Iván Montoya, fundador de NuMundo Ventures, pasó de ser ángel inversionista a lanzar un primer fondo de US$5 millones con una apuesta en la que busca compañías construidas para la rentabilidad.

Iván Montoya es de esas personas que ha visto de cerca cómo la euforia tecnológica puede convertir el papel en polvo.

La primera de las veces fue en en marzo de 2000, antes del pico del Nasdaq, se sintió “millonario en papel”.

Tres meses después, la empresa para la que trabajaba y era accionista, Covad Communications, un proveedor de voz y datos, “cayó sobre sus clausulas, tenía mucha deuda y estábamos en bancarrota”.

La segunda fue como observador del mercado. En 2021, dice, el ecosistema en Estados Unidos y Latinoamérica estaba “muy caliente” y él veía comportamientos que no veía “desde el 99”.

Ese diagnóstico, más que el entusiasmo, terminó siendo más adelante el origen de NuMundo Ventures, su propia firma de capital de riesgo.

Montoya nació en Bogotá en 1970. Sus padres, médicos graduados de la Universidad Javeriana, emigraron a Estados Unidos con él cuando tenía unos dos años buscando más oportunidades.

Vivió cerca de Nueva York y New Jersey, y creció sobre todo en Houston, Texas, cerca de la Nasa. Estudió economía en Harvard y luego hizo un MBA en Stanford justo cuando el internet se convirtió en industria. Había dejado a un lado los planes de ser doctor, como sus padres, para aprender algo diferente.

“Netscape salió a la bolsa en agosto del 95 y yo empecé la escuela en Stanford en septiembre”, cuenta en entrevista con Forbes.

A su cabeza, llega como si fuera ayer un recuerdo complejo. Estaba de vacaciones en Bogotá en agosto de 1989 cuando asesinaron a Luis Carlos Galán. El ambiente del día siguiente era el ejército en las calles y tristeza nacional.

De vuelta en Harvard, se enfocó en Economía de Desarrollo. Quería trabajar en Latinoamérica y alcanzó a hacer un proyecto en Ciudad de México con McKinsey.

Su carrera en Silicon Valley tomó forma en startups y en ciclos. Tras volver a McKinsey, pasó por Covad durante el salto de de las conexiones telefónicas a la banda ancha. Luego vinieron el derrumbe de las .Com, el 9/11, y más experiencias en compañías tecnológicas.

Una de ellas terminó bien. Trabajó en Meraki, “una compañía que se vendió por un US$1.200 millones a Cisco”. También conoció el reverso: startups donde fue ejecutivo y se quebraron. Esas subidas y bajadas se volvieron su marco mental.

El interés por invertir llegó tarde y, según él, casi por descarte. Después de Meraki tenía recursos en sus bolsillos y escuchaba desde el inicio el podcast This Week in Startups, de Jason Calacanis, que hablaba de su inversión en Uber.

Montoya quería invertir como ángel, pero en San Francisco no encontraba oportunidades que lo motivaran.

“Número uno”, dice, no veía algo que le moviera. “Número dos, yo sentía que yo era uno de mil personas de mi perfil aquí”.

La historia cambió cuando volvió a mirar hacia sus orígenes. En 2013 visitó Colombia por primera vez en 24 años, reencontrándose con Juan Mario Laserna, amigo suyo de la escuela de negocios y entonces senador. En 2018 regresó y viajó por Cartagena y Medellín. Ese viaje a Medellín le abrió la mente a invertir en compañías latinoaméricanas.

Se lo dijo a Alex Estevez, un cubanoamericano y compañero de Harvard. “Alex, tenemos que involucrarnos”, recuerda haberle dicho.

Seis meses después, el equipo de Picap, una plataforma que intermedia trayectos en moto, le escribió a Estevez por LinkedIn. Terminaron en Menlo Park, y en febrero de 2019 Montoya invirtió US$25.000. “Una cosa llevó a la otra”, resume. Entre 2019 y 2021 invirtió “como en 30 compañías como ángel” por Latinoamérica.

Los nombres que menciona son una radiografía de esa etapa: Picap, Belvo (open banking), 99minutos (México), Billpocket (que fue vendida a Kushki en México), Foodology (Colombia) y Jeeves, donde invirtió seis meses antes que lanzaran.

No lo cuenta como una racha de golpes de suerte, sino como entrenamiento para poder decir que no.

Parte de su fórmula es que para ser buen inversionista de etapa temprana dice, “tienes que ver muchas compañías”.

Su ambición es ser “anti-FOMO” y apoyar a veces “compañías que nadie más apoye”, pero eso exige contexto y volumen.

Ese mismo volumen lo llevó a desconfiar cuando el mercado empezó a comportarse como una fiesta de 1999. En septiembre de 2021 vio el retorno de “crecimiento a todo costo” y encontró patrones que, en su lectura, no resisten la gravedad.

Habla de “La física de las startups”, que consiste en que eventualmente la compañía tiene que ser rentable.

Si una startup no sabe cómo llegar a rentabilidad, dice, está jugando un juego de una ruleta rusa y todo depende de la próxima ronda.

También describe lo que veía en algunos ejemplos en Colombia y México: compañías verticalmente integradas”, con costos altos y métricas horribles”.

