Comce alerta sobre la creciente dependencia de las importaciones de gasolina y diésel, y advierte que los mayores precios han reducido la demanda de combustibles en un 8%.
Colombia enfrenta una paradoja energética: mientras el país habla de transición y autos eléctricos, depende cada vez más del combustible extranjero.
David Jiménez, presidente del gremio de los distribuidores Minoristas de Combustibles y Energéticos, COMCE, lo resume sin rodeos: “Ya no se trata de mantener la soberanía energética, sino de recuperarla”.
Hoy, el 40% de la gasolina corriente y el 10% del diésel que mueve al país provienen del exterior, una señal de alerta para un mercado que además ve caer su demanda ante el encarecimiento sostenido de los precios.
“Eso nos hace vulnerables a la volatilidad de los precios internacionales del petróleo”, explica.

Según el dirigente gremial, esta dependencia no solo limita la autonomía del país, sino que también tiene consecuencias fiscales y sociales: “Si se trasladaran todos los costos al surtidor, la inflación y el costo de vida se dispararían”.
La cadena del negocio —desde Ecopetrol como refinador e importador hasta las más de 5.000 estaciones de servicio— enfrenta además una caída en la demanda.
“Desde que el Gobierno aumentó 67% el precio de la gasolina en 13 meses, el consumo bajó 8%. La gente dejó de usar el carro, redujo sus viajes. La idea de que la gasolina es inelástica es falsa”, señala Jiménez.
Pese a ello, el gremio considera que la transición energética es un proceso inevitable y necesario, aunque debe ser ordenado. “Somos comercializadores de energía. Si mañana los autos eléctricos se masifican, estaremos listos para vender electricidad”, afirma.
Con un promedio de siete empleados por estación y más de 50.000 empleos directos, el sector enfrenta retos de rentabilidad y de inversión, pero Jiménez insiste: “La verdadera transición comienza por recuperar nuestra soberanía energética”.
