Hay algo mínimo que el sistema educativo sí debería garantizar a las empresas y la sociedad: la formación de personas capaces de aprender. Trabajadores “entrenables”.
No es un secreto que, para cualquier empresario o gerente, atraer personas con calidad humana, habilidades, conocimiento y compromiso puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso. Pero en Colombia, encontrar ese talento se ha convertido en un desafío estructural. Y una de las principales razones es la debilidad histórica de nuestro sistema educativo.
Las cifras son alarmantes. Según la OCDE, apenas el 30,6% de los adultos colombianos completaron algún curso de educación terciaria. Y muchos de esos títulos provienen de instituciones que entregan diplomas, no competencias reales. Hoy cerca del 46% de quienes terminan el colegio acceden a educación superior, pero solo el 60% de ellos se matricula en programas profesionales. Y hay más: de los ingresados a programas profesionales, apenas el 16% logra graduarse a tiempo y solo el 44% termina eventualmente su carrera. En términos simples: de cada 100 bachilleres colombianos, apenas 12 obtienen un título profesional y solo 4 lo hacen en el tiempo esperado.
Este panorama explica por qué las empresas tienen enormes dificultades para encontrar talento altamente calificado. Pensar que el sistema educativo produce suficientes profesionales listos para competir en un mercado global es, sencillamente, un error. Por eso las compañías han entendido algo fundamental: formar talento dentro de la empresa ya no es opcional, es estratégico.
Pero hay algo mínimo que el sistema educativo sí debería garantizar a las empresas y la sociedad: la formación de personas capaces de aprender. Trabajadores “entrenables”.
Y eso no debería ser demasiado pedir. Se necesita que sepan leer, escribir, razonar matemáticamente, trabajar en equipo, resolver conflictos y asumir riesgos apropiados. Es decir, las habilidades básicas que deberían desarrollarse en la educación primaria.
¿Lo estamos logrando? Todo indica que no.
La última prueba PISA reveló que el 51% de los estudiantes colombianos de 15 años no entiende lo que lee. Peor aún, el 71% no alcanza competencias mínimas en matemáticas, frente al promedio OCDE del 31%. Y no se trata de ser un país rico: en Vietnam tan solo el 28% no alcanza las competencias mínimas en matemáticas.
Lo más preocupante es que estamos estancados. Las pruebas SABER 11 de 2025 muestran una mejora de apenas 1,5 puntos sobre 500 frente al año anterior: un cambio estadísticamente insignificante. En diez años, el avance total ha sido de solo 4 puntos. Otra década perdida.
Colombia sí ha aumentado el gasto en educación. Pasamos de invertir el 3,7% del PIB en 2001 al 4,3% en 2025, un nivel comparable al de Japón, Grecia o Italia. El presupuesto educativo de la Nación alcanzó los 79,2 billones de pesos, el más alto de la historia. Sumando la contribución de las entidades regionales al gasto educativo, este gasto equivale a apenas 2.580 dólares por estudiante al año en educación básica. Comparativamente, Corea invierte 22.000 dólares por estudiante; Estados Unidos invierte 14.000 dólares por estudiante; España y Japón invierten 12.000 dólares. Entre nuestros vecinos latinoamericanos, Chile invierte 5.100 dólares por estudiante al año en educación básica; México invierte 3.000 dólares; Peru 2.600.
Necesitamos invertir más, sí. Pero también gastar mejor.
Y tenemos un espacio enorme para actuar. La demografía juega a nuestro favor: entre 2010 y 2025, la matrícula en educación pública básica cayó en 1,7 millones de estudiantes, incluso absorbiendo la migración venezolana. Pero, sorprendentemente, en ese mismo periodo el número de docentes aumentó en casi 20.000. Si hubiéramos mantenido la misma proporción de profesores por estudiante de 2010, hoy deberíamos tener 258.000 docentes. Tenemos 330.000.
Esos 72.000 maestros de más nos cuestan hoy cerca de 3.9 billones de pesos al año. Recursos que podrían destinarse a inversiones en capacitación docente, materiales educativos, programas focalizados complementarios y tecnología, es decir, en elevar la calidad educativa.
Mejorar la educación no tiene fórmulas mágicas, pero si implica dos puntos de partida ineludibles y urgentes: Primero, recentrar el sistema educativo en los niños y no en los adultos que hacen parte de él; y segundo, gestionar y planear bien el uso de los limitados recursos disponibles.
Lo necesitan nuestros niños. Lo necesitan nuestras familias. Lo necesitan nuestras empresas. Lo exige el futuro del país.
*El autor es Ingeniero Industrial, con maestría en Política Publicas y PhD en Política Educativa. En el Banco Mundial fue gerente del sector Educación para Europa y Asia Central, director para los países Andinos y Director de Desarrollo Humano para Asia del Este y el Pacifico. Actualmente reside en Bogotá.
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