La economista explica cómo el Censo Económico Urbano confirma la tercerización del país, el peso creciente de los servicios, y habla de la politización del debate económico y de su experiencia al frente de la entidad.
Cuando Piedad Urdinola Contreras asumió la dirección del Dane, en 2022, encontró una situación difícil de digerir: Colombia, una economía de ingreso medio-alto y con capacidad estadística consolidada, llevaba 34 años sin realizar un Censo Económico y la entidad venía de un ataque cibermético, que la dejó vulnerable.
“No puede volver a pasar tanto tiempo, la entidad había olvidado cómo se hacían estos censos”, dice hoy la directora a Forbes, luego de presentar los resultados preliminares del ejercicio que cubrió los 1.102 municipios del país, incluida la isla de San Andrés y Providencia, involucró a más de 8.000 censistas y alcanzó una cobertura del 98,2%.
Para ella, la primera lección del Censo Económico Nacional Urbano es elemental: institucionalizar la medición y respetar los ciclos censales como hacen las economías avanzadas.
Pero más allá del hito operativo, los resultados comienzan a dibujar un retrato del país urbano. El Censo identificó 2.005.613 unidades económicas en cabeceras municipales y centros poblados, un dato que no solo muestra la densidad del tejido productivo, sino su composición: el 53% pertenece al comercio y el 32% a los servicios.
Uno de los matices más reveladores de la lectura de Urdinola es el que desmonta una interpretación intuitiva pero equivocada: más unidades económicas no significan necesariamente una economía más desarrollada.
En otras palabras, 85% del aparato económico urbano colombiano gira en torno a actividades de baja escala, alta atomización y fuerte vocación de servicios.
“Si una gran cadena tiene miles de establecimientos, eso es una sola unidad económica; pero diez mil tiendas de barrio son diez mil unidades”, explica. Ese fenómeno, conocido como atomización, retrata una estructura productiva amplia pero fragmentada, con baja productividad promedio. Por eso, el país aparece dominado por comercio y servicios personales, mientras la industria —aunque pequeña en número de unidades— concentra empleo formal y capacidades productivas más robustas.
Para Urdinola, este hallazgo es clave para entender la transformación productiva del país. “La economía colombiana está tercerizada, como la mayoría de las economías del mundo, pero lo revelador es el peso específico de los servicios personales y de alojamiento y comida”, afirma.

Más de 272.000 unidades están en “otros servicios”, un cajón donde caben oficios que van desde reparación de computadores hasta actividades asociativas o servicios personales. Otra porción significativa —243.000 unidades— se concentra en restaurantes, cafeterías, panaderías, gastrobares y negocios ligados al turismo urbano.
Para Urdinola, esta proliferación no es anecdótica: refleja un cambio en los patrones de consumo, en la movilidad interna y en la manera en que las ciudades generan valor. “Mucho de lo que veníamos escuchando sobre turismo y servicios ahora empieza a verse en los datos”, dice.
Este auge ayuda a explicar por qué los servicios crecen en participación y cómo la economía urbana se reconfigura alrededor de experiencias, hospitalidad y cadenas de abastecimiento más flexibles, en contraste con la estructura más rígida de la industria tradicional.
Mientras tanto, la industria manufacturera representa apenas el 5,2% del total, con 105.148 unidades. El número suena pequeño, aunque Urdinola insiste en que debe leerse con matices: una sola planta industrial puede emplear cientos de trabajadores, mientras miles de negocios comerciales son emprendimientos unipersonales o de subsistencia.
Aun así, el dato confirma la pérdida relativa de peso industrial en el país y alimenta un viejo debate: la desindustrialización gradual del aparato productivo.
Un capítulo aparte lo protagoniza la economía popular. El Censo identificó más de 219.000 unidades de ventas callejeras, una medición inédita para el país. Bogotá lidera con 42.097 vendedores, seguida de Medellín, Cali y Barranquilla. Bogotá lidera por tamaño poblacional, Cartagena lo hace por turismo y Cúcuta por dinámica fronteriza.
Para la directora, la cifra abre un espacio de discusión necesario: “¿Queremos formalizar a todos los vendedores de calle? ¿A quiénes sí, a quiénes no, y por qué?”.
La conversación conduce al mercado laboral, un terreno donde Urdinola, doctora en demografía de la Universidad de California, Berkeley, reconoce la creciente politización del debate.
Aun así, afirma que la lectura técnica ofrece una perspectiva distinta: “2025 es uno de los mejores años del mercado laboral desde que tenemos cifras comparables. La recuperación empezó tarde respecto al PIB, pero hoy vemos mejoras incluso en mujeres y jóvenes”.
La informalidad, medida con los estándares de la OIT adoptados en 2021, cayó de 58,5% a 54,5%, una cifra aún alta pero en descenso.
Para la directora, el movimiento sectorial explica buena parte de la dinámica: el empuje del agro, el repunte de los servicios, el peso del turismo y el retorno de la industria como generadora de ocupación empiezan a configurar un mercado laboral más robusto, aunque todavía marcado por brechas y tensiones estructurales.
Sobre su experiencia personal al frente de la entidad, Urdinola habla con una mezcla de orgullo y vocación: “Liderar el Dane ha sido una forma de servir al país con todo lo aprendido en la academia”. ¿El futuro? No lo sabe aún. Por ahora, su mente sigue concentrada en procesar millones de datos que, pieza por pieza, están revelando la verdadera anatomía económica de Colombia.
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