Hay una conversación cada vez más urgente que se omite en los espacios ambientalistas: la necesidad de transformar nuestros hábitos, nuestro consumo, hacia la suficiencia. ¿Cómo retomarla?

Me preocupan algunas tensiones que encuentro dentro del movimiento ambientalista. Me preocupa, sobre todo, la dificultad que a veces tenemos para tender puentes entre grupos de interés. En ocasiones, ciertas lecturas excesivamente cerradas o moralizadas del cambio social terminan impidiendo diálogos incómodos, pero necesarios.

Hace poco estuve en LARIS, un evento espectacular en el que distintos actores del mundo regenerativo se dieron cita para hablar sobre inversión regenerativa, modelos de negocio de impacto y cambios de paradigma orientados a reconocernos como parte de la Tierra. Fue un espacio valioso, inspirador y lleno de conversaciones importantes. Sin embargo, sentí la ausencia de una discusión que considero cada vez más urgente: la necesidad de transformar nuestros hábitos, nuestro consumo, hacia la suficiencia.

Esa, creo, sigue siendo una conversación faltante dentro del mundo ambiental. Hablamos mucho de transformar la oferta, de cambiar los modelos productivos, de defender territorios y de exigir responsabilidad a los grandes actores económicos. Todo eso es necesario. Pero hablamos menos de la responsabilidad que también tenemos nosotros —como ciudadanos, consumidores y clases medias urbanas— en la reproducción cotidiana de un sistema que depende de la extracción, la degradación y el consumo ilimitado.

Reconociendo que existen muchísimas excepciones, y que toda categorización corre el riesgo de ser injusta, veo al menos dos grandes teorías de cambio dentro del ambientalismo contemporáneo.

La primera podría llamarse una visión político-estructural. Desde esta mirada, el problema ambiental es fundamentalmente político: se trata de desmantelar sistemas de poder extractivos, coloniales, patriarcales y degenerativos, sostenidos por una cosmovisión jerárquica y eurocentrista que nos ha separado de la naturaleza. Sus soluciones pasan por la defensa de los territorios, los límites a la concentración extrema de riqueza, la justicia ambiental y la confrontación con quienes se han beneficiado históricamente del capitalismo fósil, como diría el presidente Petro.

La segunda podría llamarse una visión técnico-corporativa (tecnofix dirían algunos). Esta perspectiva, más presente en espacios de sostenibilidad empresarial, venture capital, innovación climática o inversión de impacto, pone sus esperanzas en la tecnificación de los sistemas productivos: ganadería regenerativa, paneles solares, biocombustibles, nuevos materiales, electrificación, medición de huella de carbono y estándares de sostenibilidad corporativa. Su apuesta es que los oferentes de bienes y servicios —usualmente empresas— ajusten sus operaciones para reducir los impactos ambientales de la actividad económica.

Ambas visiones son necesarias. La primera recuerda que no hay transición ecológica sin justicia, sin redistribución del poder y sin defensa de los territorios. La segunda entiende que los sistemas productivos tienen que cambiar de manera urgente, y que la innovación tecnológica, financiera y empresarial puede cumplir un papel importante. Pero ambas son insuficientes si no enfrentamos una tercera dimensión: la demanda.

Ahí está, como dicen en inglés, the elephant in the room. Si los hábitos, deseos y aspiraciones de las clases medias urbanas no cambian, seguiremos atrapados en un sistema degenerativo. Hablo de las clases medias de las ciudades no porque sean las únicas responsables, ni mucho menos las más responsables, sino porque representan un ideal de bienestar que se ha vuelto culturalmente dominante: viajar más, comprar más, vivir en espacios más grandes, tener más cosas, consumir experiencias, acumular comodidad privada y asociar la felicidad con la expansión permanente de nuestras posibilidades materiales.

El problema es que ese ideal de bienestar no cabe dentro de los límites del planeta.

Los seres humanos tendemos a creer que los grandes problemas de la humanidad siempre son causados por otros: los poderosos extractivistas, el sector privado, los gobiernos, los multimillonarios o cualquier actor externo que nos permita mantener intacta nuestra propia forma de vida. Y, por supuesto, es indispensable no desdibujar la responsabilidad política y económica de quienes diseñan, financian y se lucran de sistemas masivos de extracción y consumo. No todas las responsabilidades son iguales.

