Franco Modigliani y Merton Miller demostraron que, en un mundo ideal, da igual financiarse con deuda o con recursos propios. El valor total proviene del activo y de sus ingresos futuros.

Durante décadas, el discurso financiero repitió una idea simple: “la deuda es mala”. Sin embargo, en un entorno de tasas de interés elevadas y crédito más restrictivo, la diferencia clave ya no está entre endeudarse o no, sino entre deuda destructiva y apalancamiento estratégico. No es lo mismo deber que invertir.

La deuda destructiva es aquella que financia consumo sin generar capacidad de pago futura: tarjetas de crédito para gastos recurrentes, créditos personales destinados a sostener estilos de vida insostenibles o préstamos para activos que se deprecian rápidamente. La deuda estratégica, en cambio, financia activos o capacidades que aumentan el ingreso futuro, la productividad o el patrimonio. En estos casos, el retorno esperado supera el costo financiero y está alineado con la capacidad de pago. Ejemplos claros son la inversión en un negocio rentable, hipotecas sostenibles para vivienda patrimonial o crédito productivo para expansión empresarial.

Cuando las tasas son bajas, endeudarse parece sencillo; cuando son altas, solo los proyectos sólidos sobreviven al costo financiero real. El verdadero riesgo no es la deuda, sino la falta de flujo de efectivo. Por ello, antes de endeudarse conviene responder tres preguntas críticas: 1) ¿El activo genera flujo suficiente para cubrir capital e intereses sin comprometer la liquidez? 2) ¿La rentabilidad esperada es estructural o meramente circunstancial? 3) ¿Existe margen para enfrentar escenarios adversos?

Endeudamiento inteligente: deuda destructiva o apalancamiento estratégico

Los datos confirman esta diferencia. De acuerdo con la CONDUSEF, en México las tarjetas de crédito presentan Costos Anuales Totales (CAT) que con frecuencia superan el 60%, lo que las convierte en uno de los instrumentos financieros más caros del sistema. Un CAT de ese nivel implica que, por cada mil pesos financiados durante un año, el costo total (intereses, comisiones y seguros) puede superar los 600 pesos si el saldo no se liquida oportunamente. Se trata de tasas comparables, e incluso superiores, a las de créditos considerados de alto riesgo.

La OCDE advierte que los hogares con una alta proporción de deuda de consumo son más vulnerables a choques económicos, incluso cuando cuentan con ingresos medios o altos. El riesgo financiero moderno no proviene exclusivamente de bajos ingresos, sino de balances domésticos mal estructurados.

En contraste, invertir en educación, incluso mediante deuda, suele aumentar el patrimonio y el ingreso futuro, siempre que el endeudamiento sea proporcional y la formación tenga valor en el mercado laboral. Según el World Bank Education Reports, el retorno promedio de la inversión educativa supera el 8–10% anual en ingresos adicionales, una cifra mayor al costo financiero de muchos créditos educativos.

Otro ejemplo de deuda estratégica es la hipoteca sostenible. Estudios de la Reserva Federal muestran que los hogares con deuda hipotecaria manejable presentan mayor patrimonio neto a lo largo del ciclo de vida que aquellos sin acceso al crédito. Cuando la deuda financia activos productivos y se mantiene dentro de límites sanos, funciona como herramienta de acumulación de riqueza, no como una carga.

Evitar toda deuda puede ser tan perjudicial como endeudarse mal: limita educación, emprendimiento y movilidad económica. La deuda no hace a una persona más rica o más pobre por sí sola; su impacto depende de qué se financia y de los flujos que genera.

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