Lo importante es aprender a potenciar nuestra fabrica cerebral en un mundo de información, de tecnologías como la Inteligencia Artificial a la que no hay que temerle sino, por el contrario, verla como la gran herramienta para saber gestionar contenidos.
Nuestro cerebro es maravilloso, sorprendente y capaz de revelar ideas y acciones inimaginadas. Pero no obstante los desarrollos científicos, a casi todos los humanos aún nos falta muchísimo por conocerlo, en especial a los docentes de cualquier ciclo y nivel educativo para saber enrutar el aprendizaje de sus estudiantes y de ellos mismos. En fin, nuestra fabrica cerebral aún es un misterio y por ello cada nuevo hallazgo sobre cómo funciona y como orientar su funcionamiento es un real desafío, especialmente para la institucionalidad educativa del siglo XXI.
Algunos de manera facilista lo asimilan con un computador, en donde su disco duro y procesador son capaces de almacenar muchísima más información de la que se requiere usar en el momento, y de brindar definidas opciones para su operación, pero a diferencia de esa unión tecnológica de hardware y software, que tiene límites y se llena y bloquea, el cerebro tiene una sorprendente capacidad de flexibilizar su estructura y su funcionamiento a lo largo de la vida como reacción a las experiencias buenas o malas y a su interrelación con diversos entornos y personas. A esa flexibilidad se le llama neuroplasticidad.
Históricamente, las sociedades han considerado que ante las enormes e ilimitadas posibilidades de aprender, porque el cerebro bien se asimila a un cosmos infinito que siempre podrá recibir más y más información, más y mejores experiencias, los sistemas educativos hasta hoy en su mayoría han fallado pues creen que su principal “deber” es “llenar” a los estudiantes con la mayor cantidad de conocimiento posible, bajo el supuesto de que mientras más contenido tengan en la mente, estos estarán mejor preparados para enfrentar la vida.
Esta premisa de la “educación bancaria” (como la llamó Paulo Freire), es razonablemente absurda y es la que ha prevalecido por siglos. Muchos neuropedagogos la cuestionan, con argumentos científicos cuyo análisis supera la extensión de esta columna. Eso sí, debemos preguntarnos, desde una mirada pragmática, ¿de qué nos sirve que nuestro cerebro tenga cada vez más información y algo de conocimiento, si no siempre lo usamos, si para muchos pasa la vida entera sin “estrenarlo” o, simplemente, como si el cerebro fuera un closet desorganizado, recordamos que alguna vez estudiamos algo, pero no recordamos dónde lo guardamos.
A todos nos ha pasado. En el pasado, aprobamos la evaluación de temas de un plan de estudios, pero si hoy nos volvieran a preguntar por ello, no seríamos capaces de recordar o saber el para qué del mismo. Por ejemplo, quienes tienen su proyecto de vida enfocado en misiones ajenas al mundo del algebra, de la ciencia o de la historia, seguramente se han preguntado de qué pudo haberles servido haber estudiado en su escuela el trinomio cuadrado perfecto, el retículo endoplasmático rugoso, o las guerras mongolesas de Gengis Kan. El modelo educativo tradicional ha buscado que los estudiantes cumplan los estándares de lo que el docente considera, pero no lo que el estudiante realmente necesita para afianzar su felicidad en la vida, sus talentos, su derecho a ser quien desea ser y servir solidariamente a los demás.
Lo planteado aquí no es una invitación a rebelarse contra el estudio y el conocimiento. Al contrario, es una invitación a que demos un nuevo sentido a la educación que, dada mi condición de rector y académico por décadas, veo que cada día se convierte en un sector rezagado frente al desafío del cambio social. Soy consciente que los humanos no concretamos nuestro proyecto de vida desde pequeños salvo que la educación coadyuve para afianzar nuestra inteligencia y talentos, que absorbemos todo el conocimiento posible desde la infancia salvo que la educación fuera consciente de cómo enseñarnos a aprender a aprender y aprender a ser realmente integrales, ya que el verdadero ejercicio profesional y laboral no sólo nos demanda conocimientos teóricos, sin los cuales perderíamos argumentos técnicos y de autoridad, sino también comportamientos claves para ser verdaderamente buenas personas y grandes ciudadanos. Un político estadista tiene que saber la historia patria para gestionar políticas públicas; un banquero debe dominar los números, y un constructor debe comprender todos los principios del cálculo, pero un buen ser humano debe privilegiar su saber y conocimiento para servir a otros de manera consciente y solidaria.
