feliz, se suscitan pálpitos semejantes a ese pasado, con la diferencia de que, en su lugar, llega solo la añoranza, porque los tiempos idos, por ahora, son irrecuperables. Al presente vienen apenas las emociones de la infancia o la juventud, de melodías arrulladoras, de una golosina exquisita o una fragancia especial. Revisando entonces el álbum de la vida en la página de la edad respectiva, se develan las imágenes, las voces y la calidez de los lugares y los momentos que ya dijeron adiós.

Sí: las experiencias entrañan los sonidos, olores, sabores y representaciones con que deseamos repetir las sensaciones más gratificantes, olvidando que la vida es un cauce indetenible de unas gotas únicas que ya desembocaron, para siempre. Y este deseo constante por recuperar esos instantes es la trampa de ciertos oportunistas para sacar provecho de nuestras debilidades, dibujando escenas mentirosas que en la gente desencadenan el afán por ceder el dinero a cambio de esas ilusiones.

Millones de personas en el mundo reaccionan en diciembre (y en muchas otras épocas del año) como los acondicionados perritos de Iván Pavlov, el neurólogo y fisiólogo ruso, que amaestró a esos animales para que procedieran de una manera calculada con estímulos auditivos y visuales. Se les servía la comida (su momento de felicidad) mientras sonaba una campanilla; con el tiempo, bastaba ese sonido para que esos cuadrúpedos peludos babearan porque asociaban el tintineo con la comida. Pero, eran perros.

Por eso, para incitar al babeo, en muchos centros comerciales se ven árboles navideños en agosto; las canciones de diciembre y los machacones canturreos de la publicidad suenan en octubre; también, como acelerando los relojes, proliferan los colores verde y rojo, envolviendo licores, artefactos de incomunicación (así la gente deja de hablar), trapos parecidos a los pantalones y chaquetas, pavos y gallinas anaranjados, vinos avinagrados… Además, se ofertan automóviles cuyos modelos corresponden a un año que ni siquiera ha llegado, como si un producto pudiese fabricarse en el futuro. Y ante esa avalancha, ante ese asedio, babeando se entrega el dinero.

Hasta la geografía y la cultura nacionales se adulteran, porque también los estímulos del ambiente generan reacciones conductuales. Por tanto, hay muñecos de nieve en Cartagena y Barrancabermeja; aparece la versión en serie de un señor vestido de rojo con apariencia de vikingo, en el Chocó; donde antes había sancocho, ahora hay pavo; los renos son los adornos de La Dorada y Valledupar; se arman pesebres en los resguardos indígenas, y las decoraciones hogareñas llevan abrigos, guantes, bufandas y gorros de la lana gruesa… en medio del Amazonas o en el desierto de La Guajira.

También el alimento y el sueño, necesidades vitales, son marginados por los incontables compradores en el desespero por entregar sus ganancias en el menor tiempo posible; son estampidas de muchedumbres que buscan la “felicidad”. El sometimiento es absoluto: soportan filas interminables; dejan de alimentarse; pagan sobreprecios (en esta época no hay “rebajas”); se subyugan en las inmensas congestiones de tráfico; adquieren juguetes fuera del presupuesto debido a los ruegos de sus inocentes hijos, también y con mayor razón, engañados por los mercaderes. Hay miles que duermen desde la noche anterior a las entradas de las tiendas (los “black Friday”) para que no sean otros los compradores iniciales; ¡son tan generosos y… tan ingenuos!

En ese último mes del año, las liquidaciones de los asalariados van a parar a las cajas y cuentas bancarias de las grandes cadenas de almacenes, hoteles y restaurantes, cuyos dueños ya cuentan con el suficiente dinero para vivir como dioses por el resto de sus vidas, porque los manipulados clientes se dedican a comprar infinidad de productos que nunca han tenido ni necesitan para seguir existiendo. Es solo la obligación social, un peso cultural impuesto en la conciencia, que los lleva a adquirir mercancía y a consumir de manera desaforada una vastedad de objetos inútiles. Es quizás una cultura moldeada por el derroche.

Han hecho creer a millones de personas que el amor por los seres más cercanos y entrañables debe manifestarse dándoles el dinero a los más adinerados. Esa estampida de compradores consultará sus saldos a comienzos del año entrante, y escasamente sabrán que una hipnosis contundente los convirtió en víctimas, en cachorros que salivaban. El problema es mayor porque todos los años (no solo en diciembre) se repite ese hechizo del engaño, y al llegar al el inicio de otro año ni siquiera entiende cada uno por qué, a pesar de tanto trabajo y sacrificio, las condiciones materiales siguen estancadas a lo largo de la vida.

El recurso más efectivo en este tipo de farsa es muy conocido: las palabras grandilocuentes. Cuando la ignorancia impide razonar y la pobreza del lenguaje está arraigada, los términos pomposos, pero huecos, funcionan para acondicionar el pensamiento y las conductas. Y, otra vez, los desprevenidos suponen que de allí emanan la inteligencia y la verdad, y más cuando el mensaje apunta solo a las emociones: que lloren, que rían, que se enojen, que odien y, claro, que amen. Esa es la publicidad y el mercadeo. Por ninguno motivo puede permitirse que esos manipulados reflexionen, razonen, y menos que atiendan a unos argumentos contrarios, sobre todo si estos están bien sustentados.

La intención es estancar y acondicionar, como a los perritos de Pavlov. Los locales comerciales, muchas veces abiertos por 24 horas y durante muchos días seguidos, reciben las sonrisas que provocan la época, los días soleados (como cualesquiera otros), las vacaciones colectivas y el reencuentro con esos seres que parecían olvidados. En esos recintos se apretujan los hechizados, que ni siquiera examinan precios, y van tomando cuanto producto llamativo (casi todos ineficaces) aparece ante sus ojos. Si el dinero no es suficiente para comprarlo, para eso están las tarjetas de crédito: un sistema para deber el dinero que ni siquiera se ha ganado y pagando un precio superior. Y después de muchas horas, regresan a sus hogares y van batiendo la cola… como los perritos obedientes de Pavlov.

Autor:  Jairo Valderrama V.*

*El autor es Doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Austral (Argentina) y profesor de la Universidad de la Sabana (Colombia).