En un mundo marcado por volatilidad estructural y tensiones geopolíticas persistentes el oro reaparece como ancla de estabilidad: más que una apuesta coyuntural, en 2026, el metal redefine su papel dentro de los portafolios globales y regionales.

El oro siempre ha estado rodeado de un aura especial: símbolo de riqueza, refugio en tiempos de crisis y termómetro de la confianza global. Su historia atraviesa siglos, pero en el presente sigue siendo protagonista de los grandes debates financieros.

En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, ciclos de volatilidad y economías frágiles, este metal vuelve a ocupar un lugar central en las decisiones de bancos centrales, inversionistas institucionales y ciudadanos comunes. La pregunta ya no es solo cuánto va a valer en perspectiva, sino qué papel jugará en la arquitectura de la estabilidad económica.

América Latina no es ajena a esta dinámica. Con desafíos estructurales persistentes y una tradición minera relevante, la región enfrenta el dilema de cómo aprovechar el oro: como productor estratégico, como reserva de valor y como herramienta para construir resiliencia frente a la incertidumbre.

Así es el contexto global

“El oro tiene una capacidad probada de resistir crisis”, dice Juan Carlos Artigas, Director Ejecutivo Regional para las Américas y Responsable Global de Investigación del World Gold Council. Y explica que “en 2008, durante el colapso financiero global, este metal se consolidó como refugio, y en 2020, ya al inicio de la pandemia —recordemos que fue en marzo de ese año—, volvió a ser el activo al que acudieron inversionistas e instituciones para protegerse de la volatilidad. Hoy, en 2026, la historia se repite: los choques inesperados —desde tensiones geopolíticas hasta movimientos en tasas de interés— refuerzan su atractivo como activo estratégico”.

Si a nivel global el oro cumple un rol estratégico, en América Latina ese papel se reproduce, aunque en un contexto más complejo. En países como Brasil, Colombia, Costa Rica, Panamá y República Dominicana, con retos fiscales y elevados niveles de endeudamiento, el metal se convierte en refugio en escenarios de fragilidad económica. En México y Chile, expuestos a la volatilidad cambiaria, y en Perú, marcado por tensiones políticas, el oro se perfila como herramienta de diversificación y ancla de estabilidad.

Por su parte, en Guatemala, El Salvador y Honduras, con instituciones frágiles y alta vulnerabilidad a choques externos, surge como alternativa para preservar valor. En Argentina, con su inflación crónica, el oro erosiona menos el poder adquisitivo y puede preservar el patrimonio frente a la fragilidad económica.

“Más allá de los casos individuales, la región comparte un patrón: vulnerabilidad frente a la inflación y las fluctuaciones cambiarias”, dice Artigas. En este sentido, el oro funciona como un instrumento regional de cobertura y reserva de valor en economías donde la confianza en las monedas locales se ve debilitada por la incertidumbre económica y financiera.

La inversión: del banco central al ciudadano común

“Es importante señalar que, según el perfil del inversionista, cambian los criterios para decidir si invertir o no en oro”, sostiene el experto. En el caso de los inversionistas institucionales, el enfoque suele ser más técnico y estructurado: consideran variables como inflación, tasas de interés y políticas monetarias para comparar al metal con bonos o acciones.

En ese mismo sentido, Artigas detalla que “el riesgo geopolítico refuerza su papel como refugio, aumentando la demanda en tiempos de tensión. Además, analizan factores de mercado como liquidez, volúmenes de negociación y flujos en ETFs (Exchange Traded Funds), así como las compras de bancos centrales que respaldan la confianza en el metal. No obstante, ponderan los costos de mantener oro físico, renovar futuros o cubrir gastos de ETFs, integrando todo en estrategias de diversificación y resiliencia”.

Vale aclarar que un ETF es un fondo de inversión que se negocia en bolsa como una acción. En el caso de los ETFs respaldados físicamente en oro, cada participación representa una fracción de las reservas de oro que el fondo mantiene en bóvedas.

Por su parte, los ciudadanos en general o inversionistas minoristas suelen ser más prácticos y se enfocan en la accesibilidad, liquidez y confianza en los intermediarios. “Muchos se guían por tendencias de precios y noticias para decidir momentos de entrada o salida, mientras que las finanzas personales determinan el tamaño de la inversión, el periodo de tenencia y las opciones de almacenamiento, ya sea físico o en depósito”, define en conversación con Forbes México.

En la misma línea, el experto añade que “los minoristas también evalúan qué producto se ajusta mejor a sus necesidades —joyería, monedas, lingotes o ETFs— y priorizan la seguridad, asegurándose de comprar en fuentes confiables y de comprender los riesgos asociados”.

En cuanto a los ETFs, ofrecen una forma moderna y accesible de invertir en oro sin necesidad de comprar lingotes o monedas. Son líquidos, transparentes y con costos relativamente bajos, lo que los convierte en una alternativa atractiva para quienes buscan exposición al oro sin complicaciones logísticas.

¿Y luego de los máximos históricos qué?

“En 2025, el oro se consolidó como la inversión más sobresaliente del año, con un repunte cercano al 66% que lo llevó a máximos históricos”, ratifica Artigas. “Las tensiones geopolíticas, las expectativas de recortes en las tasas de interés y la búsqueda de refugio frente a la volatilidad global lo convirtieron en protagonista indiscutible, muy por encima de otros activos tradicionales”.

