*Columna de David Escobar, director de Comfama, publicada en la edición impresa de Fobres Colombia.

¿En qué momento le cogimos miedo a usar nuestra voz? Tal vez en un encuentro familiar alguien dijo “no hablemos de política”. Quizá fue en el colegio, cuando levantar la mano se convirtió en motivo de burla. De pronto fue en una reunión empresarial cuando y nos indicaron “esta empresa maneja un bajo perfil”. Pudo haber sido más tarde en una interacción en redes sociales, luego de que los “odiadores” o haters se nos vinieran encima por expresar una opinión. No podemos saberlo, pero en algún rincón de la mente del empresario moderno quedó inscrito que no exponernos es lo más seguro que podemos hacer. Sin embargo, nuestra era necesita más empresarios vocales, con menos silencio y más coraje, capaces de defender sus valores y mostrar abiertamente lo que hacen. Líderes que sepan que la gente los quiere oír y ver más allá de la frontera de su organización.

Los tiempos complejos no requieren líderes perfectos, sino líderes conectados con el espíritu de los tiempos. Aquellos dispuestos a abrir cuentas en redes sociales, a conversar con medios de comunicación, a dialogar con sus empleados y comunidades para sostener la palabra con honestidad, participar con apertura, escuchar y no esconderse cuando el ambiente se tensiona. La voz, si es auténtica y responsable, no solo sirve para tomar posición: sirve para demostrar confianza y volverse confiables, para construir esperanza. La raíz de la palabra lo sugiere: con (juntos), fides (fe): relacionarnos con fe. El confiar comienza al exponerse y al estar disponibles para el diálogo. Hay momentos en los que es más cómodo y menos riesgoso callar, pero también, generalmente, es más costoso en términos de confianza y de valor de largo plazo.

Por supuesto, no se trata de opinar sobre todo ni sumarse a la polarización para ganar aplausos o likes. Los mejores líderes son quienes comprenden cuándo su voz es necesaria o relevante y saben que es mejor ser puentes que luchar por tener siempre la razón. Reconocen los buenos argumentos de lado y lado, y entienden que los temas que más duelen —justicia, dignidad humana, diversidad e inclusión, cuidado de la naturaleza— son los más necesarios de abordar. Los líderes empresariales no son líderes políticos, pero su voz es política, en el sentido más amplio, construye (o destruye) ciudadanía.

Las empresas hacen parte activa y decisiva del futuro de un país. Por eso no deberían delegar su responsabilidad y su voz únicamente en las áreas de cumplimiento o comunicaciones. Tenemos que ser capaces de enmarcar la ética empresarial en un entendimiento más amplio y menos legalista, y proyectarla con líderes vocales, capaces de decir lo que piensan, con el valor para exponer vulnerablemente sus errores y desafíos, confiados en que al poner sobre la mesa los temas difíciles su aporte social se amplifica. Esa también es una manifestación de las empresas del capitalismo consciente, del cual hablamos permanentemente en Comfama.

Terminemos esta reflexión con esta simple ecuación: para gerenciar se requiere, como en todas las relaciones humanas, de confianza. La confianza se construye diciendo y haciendo, cumpliendo la palabra, a través de una larga conversación, argumento va argumento viene. En consecuencia, los empresarios debemos aprender que, así como gobernar es comunicar, gerenciar también tiene una alta dosis de diálogo, conversación y comunicación. La esperanza, quizás la mayor necesidad de los tiempos que nos correspondieron, comienza, como todo, con la palabra. “En el principio estaba el verbo”. Y ese verbo, esa voz que se eleva, es una condición necesaria para podernos llamar, cabalmente, líderes empresariales del siglo XXI.

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