Para ser coherente, la educación no puede seguir añorando épocas pasadas. Hoy es una realidad innegable que el “uso” que se da al conocimiento almacenado en el cerebro ha cambiado sustancialmente. Porque la tecnología ha modificado radicalmente la forma de acceder y de procesar un conocimiento que universalmente se quintuplica cada vez más rápido; porque cada vez recibimos más y más información sin tiempo para procesarla; porque a diferencia de nuestros antepasados, el recurrir a la memorización deja de ser la única forma de “reciclar” conocimientos y darles sentido; y porque el trabajo diario cada vez se especializa más por lo que hay que delimitar mejor los conocimientos inmediatos. Pero sobre todo porque ya hemos pasado los limites sostenibles de nuestra humanidad que se torna más polarizada, agresiva, violenta, individualista y reaccionaria debilitando las democracias existentes.
Todo esto debe replantear la forma de educarnos, dejando atrás las formas y modelos de transmitir saberes, de evaluar el conocimiento retenido y, sobre todo, de dar un uso efectivo a lo que se sabe.
Con el paso de los años, la experiencia y los aportes de los estudiosos en pedagogía nos han confirmado que, por ejemplo, no hay una única forma de aprender y que cada persona capta mejor los mensajes de manera distinta (las inteligencias múltiples de Gardner); que los contenidos que se relacionan con el diario vivir, y que permiten enfrentar retos y problemas, se apropian más fácilmente (constructivismo); que el trabajo con otras personas y sistemas fortalece lo aprendido (conectivismo); que la teoría sin práctica se diluye (aprendizaje significativo); y que el uso de la tecnología y la virtualidad dejó de ser una opción para trabajar, entretenerse y aprender.
Ahora de lo que se trata es de hacer que la educación contribuya a dar sentido a lo que se conoce de un entorno, de tal forma que potencie la construcción y vivencia positiva de proyectos de vida. “Aprendemos haciendo”, nos enseñó John Dewey. Yo complementaría que “Aprendamos Viviendo”.
Esto obliga a que los centros educativos replanteen sus paradigmas, formas de evaluación, planes de estudio y modalidades de validación de aprendizajes, porque solo en la medida en que cada uno pueda hallar sentido en su conocimiento adquirido y en el que desee profundizar, el cerebro y la humanidad se podrán potenciar más y seguir progresando.
“La inteligencia no es la capacidad de almacenar información, sino de saber dónde encontrarla”, señaló Albert Einstein. Hay que pasar de la fría transmisión cuantitativa de saberes a enseñar a gestionar el conocimiento, para comprender su utilidad y, sobre todo, para que cada uno aprenda a darle una finalidad y asegurar que el tiempo invertido, los esfuerzos realizados y lo aprendido aporte definitivamente a la consolidación de la vida de cada ser humano pero sobre todo a la solidaridad con nuestros congéneres y con el planeta mismo .
Lo importante es aprender a potenciar nuestra fabrica cerebral en un mundo de información, de tecnologías como la Inteligencia Artificial a la que no hay que temerle sino, por el contrario, verla como la gran herramienta para saber gestionar contenidos, y para saber aportar al bien común de tal forma que podamos servir e interactuar, crecer como personas y como profesionales y, sobre todo, contribuir a un mundo que merecer ser mejor y ser feliz.
Por: Jaime Alberto Leal Afanador*
*El autor es rector de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad).
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
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