La economía circular podría mover US$758.680 millones a nivel mundial para 2033 y Colombia se posiciona como líder regional en esta actividad. Sin embargo, la industria aún enfrenta el reto de la informalidad, la falta de inversión y la competencia con materias primas vírgenes. Así es cómo el país desbloquea el potencial de la circularidad.

Desde que una botella plástica es desechada hasta que se degrada pueden transcurrir entre 400 y 500 años. Sin embargo, perder su forma original no significa desaparecer: el material se fragmenta en microplásticos que perpetúan en los suelos o terminan integrándose a la cadena alimentaria de los ecosistemas marinos.

Retornar estos materiales a la cadena productiva no es solo un compromiso con el planeta; también representa una oportunidad económica. El aprovechamiento de recursos que ya fueron extraídos, procesados y puestos en circulación, y que, mediante un tratamiento adecuado, pueden reincorporarse al mercado convertidos en productos de alta calidad, más que un gesto ambiental, es una forma de optimizar el valor de materiales que aún tienen vida útil.

Aunque la industria de la economía circular aún tiene mucho potencial de crecimiento, ya hay quienes han encontrado una forma de monetizarla, en 2024 movió US$392.690 millones a nivel global y, según proyecciones de Business Research Insights, podría alcanzar los US$758.680 millones para 2033.

Colombia es líder en economía circular en la región, de acuerdo con estimaciones de la Vicepresidencia de Desarrollo Sostenible de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi). Uno de los ejemplos más representativos es la articulación entre el programa Visión Circular de la Andi y el Grupo Retorna, que desde 2021 ha permitido gestionar cerca de 474.000 toneladas de residuos posconsumo.

La iniciativa ha contado con la participación de 578 empresas y 224 gestores, ha movilizado inversiones por $227.000 millones y tiene cobertura en 397 municipios. Además, ha destinado 375.000 euros a la financiación de 17 proyectos circulares enfocados en envases, empaques, residuos eléctricos y electrónicos, y textiles.

Dentro de este esfuerzo se destacan iniciativas como Homeko, desarrollada por investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana, a partir del uso de 46.000 envases reciclados de Tetra Pak. Se trata de una vivienda diseñada para resistir sismos de hasta 9 grados en la escala de Richter.

También sobresalen programas como Pilas con el Ambiente, enfocado en la recolección de pilas usadas; Red Verde, que gestiona electrodomésticos en desuso; y Rueda Verde, especializado en llantas usadas, entre otros proyectos que amplían el alcance de la circularidad en distintos tipos de residuos.

Desde la Andi, el programa ha centrado sus esfuerzos en consolidar el ecosistema de la economía circular y en “fortalecer las condiciones para articular mayor inversión, mayor gestión y la coordinación de toda la cadena de valor de la circularidad”, explicó Mónica Villegas, directora de Visión Circular. “No se trata únicamente de alcanzar un cumplimiento ambiental, sino de transformar las regulaciones que tienen un incentivo principalmente ambiental en una oportunidad que es productiva”.

Estos proyectos no podrían consolidarse sin el compromiso de los grandes. Postobón asegura que para 2030 reciclará al menos la mitad de los empaques que pone en el mercado; además, el 50% del PET que utiliza provendrá de material reciclado. Para ese mismo año, Nutresa proyecta que todos sus empaques sean reciclables, reutilizables o compostables. Bavaria, por su parte, se ha fijado la meta de que en 2040 sus empaques sean retornables o estén compuestos en su mayoría por material reciclado. Femsa integra la iniciativa ‘Un mundo sin residuos’, una alianza global que busca recolectar el 100% de sus envases. Estas son solo algunas de las apuestas empresariales en esta dirección.

Lo que falta para cerrar el ciclo

A pesar de su potencial, la economía circular enfrenta obstáculos estructurales. Solo 9% de los residuos plásticos se recicla a nivel mundial, según Business Research Insights, lo que evidencia tanto la magnitud del rezago como la oportunidad de crecimiento.

Entre los principales retos está la informalidad, que atraviesa buena parte de la cadena: desde las redes de recicladores y los centros de acopio hasta algunos proyectos que reincorporan el material al ciclo productivo.

En Colombia ha habido esfuerzos por formalizar esta actividad económica, pero aún resultan insuficientes. El Decreto 1381 de 2024 busca garantizar mejores condiciones laborales y sociales, así como asegurar el acceso a materiales reciclables y la inclusión de los recicladores en la gestión de residuos; sin embargo, no es una ley aprobada por el Congreso. Aunque los trabajadores de esta cadena han recibido cierto reconocimiento por parte del Estado, sus condiciones laborales siguen sin estar plenamente garantizadas y todavía están lejos de acceder a pensión o a prestaciones formales.

Otro de los retos que enfrenta la industria es cerrar efectivamente el ciclo. Una vez recolectados, los materiales deben pasar por procesos de transformación que les permitan reincorporarse a la cadena productiva, ya sea como nuevos productos o, en algunos casos, como el mismo bien original. La falta de inversión es uno de los principales obstáculos para completar la circularidad.

Vanessa Prieto Sandoval, coordinadora de la Maestría en Gerencia de la Sostenibilidad de la Universidad Javeriana, señala que “una empresa que utiliza materiales recuperados termina pagando nuevamente el IVA sobre insumos que ya pagaron el impuesto en su ciclo anterior. Esto genera distorsiones competitivas”. La experta asegura que la Estrategia Nacional de Economía Circular debe dejar de ser una buena intención para convertirse en inversión real.

A todo esto se suma la competencia con las materias primas vírgenes. “La competencia que hay frente al material reciclado frente a la materia prima virgen, pues sigue siendo una competencia muy complicada. Los precios de mercado no son competitivos para el material reciclado”, explica Villegas.

Ahora bien, cerrar el ciclo no depende únicamente de las empresas o de la regulación. Una parte sustancial de la responsabilidad recae en el consumidor final: separar correctamente los residuos, entregarlos a los canales adecuados y exigir transparencia en su gestión es el primer paso. Pero también implica decisiones de compra más conscientes, privilegiando marcas que tengan programas sólidos de economía circular y optando por productos elaborados con materiales reutilizados o reciclados. Sin esa demanda informada y consistente, la circularidad difícilmente pasará de ser una promesa empresarial a un cambio estructural en el mercado.

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