Durante años, de forma explícita o implícita, a muchas mujeres se les enseñó que hablar de plata era de mal gusto y que pedir más podía ser mal visto.
“Si evitas elegantemente el dinero, el dinero también te evitará elegantemente”. La frase de Emma Grede, cofundadora de SKIMS y Good American, no es solo provocadora, es incómodamente cierta. Si uno mira con honestidad, la relación de muchas mujeres con el dinero sigue siendo incómoda.
Durante años, de forma explícita o implícita, a muchas mujeres se les enseñó que hablar de plata era de mal gusto y que pedir más podía ser mal visto. Son ideas que pocas veces se dicen en voz alta, pero que operan silenciosamente en todas las decisiones de la vida.
La evidencia empieza a desmontar algunos mitos, pero también revela tensiones más complejas. Durante mucho tiempo se asumió que las mujeres no negociaban. Hoy sabemos que sí lo hacen, incluso en niveles similares a los hombres, pero obtienen peores resultados. Parte de esto tiene que ver con un costo social más alto: cuando una mujer negocia con firmeza, suele ser percibida como menos agradable o más difícil, lo que reduce sus probabilidades de éxito. No es solo un tema de habilidad individual, es un tema de contexto cultural.
A esto se suma una relación distinta con el riesgo. Diversos estudios muestran que las mujeres tienden a tomar decisiones financieras más conservadoras, priorizando la seguridad sobre el crecimiento. A primera vista, esto puede leerse como falta de ambición, pero la realidad es más matizada. De hecho, en inversión, esa prudencia puede traducirse en mejores resultados a largo plazo, precisamente porque hay más disciplina y menos impulsividad. El problema aparece cuando esa misma lógica se traslada a decisiones de carrera, negociación o construcción de riqueza, limitando la exposición a oportunidades de alto crecimiento.
En el fondo, la diferencia no parece estar en la capacidad de generar dinero, sino en la forma en que se construye la relación con él. Muchos hombres, en promedio, se relacionan con el dinero como una herramienta de expansión, como un juego de crecimiento. Muchas mujeres, en promedio, lo hacen desde la protección, desde el cuidado, desde la estabilidad. Ninguna de las dos aproximaciones es incorrecta, pero sí producen resultados distintos.
Esa diferencia también está atravesada por la narrativa del propósito, una narrativa con la que muchas mujeres conectan profundamente. La idea de construir algo significativo, con impacto, con sentido, ha sido un motor poderoso. Sin embargo, hay una trampa sutil en esa construcción: cuando el propósito empieza a justificar ingresos más bajos, cuando el impacto reemplaza la ambición económica o cuando ser “buena” se pone por encima de ser bien remunerada.
Desde mi experiencia como CEO, esa tensión es real, se vive en negociaciones, en conversaciones con inversionistas, en decisiones sobre crecimiento y rentabilidad. Hablar de dinero, exigirlo, estructurarlo, proyectarlo, no siempre se siente natural, no por falta de capacidad, sino porque durante años no fue el lenguaje en el que muchas mujeres fueron entrenadas. Sin embargo, también he visto cómo cambia la ecuación cuando esa conversación se asume con claridad. Cuando una mujer habla de dinero sin culpa, negocia desde convicción y entiende que la rentabilidad no compite con el impacto, sino que lo amplifica, el lugar desde el que lidera cambia.
Por eso, quizás la pregunta no es si esta diferencia es natural o aprendida. Probablemente es una mezcla de ambas cosas, moldeada por biología, contexto y cultura. La pregunta es qué hacemos con eso. Si la respuesta es simplemente intentar que las mujeres se comporten como hombres, se pierde una oportunidad. Pero si la respuesta es integrar lo mejor de ambas aproximaciones, la conversación cambia de nivel.
Se trata de mantener el propósito sin sacrificar la ambición económica, de sostener la prudencia sin renunciar al crecimiento, de entender que el dinero no es un fin en sí mismo, pero sí es una herramienta que amplifica impacto, autonomía y capacidad de decisión. En otras palabras, no se trata de elegir entre sentido y riqueza, sino de dejar de verlos como opuestos.
El cambio real no va a venir únicamente de políticas, cuotas o datos, aunque todo eso importa. Va a venir de un cambio en la narrativa, en la forma en que hablamos del dinero, en la forma en que lo enseñamos, en la forma en que lo negociamos. Va a venir cuando deje de ser incómodo ponerlo sobre la mesa, cuando deje de necesitar justificación y cuando construir riqueza deje de sentirse en conflicto con hacer lo correcto. Porque evitar el dinero no nos hace más éticas, solo nos hace menos influyentes.
Por: Salua García Fakih*
Twitter: @Saluagf
*La autora es Cofundadora de la plataforma Symplifica, que trabaja por lograr la formalización de los empleados del hogar en Latam. En su instagram @saluagarciafakih promueve el emprendimiento y comparte sobre su experiencia como emprendedora. Cuenta con un Máster en Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Rosario, Máster en Liderazgo de EADA Barcelona y es Especialista en Marketing de EAFIT.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
Lea también: El ‘boom’ de LinkedIn
