La conferencia de Santa Marta fue un logro para Colombia: convocar a 57 países alrededor de una conversación incómoda denota liderazgo. ¿estamos viendo los primeros atisbos de una nueva forma de gobernarnos como humanidad en la Spaceship Earth?

La conferencia de Santa Marta, realizada del 24 al 29 de abril para avanzar en la agenda global de transición más allá de los combustibles fósiles, puede leerse como un hito dentro del multilateralismo climático contemporáneo. Para quienes creemos que el cuidado del planeta y la acción climática requieren transformaciones profundas en los sistemas económicos, productivos y culturales, este encuentro representa algo cercano al gran sueño ambientalista: una gran confluencia de distintos sectores de la sociedad lista para empezar a actuar por un futuro regenerativo y dispuesta a mirar el problema de los combustibles fósiles de frente.

El Gobierno de Colombia, junto con Países Bajos, logró convocar delegaciones oficiales de 57 países que, de una u otra manera, comparten la necesidad de avanzar hacia una transición más allá de los combustibles fósiles. No estuvieron presentes los grandes emisores —Estados Unidos, China o India—, pero ese no parecía ser el propósito central del encuentro. La apuesta era otra: alinear a quienes ya estaban relativamente convencidos, construir convergencias entre gobiernos dispuestos y consolidar lo que llamaron una coalition of the willing.

Ese hecho, por sí solo, merece ser reconocido. En un mundo donde los espacios multilaterales suelen moverse con lentitud, y donde el sistema de consensos de Naciones Unidas muchas veces bloquea las decisiones más urgentes, Santa Marta mostró que también pueden abrirse otros caminos. Si los espacios más amplios y burocráticos no logran responder con la profundidad que exige la crisis climática, entonces los países dispuestos, y la sociedad civil, tendrán que organizarse de otras maneras para empujar la conversación global.

En ese sentido, la conferencia fue un logro mayúsculo para Colombia. Convocar a 57 países alrededor de una conversación tan incómoda como necesaria denota liderazgo, valentía política y una lectura clara del momento histórico. No se trató simplemente de una reunión internacional más, sino de un ensayo de gobernanza climática alternativa: menos dependiente del consenso absoluto, más enfocada en la acción de quienes sí están dispuestos a moverse.

Pero esta conferencia también ocurre en un momento en el que el propio sistema multilateral parece estar en crisis. La ONU, que durante décadas representó la esperanza de una gobernanza global capaz de coordinar respuestas colectivas, hoy aparece debilitada frente a las guerras, las disputas geopolíticas y la incapacidad de resolver los grandes problemas de la humanidad. La crisis climática es quizá el ejemplo más evidente: sabemos lo suficiente, tenemos evidencia de sobra, conocemos los riesgos, pero seguimos atrapados en una arquitectura internacional incapaz de transformar con rapidez los sistemas que nos trajeron hasta aquí.

Por eso, el éxito de Santa Marta y el desgaste del multilateralismo tradicional nos obligan a hacernos una pregunta más profunda: ¿estamos viendo los primeros atisbos de una nueva forma de gobernarnos como humanidad en la Spaceship Earth?

La respuesta no es simple. Podríamos estar entrando en una era marcada por la strongman politics, por el autoritarismo, por el fascismo imperial y por la disputa feroz por recursos cada vez más escasos. También podríamos estar transitando hacia un mundo multipolar, sin hegemonías claras, donde la lucha por energía, minerales, agua y alimentos se vuelva cada vez más intensa. Pero también podríamos estar frente a la posibilidad de imaginar un multilateralismo distinto: uno que no solo defienda los intereses de los Estados, sino que atienda las necesidades de las poblaciones más vulnerables dentro de los límites biofísicos del planeta.

Tal vez todo eso está ocurriendo al mismo tiempo.

Quienes hemos sido formados bajo epistemologías occidentales y reduccionistas tendemos a pensar que las cosas son o no son. Se nos dificulta habitar la complejidad. En temas como la crisis climática o la crisis del multilateralismo, eso suele llevarnos a dos extremos: o estamos condenados al colapso, o estamos a punto de salvarnos. O nos jodemos, o nos liberamos.

La verdad, probablemente, es más incómoda: estamos jodidos y estamos mejor que nunca como humanidad, todo al mismo tiempo.

Tenemos más conocimiento científico, más capacidad tecnológica, más redes de cooperación y más conciencia ambiental que en cualquier otro momento de la historia. Pero también tenemos sistemas económicos profundamente dependientes de la extracción, democracias debilitadas, guerras activas, liderazgos autoritarios en ascenso y una crisis ecológica que avanza más rápido que nuestras instituciones. Esa contradicción es el lugar exacto desde donde debemos pensar la política climática del presente.

Personalmente, tengo poca fe en el sistema multilateral tradicional y en el poder real que tienen los gobiernos —especialmente los democráticos, sometidos a ciclos electorales cortos, intereses corporativos y polarización permanente— para producir las transformaciones profundas que la ciencia reclama. Pero eso no significa que los hitos multilaterales sean irrelevantes. Al contrario: estos momentos importan porque abren sentidos, desplazan conversaciones y empujan realidades locales hacia nuevas direcciones.

Por eso es significativo que un presidente colombiano cuestione la acumulación de capital como motor principal de la sociedad y logre instalar esa conversación en un escenario internacional. Es significativo que un país históricamente periférico en la arquitectura global se atreva a liderar una conversación sobre el fin progresivo de los combustibles fósiles. Y también es significativo —aunque incómodo— que este mensaje provenga de un gobierno atravesado por denuncias de corrupción, confrontaciones con la prensa y profundas contradicciones internas.

Incluso desde sus contradicciones, Colombia ha asumido una posición geopolítica audaz: poner en el centro de la conversación global la necesidad de construir sistemas económicos que estén del lado de la vida.

Eso también está en juego en las próximas elecciones colombianas. Más allá de las discusiones tradicionales sobre seguridad, economía, corrupción o gobernabilidad, el país tendrá que decidir qué lugar quiere ocupar en el mundo que viene. 

Colombia puede retroceder hacia una política climática tímida, subordinada a los intereses de siempre y obsesionada con sostener el modelo fósil hasta el último minuto. O puede profundizar, corregir y hacer más coherente una posición internacional que, con todas sus tensiones, ha tenido el valor de decir algo que muchos gobiernos todavía no se atreven a decir.

La conferencia de Santa Marta no resolvió la crisis climática. Tampoco reemplazó al sistema multilateral ni eliminó las contradicciones del gobierno que la impulsó. Pero sí dejó una señal importante: cuando las instituciones globales no están a la altura del momento histórico, quienes estén dispuestos a actuar tendrán que encontrarse, organizarse y empujar desde donde puedan.

Quizá así empieza un nuevo multilateralismo climático. No con el consenso perfecto de todos los países, sino con la valentía imperfecta de quienes entienden que seguir esperando también es una forma de rendirse.

Por: Daniel Gutiérrez Patino*
*El autor es fundador de Saving The Amazon.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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