Para dimensionar la diferencia, una inversión de 100 dólares en oro al inicio de 2025 habría generado una ganancia de 66 dólares al cierre. En contraste, la misma cantidad invertida en el índice S&P 500 —que agrupa a 500 grandes empresas estadounidenses y refleja su desempeño económico— habría generado apenas 16 dólares. Aunque 2025 fue un buen año para el S&P 500, impulsado por la inteligencia artificial y la resiliencia de las tecnológicas, quedó claramente rezagado frente al rally dorado.

Según Artigas, “si la economía global se deteriora, el oro tiene altas probabilidades de seguir escalando en precio”. Ese deterioro puede manifestarse tanto en el plano geopolítico como en el geoeconómico, como ocurre actualmente con ciertas políticas estadounidenses que generan tensiones e incentivan la búsqueda de activos capaces de proteger los portafolios. Bajo este escenario, dichas políticas podrían eventualmente empujar a la economía mundial hacia una recesión; de materializarse, la demanda de oro aumentaría, ya que el mercado aún no se encuentra saturado. Aunque la demanda ha crecido de manera significativa, todavía no alcanza los niveles observados en periodos de alta incertidumbre.

En un plano adicional, los bancos centrales representan otra fuente clave de demanda. Con balances de gran tamaño, han intensificado la diversificación de sus reservas frente al dólar, y el oro se ha consolidado como un activo natural dentro de sus estrategias. Si las condiciones geopolíticas y geoeconómicas mejoraran, las políticas de la administración Trump podrían traducirse en un mayor crecimiento económico, reduciendo la prima de riesgo y presionando los precios a la baja. Sin embargo, bajo las condiciones actuales, resulta más probable que el oro continúe al alza. En cualquier caso, Artigas subraya que “invertir en este metal debe asumirse siempre con un horizonte de largo plazo”.

América Latina en el juego de oferta y demanda

El repunte del oro en 2025 y la discusión sobre si aún es buen momento para invertir muestran apenas una parte de la historia. El precio de este metal no depende únicamente de la percepción de riesgo o de las decisiones de los inversionistas. Detrás de cada movimiento existe una dinámica compleja de oferta y demanda que sostiene su atractivo a lo largo del tiempo y que revela el papel estratégico de regiones como América Latina en el tablero global.

Por el lado de la oferta, Artigas menciona que en 2024 la producción minera mundial de oro alcanzó unas 3,661 toneladas. China, Rusia y Australia concentraron cerca del 27% del total, mientras que América Latina aportó alrededor del 18%, principalmente desde México, Perú, Brasil y Colombia. “La minería enfrenta un desafío estructural: los costos de extracción son cada vez más elevados y las reservas fácilmente accesibles se han vuelto más limitadas”, advierte.

“En cuanto al reciclaje, aunque relevante, no logra compensar el déficit estructural”, añade el especialista. “En países como India, donde el oro se utiliza como colateral para préstamos, un enfriamiento económico podría detonar liquidaciones forzadas y liberar oferta secundaria. Sin embargo, este flujo es incierto y depende de factores externos, lo que refuerza la percepción de que la oferta de oro es limitada y difícil de expandir en el corto plazo”.

En términos de demanda global, esta se compone de dos grandes bloques: inversión —bancos centrales, fondos institucionales y minoristas— y consumo —joyería y tecnología—. En mercados emergentes, la demanda es particularmente fuerte: cerca del 74% proviene de estas economías, impulsada principalmente por Asia, mientras que solo el 26% corresponde a países desarrollados, de acuerdo con información del propio World Gold Council. En India y China, la joyería sigue siendo un motor fundamental y concentra volúmenes masivos de consumo.

En contraste, América Latina muestra una realidad distinta. Aunque es una productora relevante, su demanda interna es reducida. México y Brasil, los mercados más grandes de la región, apenas alcanzan cifras marginales en comparación con Asia, lo que pone en evidencia la brecha cultural y económica en el consumo de oro.


En perspectiva: entre confianza y cautela

En definitiva, el papel del oro en la economía global y regional confirma un patrón constante: en tiempos de incertidumbre, se convierte en un aliado estratégico. Desde la crisis financiera de 2008 hasta la pandemia de 2020, y ahora en un 2026 marcado por tensiones geopolíticas y volatilidad monetaria, el oro ha demostrado su capacidad de preservar valor y ofrecer cobertura frente a riesgos sistémicos.

Para América Latina, la lección es clara: la región enfrenta desafíos estructurales —inflación persistente, volatilidad cambiaria y ciclos de crisis recurrentes— que hacen del oro una herramienta valiosa. Aunque su participación en ETFs y en la demanda global aún es limitada, la combinación de producción relevante y necesidad de resiliencia abre una oportunidad particular: integrar el oro de manera más activa en las decisiones de inversión.

Para concluir, el oro ha demostrado ser efectivo al brindar confianza a los inversionistas. Incluso en los momentos de mayor incertidumbre, su valor radica en resistir los embates de la volatilidad y consolidarse como símbolo de estabilidad. Para muchos portafolios, más que un refugio coyuntural, se ha convertido en una estrategia de largo plazo para construir resiliencia. Sin embargo, conviene recordar que no es una solución única: su precio puede ser volátil y su aporte depende de cómo se integre dentro de un portafolio diversificado. En ese equilibrio, la cautela sigue siendo esencial.

Este artículo fue publicado en las ediciones print de marzo de Forbes México y Forbes Chile.

(*) El autor es especialista en calificaciones crediticias y sector financiero en América Latina. Ex Managing Director y líder del sector de instituciones financieras en la región en S&P Global Ratings por 18 años. Asimismo, es conferencista internacional en foros especializados exponiendo tendencias económicas y crediticias. En su día a día, busca aportar visión estratégica a diferentes Consejos de Administración. Contacto.