Es hora de soñar colectivamente y de hacer realidad un mejor país. Ello nos regresará el orgullo y el optimismo por no dejar perder esta nueva oportunidad para que este maravilloso país llamado Colombia sea la tierra más feliz para propios y extranjeros.

A veces, mi espíritu y sé que el de miles de compatriotas se siente apresado por rabia, dolor, indignación y desesperanza hacia nuestra patria. 

Cuando vemos las noticias y hablo con personas de todas las regiones, condiciones laborales y de diversa situación social, a muchos nos atemoriza pensar que pudieran tener razón quienes dicen que Colombia es un país inviable. 

Y aparece la incertidumbre, tristemente confirmada en las noticias: Jueces que dejan en libertad a criminales capturados en flagrancia; personas que fallecen por falta de atención o medicamentos; muertes a manos de sicarios; despilfarro y robo de dinero de parte de algunos funcionarios públicos y, en consecuencia, falta de recursos para atender catástrofes naturales y emergencias invernales; temor de salir a la calle y tomar un taxi, por riesgo a ser atracado; un sistema financiero con reiteradas fallas de servicio y sin pronta o ninguna solución; futbolistas que mal enseñan a los niños con su habilidad para simular y engañar a los árbitros; indolentes formas de violencia hacia los animales; compra venta del sagrado derecho a elegir a cambio de unos pesos por sufragar; terroristas que actúan como si fueran la Policía atentando contra bienes públicos y ciudadanos desprotegidos; y políticos que se insultan sin decoro ni respeto a la dignidad. Y la lista aumenta indefinidamente con ejemplos que a miles nos dan pena ajena.  

Buscar respuestas al porqué no es fácil encontrarlas. La corrupción y la violencia parecen ser las células primigéneas  de este cáncer social que corroe a territorios y comunidades, en una sociedad donde cobra vida la desconfianza, el egoísmo y la envidia y el frágil pensamiento del “sálvese quien pueda”.

Para tratar de explicarlo, se dice que somos un país inviable, como forma de justificar o, más bien, de resignarnos a que ya no tenemos salvación y a que el futuro de la nación no se visualiza favorable y cada vez será peor porque, entre otras, nunca elegimos lo mejor sino lo menos malo.

Reconozco, y así lo he registrado en muchos de mis escritos y libros que “nuestro Estado no ha estado”, y que a lo largo de la historia esta ausencia ha permitido discriminación, inequidad y perpetuación de la corrupción, alentando tensiones de convivencia, reflejadas en desatención de los gobiernos de turno (como expresión material del concepto de Estado), la no universalización de los servicios públicos; el descuido en la seguridad territorial; en una rama judicial que si no es corrupta, en muchos casos  actúa con criterio de levedad  o de forma tardía, ocasionando injusticia; y en una confrontación política envuelta en un círculo perverso donde el país se polariza cada cuatro años en muchos fragmentos (capital versus resto del país; ricos y pobres; izquierda vs. derecha y hasta el centro se polariza…) como si ese fuera el único escenario de confrontación y con muy poco de diálogo social posible.

¡Me niego a aceptar eso como expresión de nuestra cultura! He apostado mi vida para que se comprenda que solo con una población educada y con pensamiento crítico que actúe desde el buen ejemplo ético y moral y con la coherencia de nuestros líderes, podremos encarar proactivamente los desafíos de nuestro futuro como sociedad viable.

Es cierto, los hechos poco ayudan, hay cuestionamiento a la legitimidad de algunos gobernantes, hay leyes que se aplican solo a quienes no tienen capacidad de defenderse y nos falta consolidar una cultura de defensa de lo propio, de denuncia sin temor pero también con pudor, y de exigencia por los derechos y acatamiento de los deberes.

Pero también sé que la viabilidad de un país va más allá de sus gobernantes, presupuestos e infraestructura. Depende de su gente, del respeto por las normas, de la defensa de la vida y del cuidado de lo público. Más allá de sus atractivos turísticos, lo que muestran los países que llamamos “viables” es una cultura de la convivencia pacífica y de priorizar, antes que los derechos, los deberes.

Esta Colombia, nuestra patria, tiene una gran diversidad, mucha riqueza y millones de  personas buenas, nobles, honestas y trabajadoras. Aunque los gobiernos han sido responsables de la desazón que experimentamos, es claro que la patria la representamos todos, y que tenemos la responsabilidad civil de auditar, exigir y denunciar a quienes traicionen su compromiso social.

Hay que actuar e ir más allá de la desesperanza , la queja y el ya conocido diagnóstico de siempre: “estamos cada vez peor”. La viabilidad de Colombia la construimos y reforzamos todos. Depende de cada uno de nosotros hacer que este país sea ese paraíso que muchos estamos convencidos existe en nuestros  territorios con la diversidad de sus gentes como bien lo describen los mensajes publicitarios. Sin excepción, todos tenemos que respetar la ley, trabajar arduamente, convivir en paz y, sobre todo, ejercer integralmente la ciudadanía.

Los invito, desde esta tribuna de la Unad, a que votemos a conciencia las propuestas programáticas de los candidatos a la Presidencia,  para dejar atrás la sombra de la corrupción; para hacer los trámites debidos y completos, sin coimas; para superar los miedos y denunciar con pruebas, y y así reconocer que replantear el camino, como país, nos implica hacer sacrificios personales y revisar todas nuestras conductas que pueden afectar el bien-estar de la comunidad, tales como no pasarse un semáforo en rojo; no colarse en la fila; moderar el lenguaje contra el rival; escuchar al contrario; y reconocer que también es colombiano con derechos quien tiene menores ingresos, pues ellos también añoran una vida digna y una buena educación.

Esto no es una invitación política, en época electoral. Es una mirada pragmática de lo que debemos hacer para vivir mejor, privilegiando la transformación educativa, para que nosotros, nuestros hijos y nietos, seamos verdaderamente felices construyendo un país vibrante, competitivo y en verdadera paz. Colombia lo merece.

Con valor civil podemos trabajar para que se siembre y prospere la cultura de paz, el respeto y el verdadero progreso colectivo. No podemos permitir que el miedo y la parálisis se apoderen de nosotros. Un país inviable es aquel donde los corruptos se aprovechan del miedo para gobernar a sus anchas y en donde la salud, el trabajo y la educación no llegan a todos por igual; estos sectores siempre están en las primeras líneas del discurso político, pero ocupan el último en la praxis de las prioridades gubernamentales. La ignorancia nutre la violencia y la desigualdad.

Les invito a no dudar del gran valor de la democracia y  a que dejemos atrás el escepticismo. Es hora de soñar colectivamente y de hacer realidad un mejor país. Ello nos regresará el orgullo y el optimismo por no dejar perder esta nueva oportunidad para que este maravilloso país llamado Colombia sea la tierra más feliz para propios y extranjeros.

Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.   

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