En medio de precios volátiles del níquel, la compañía controlada por CoreX también enfrenta incertidumbre por el suministro energético y mayores exigencias de eficiencia operativa.

El primer encuentro entre Ricardo Gaviria y Robert Yüksel Yildirim, el nuevo dueño de Cerro Matoso, fue directo. “Usted no me conoce”, le dijo el empresario turco. “Y usted tampoco a mí. Si quiere, nos conocemos”, respondió el presidente de la minera. La escena marcó el inicio de una nueva etapa para la principal productora de ferroníquel del país.

Después de más de cuatro décadas operando bajo el control de gigantes mineros globales como BHP y South32, la empresa enfrenta un profundo cambio de cultura corporativa mientras lidia con presión tributaria, bloqueos sociales, deterioro del orden público y dudas sobre el suministro de gas natural.

Desde el 1 de diciembre, el control de la compañía pasó a manos de CoreX Holding, conglomerado industrial creado en 2024 por Yildirim, con operaciones en minería, puertos, logística y energía en 55 países. La minera genera cerca de 1.900 empleos directos e indirectos entre Montelíbano, Planeta Rica y Bogotá, además de una amplia red de contratistas en Córdoba. Para Gaviria, el contraste es evidente.

“Venimos de compañías listadas en bolsas internacionales, con reportes trimestrales y estándares corporativos muy estrictos. CoreX es prácticamente un solo dueño”, explica.

Pero más allá del cambio accionario, el verdadero desafío es operativo. Entre 2014 y el 2024, Cerro Matoso produjo en promedio de 40.000 toneladas anuales de níquel con un pico de 50.000 cuando se construyó la segunda línea. Este año espera cerrar en 32.100 toneladas. El problema no es solo el mercado. También es la geología.

CoreX es un conglomerado industrial global fundado en 2024 por el empresario Robert Yüksel Yildirim.

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La ley del mineral en Montelíbano pasó de 3,2% hace 44 años a apenas 1,2% hoy. En otras palabras, la empresa procesa prácticamente el mismo volumen de roca para obtener mucho menos metal.

“Para producir 50.000 toneladas o 32.000 tienes que mover la misma cantidad de mineral (2,4 millones de toneladas), usar la misma energía y el mismo gas. Entonces tienes que volverte eficiente”, dice Gaviria. La compañía logró reducir costos en unos US$25 millones para enfrentar un escenario provocado por los bajos precios internacionales del níquel y evitar terminar el año en caja negativa.

La eficiencia se volvió una cuestión de supervivencia. Más aún en un momento en que la empresa depende crecientemente de mineral importado desde Guatemala, e incluso Brasil para elevar la calidad del ferroníquel y acceder con mejores condiciones al mercado europeo.

El contexto colombiano tampoco ayuda. Gaviria menciona que varios títulos mineros permanecen prácticamente congelados por problemas de seguridad. En Planeta Rica, en Córdoba, donde también producen unas 500.000 toneladas de mineral, la empresa intentó avanzar en exploraciones, pero los contratistas abandonaron la zona tras amenazas y episodios de extorsión. En Cauca y Nariño, admite, la situación es aún más compleja.

A eso se suma la incertidumbre energética. Cerro Matoso depende en cerca de 80% del gas suministrado por Canacol Energy, compañía que atraviesa un proceso de reestructuración transfronteriza.

La advertencia reciente de Asoenergía sobre una eventual afectación en contratos de suministro volvió a poner sobre la mesa uno de los riesgos más sensibles para la industria del país: operar con costos altos y crecientes dudas sobre el suministro energético.

Pese a todo, Gaviria insiste en que la operación sigue siendo viable. “Esta empresa todavía está viva porque hemos logrado mantenerla funcionando”, afirma.

Sin embargo, el caso de Cerro Matoso también refleja los retos que enfrenta la minería en Colombia para seguir siendo competitiva en un contexto de altos costos, problemas de seguridad y menor certidumbre energética.

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