El sector privado empieza a ocupar un lugar central en una conversación que durante años se consideró exclusiva de lo público: la caída de la natalidad y sus implicaciones económicas, sociales y productivas.

Elon Musk, el creador de Tesla, también se sumó a la conversación sobre la caída de la natalidad. Al analizar un gráfico sobre el desplome de la fecundidad en América Latina, escribió un trino provocador en su cuenta de X: “¡Este suicidio colectivo de la humanidad necesita dar un giro!”.

La reacción refleja una preocupación que ya empieza a traducirse en decisiones concretas de política pública en muy diversas latitudes. Desde este año, las mujeres francesas que cumplan 29 años reciben una carta del Estado recordándoles que la fertilidad tiene límites. No es un mensaje coercitivo ni una política restrictiva, es solo de carácter informativo. Explica cómo disminuyen las probabilidades de tener hijos con la edad y presenta alternativas como la preservación de óvulos.

El hecho de que un gobierno entre en este nivel de detalle en decisiones personales no es anecdótico. Es una señal de hasta dónde ha escalado la preocupación demográfica en economías desarrolladas. Cuando esto ocurre, el tema deja de ser individual y se convierte en un asunto colectivo.

Colombia avanza en esa misma dirección. Según las cifras más recientes del DANE, en 2025 nacieron 433.678 personas, 20.223 menos que el año anterior, lo que representa una caída del 4,5 %. Si se compara con 2015, la reducción supera el 30 %. No es un ajuste coyuntural, es una tendencia estructural.

Sus efectos ya empiezan a hacerse visibles. La reducción de la matrícula y el cierre de colegios por falta de estudiantes no son hechos aislados, sino señales tempranas de una transformación más profunda. Menos nacimientos hoy implican menos trabajadores mañana, una base más estrecha de contribuyentes y una presión creciente sobre los sistemas de salud y pensiones.

Frente a este panorama, distintos países han comenzado a actuar. La evidencia muestra que algunas políticas son más efectivas que otras. Las iniciativas orientadas al cuidado infantil, la flexibilidad laboral y la conciliación entre vida personal y profesional tienden a tener mayor impacto que los incentivos económicos directos como bonos o exenciones tributarias.

En paralelo, ha comenzado a ganar relevancia un frente adicional: el acceso a tratamientos de fertilidad. La lógica es clara. Si la maternidad se está postergando por razones profesionales, el sistema, público o privado, debe adaptarse para no convertir esa decisión en una limitación irreversible. La biología no cambia al ritmo de la sociedad, y esa brecha empieza a requerir respuestas concretas.

Un análisis de The Economist muestra que estos apoyos tienen efectos reales, pero limitados. En Quebec, la financiación pública permitió más de 9.000 nacimientos adicionales. En el Reino Unido, la ampliación del acceso elevó la tasa de fecundidad de 1,62 a 1,66 hijos por mujer. Son avances relevantes, pero aún insuficientes para revertir la tendencia. Por ahora, solo logran desacelerarla.

En Estados Unidos, la respuesta ha comenzado a tomar forma desde el sector privado. Como lo muestra un estudio de Mercer, casi la mitad de las grandes empresas ya cubre la fertilización in vitro, y cerca de una quinta parte incluye beneficios como el congelamiento de óvulos dentro de sus esquemas de compensación.

Aquí es donde la conversación cambia de lugar. La caída de la natalidad ya no puede ser vista como un desafío exclusivo del Estado y, en cambio, se convierte en un fenómeno cercano para las empresas. Empieza a impactar directamente la disponibilidad de talento, la productividad y la sostenibilidad de los modelos de negocio.

Promover entornos laborales compatibles con la parentalidad, facilitar el acceso a servicios de cuidado y eliminar barreras que dificultan la maternidad y la paternidad deja de ser un tema reputacional. Es una decisión estratégica.

En este contexto, la calidad del trabajo y el cómo diseñamos roles, culturas y beneficios se convierte en un factor que trasciende la organización. Es claro: el sector empresarial no solo debe participar en la economía; también debe contribuir a moldear la sostenibilidad de los sistemas sociales y económicos donde opera.

*La autora es gerente general de Merck para Colombia, Ecuador y Perú

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.