La escena que usa como símbolo de exceso la vio en Miami, en el marco de la feria de arte Art Basel, en un yate lleno de entusiastas cripto. Le dijeron que vendían bienes raíces en el metaverso. Su reacción fue una pregunta: “¿Por qué?”.

El resultado fue un pronóstico: “Nos estamos adentrando en un mal momento”.

Montoya dice que tuvo entonces la idea de que en los siguientes cuatro o cinco años sería “muy difícil levantar capital”.

Y que ese periodo, paradójicamente, sería una oportunidad. Más tiempo para debida diligencia, menos ruido y un mercado que favorece empresas “desde el principio con un modelo de negocio saludable”.

También decidió cambiar el modo, dejando de ser el ángel que entra y sale de muchas historias y construir un portafolio más concentrado.

“En vez de invertir en 30 o 40 compañías, tener un portafolio mucho más concentrado. Como 20 compañías que invierto sobre 3 años”, explica.

Así nació su firma de capital de riesgo NuMundo Ventures. Arrancó, dice, con una compañía de autofinanciamiento. Encontró a Mairon Sandoval, un emprendedor de 20 años, fundador de OneCarNow, en Ciudad de México, y ahí empezó el fondo.

El primer cierre lo hizo en diciembre de 2022. Hoy define a NuMundo como una operación liviana y personal. Es un solo General Partner, una “compañía de uno” con apoyo de contratistas y servicios externos. Su Fondo I es cercano a los US$5 millones. Para evitar conflictos de interés, metió en el fondo sus últimas inversiones ángel del año anterior.

Además, el fondo ha invertido en 16 compañía fuera de ese portafolio ángel; le faltan “dos más”, y espera cerrar con “por ahí 19 compañías” más el portafolio previo. En los próximos meses, dice, planea empezar a levantar un nuevo fondo.

Su tesis se resume en dos convicciones y un sesgo sectorial. La primera: el problema. “Yo tengo que tener convicción en el problema que están resolviendo”, dice.

Rechaza la idea de que en etapas tempranas solo importa el fundador. Para él es necesario, pero “no es suficiente”. Cita a Warren Buffett para reforzar el punto: “Dame un mal negocio con un gran equipo directivo y te diré de quién saldrá intacta la reputación”.

La segunda convicción. Que el dolor sea real y pagable. Busca un problema “súper doloroso” con suficiente “plata o oxígeno” para pagar la solución y, si todo sale bien, un mercado grande. Su proceso, añade, toma tiempo de conocer al emprendedor, llegar a convicción en el equipo y “principalmente el o la CEO”.

En cuanto a sectores, se ha inclinado a fintech más que todo por oferta. No porque no quiera otros, sino porque “ha habido más oportunidades”. En el fondo, dice, hay “9 inversiones de Fintech, 4 o 5 en AI y 1 o 2 en otros lados”.

Menciona tres apuestas representativas de su portafolio, como Cashea (Venezuela), OneCarNow (México) y Dapta (Colombia) donde tiene “mucha confianza en el equipo”.

Iván Montoya junto al colombiano Nicolás Rojas, fundador de Dapta, en su oficina en Phoenix (Estados Unidos). Foto: Proporcionada.

Y cuando se le pregunta por el ciclo del capital de riesgo en la región, su respuesta combina vindicación y optimismo. Lo que predijo, dice, pasó: 2022 y 2023 fueron “muy difíciles” para levantar capital. Pero en el último año ve “un cambio muy grande”, especialmente en México.

Cuenta que acaba de leer más de 500 aplicaciones para su lista de Early 100, que presenta a compañías en etapa temprana, y que ve “un boom de compañías nuevas”, muchas de IA.

Habla de “nuevo suministro” tras dos años de poca creación. También cree que el capital está regresando: menciona el anuncio de un fondo de ALLVP, el fondeo de Bold y el caso de Kapital en México que “se volvió unicornio”.

“Estamos en un período de descongelamiento”, dice.

No espera volver a 2020–2021, pero ve “precios más altos” y un mercado “regresando”.

Además de invertir, Montoya se ha construido como un entusiasta del ecosistema emprendedor, desde el lugar donde el capital toma café. Cerca de a las oficinas Sequoia y Kleiner Perkins. Su estrategia para tener deal flow fue una marca pública en LinkedIn, tomando selfies en cada encuentro y el trabajo con comunidades y eventos como Latitud, Mexico Tech Week y Colombia Tech Week. Participa en listas como Early Stage 100 en Colombia y México, buscando dar visibilidad a compañías antes de Series A.

Y por consejo de Andrés Barreto, el colombiano que es director de Techstars Nueva York, empezó a invitar fundadores y estudiantes de negocios a cenas en su casa. Su esposa lo llama “Casa NuMundo”. Antes, dice, era “Hotel California”, en donde algunos emprendedores de su portafolio se quedan una semana mientras levantan capital.

NuMundo, explica, es una extensión directa de él mismo. Por eso su aspiración es ser uno de los principales inversionistas de las compañías en las que participa. Su modelo es estar involucrado, ser útil y tratar de no causar daña. Ahora, que según él, se ha vuelto a castigar la improvisación y a premiar la disciplina, su apuesta es analizar muchas compañías, no dejarse arrastrar por el ruido y recordar que, tarde o temprano, la física, como en los negocios, siempre termina pasando factura.

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