Pero una botella mal dispuesta contamina sin preguntarle al mundo quién la arrojó. Eso no significa que el consumidor individual tenga la misma responsabilidad que una multinacional que produce, distribuye y lucra con millones de envases. Sería absurdo plantearlo así. Sin embargo, también sería cómodo —y falso— creer que nuestras decisiones cotidianas de consumo no tienen nada que ver con el problema.

Mi llamado es a que entendamos que la crisis ecológica no solo está afuera. También está en nuestras pretensiones, en nuestras ideas de éxito, en nuestra incapacidad de imaginar bienestar sin acumulación y en la dificultad que tenemos para hacernos preguntas incómodas: ¿Cómo sería un mundo postconsumista? ¿Estamos dispuestos a transitarlo? ¿Qué parte de nuestra comodidad privada tendría que transformarse para que la vida colectiva sea posible?

Apuntar hacia la suficiencia como estilo de vida podría significar muchas cosas. Podría implicar límites al consumo de ciertas mercancías intensivas en materiales, energía o emisiones, como los viajes frecuentes al exterior, fast-fashion o ciertos patrones alimentarios. Podría significar avanzar hacia una lógica de suficiencia privada y abundancia pública: reducir el tamaño y la intensidad de nuestros consumos en el hogar, mientras fortalecemos espacios públicos, sistemas colectivos de cuidado, transporte digno, cultura, educación, salud y bienestar compartido. Podría significar también reducir la dependencia de vehículos, vuelos y bienes privados como símbolos de estatus, para apostar por infraestructuras comunes que hagan posible vivir bien con menos presión sobre los ecosistemas.

Sin duda, estos cambios deben exigirse con mucha más fuerza a las clases más adineradas, que concentran una proporción desmedida del consumo y de la huella ecológica. También sería problemático simplificar el debate, porque no todos los países, territorios o grupos sociales han interiorizado de la misma manera este modelo consumista. Hay poblaciones que todavía necesitan más acceso, más infraestructura, más energía, más movilidad y más condiciones materiales para vivir con dignidad. La suficiencia no puede convertirse en un discurso para pedirle austeridad a quienes históricamente han vivido en la escasez.

Pero justamente por eso hay que hablar del tema con seriedad. En buena parte del mundo occidental, donde los estilos de vida se han homogeneizado y la riqueza material se ha confundido con la felicidad, resulta imprescindible que el ambientalismo ponga en el centro de la conversación la transformación de nuestros consumos, deseos y aspiraciones.

Mientras escribía esta columna recordé una anécdota que me parece reveladora. Alguna vez le pregunté a un académico muy reconocido de Oxford qué pensaba sobre el movimiento del decrecimiento, que ha venido ganando fuerza en Europa. Su respuesta fue que obligar a las poblaciones a cambiar sus hábitos sin su consentimiento era la raíz del autoritarismo, y que ese camino podía degenerar en formas de gobierno como Corea del Norte.

No caigo fácilmente ante ese tipo de falsos extremos. Entiendo que estas discusiones tienen matices y que es necesario analizar caso por caso. Pero la anécdota sí revela una dificultad enorme: ¿cómo impulsamos cambios profundos en los estilos de vida sin caer en la imposición autoritaria? ¿Cómo construimos legitimidad democrática para transformar hábitos que la ciencia nos dice que deben cambiar, pero que buena parte de la sociedad todavía no quiere cuestionar?

No creo tener las respuestas. Pero sí creo que el ambientalismo necesita hacerse una pregunta incómoda: no solo cómo cambiamos a los poderosos, ni cómo hacemos más sostenible la oferta, sino cómo transformamos los deseos que sostienen este sistema. Porque quizá la batalla más difícil no sea únicamente contra el extractivismo externo, sino contra la idea de bienestar que aprendimos a desear.

Por: Daniel Gutiérrez Patino*
*El autor es fundador de Saving The Amazon.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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